José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
12 de marzo de 2006

Los patos canadienses que jamás volverán

José Luis Hereyra Collante

Cuando se avecina el otoño en Norteamérica, los gansos y los patos canadienses se aprestan al largo viaje migratorio anual. Es un hermoso espectáculo lleno de la luz iridiscente de sus alas, donde los colores se atropellan frente al infinito azul. El 20 de 0ctubre de 2004 me detuve a contemplarlos: nadaban en las aguas del río Passaic, muy cerca de mí, y preparaban ya sus poderosas y ansiosas alas para la gran travesía. Frente a esas aguas y frente a su inocente temblor, escribí las siguientes palabras, como un homenaje a ese Creador dueño de la vida y la belleza, y a esas ánades, que para mí simbolizaban la ternura y la esperanza, en sus alas, de volver a la tibieza de mi hogar ausente, de que siquiera ellos pasarían por mi hogar en lugar mío. Pero, un año después, cinco mil, cinco mil de esas dulces criaturas no volverán a la luz diáfana de su hogar boreal. No alcanzaron a traspasar el cinturón de muerte que es Colombia. Ni ellos se salvaron de la loca y vertiginosa insania de los violentos, de los traficantes de la vida: fueron envenenados con arroz impregnado con raticida en la zona de humedales eternos de La Mojana, al sur del departamento de Sucre, en el Caribe colombiano, donde su vuelo de siglos fue trocado en cadáveres emplumados, en plumas rígidas, y recogidos con palas como si fueran tierra o excrementos… Víctimas puras e inocentes, al igual que nuestros niños, que a diario mueren, violados y golpeados con monstruosa sevicia.

“Las aguas del Passaic no parecen inquietarse por el fragor sembrado por el hombre moderno y su angustia de ir corriendo tras de quién sabe si nada. Sus aguas pardas solo son arrulladas por los patos y los gansos canadienses, como desde hace tantos siglos; los mismos patos de cuello gris arco iris que acompañaban a los indios americanos a las puestas del sol; a la bendición de los otoños entre los rojos, ocres y dorados de los árboles desnudantes entre danzas de la fertilidad, mientras estiraban sus patas y sus bellos cuellos iridiscentes, desplegaban hacia el cielo sus inmensas alas como ofrendándolas en un ritual de infinito y soñando con unas tierras donde el sol insiste en vivir para siempre. Ahora los patos y los gansos se preparan para el largo vuelo de invierno. Desnudos entre sus plumas y el inmenso cielo frío volarán durante días interminables, sin parar, hacia su destino y su paraíso prometido de calor y tibieza que solo la fe de sus alas y su mudo pero persistente corazón les depararán.

“Igual que el corazón de esos patos y esos gansos esta mi corazón, temblando de frío sin el sol de tibieza de mi hogar, sin la luz de los ojos de la mujer amada y el terciopelo de su voz en mi alma, sin los ojos llenos de esperanza y ternura de mi pequeña. Pero el destino del hombre no sólo son alas migratorias, sino decisión que enfrente los inviernos por un destino juntos, por unos buenos días de felicidad, que si son posibles sobre la tierra y bajo la luz del Creador. Porque el hombre fue trazado con un fuego interno, capaz de enfrentar los crudos inviernos para poder bajar el calor a los suyos en las largas noches boreales, para, juntos, trazar caminos de luz contando las estrellas.

“Al igual que nuestra persistencia, que hace caso omiso del anuncio del frío invierno en las hojas que caen desde el otoño, así los gansos y patos canadienses retornarán con una nueva primavera colgada de sus iridiscentes alas, habitantes del cielo, ajenos a la loca y vertiginosa insania de las autopistas humanas, heraldos de la vida que, cíclica, retorna y nunca cesa, a pesar de los violentos, los traficantes de sueños y los que no recuerdan que, como dijera Tolstoi en su historia frente a la codicia y voracidad por tierras y posesiones, solo se necesitan dos metros de tierra de la cabeza a los pies para enterrar a cualquiera.

19 de enero de 2006

José Luis Hereyra Collante

Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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