Ese inolvidable Tolú de mi restauración
El hogar de Dionisio Torres y Nacira López
José
Luis Hereyra Collante
Llegué
a Tolú esa madrugada de 1998 por avatares del destino (?) y por el derrumbamiento total de los cristos de mi alma. Cargaba siete fracturas de tibia y peroné a la altura del tobillo y la desolación devoradora de una terrible pena de amor sobre un par de muletas medio alquiladas. El primer ángel de la guarda que me asistió fue ese inmenso amigo que es Alejandro Osuna, quien me facilitó un par de camisas apenas talla L –que, debido a la “llevadera” me quedaban grandes– y me llevó al Hotel Golfo Star, donde el dueño, Ismael Carvajalino, me atendió con la suficiente amabilidad para empezar a pensar en el porvenir que, en ese preciso momento de mi vida, parecía un poutpourrí de rancheras, incluidas las de José Alfredo, donde se habla de “oscuridad del abismo”, “a pesar de la terrible soledad”, “pero sigo siendo el rey”, “ya estás tejiendo la red”, “préndeme fuego si quieres que te olvide, méteme tres balazos en la frente” y otras perlas de ese tenor que exaltan una ternura dudosamente edificante para el futuro de la especie.
Encontré al día siguiente al gran amigo y cultor de la palabra y el pensamiento Ramiro del Cristo Medina, quien me dio los suficiente ánimos y ayuda material para sobrevivir esos primeros días en un Tolú donde no conocía a casi nadie. Hasta cuando encontré a Onanis, uno de los diez hijos de Dionisio Torres y Nacira, quien me vio en mi penoso andar de muletas con el dolor físico de las manos callosas y quién sabe qué percibió en mi mirada y en mi aura que me ofreció, sin consultarles a sus padres, un cuarto de los que ellos alquilan a los turistas en las temporadas altas. Ese mismo día Nacira me curó las heridas de una cuarta de longitud cada una, a lado y lado del tobillo derecho, con agua tibia, gasa, ácido bórico, alcanfor y parches de caraña. Me dieron una comida de jurel guisado “levanta muertos” y huevas de sábalo que había traído de las islas “Toño” Altamiranda, y me dijeron que no me preocupara por nada hasta que me recuperara; que me dedicara a descansar el espíritu y el cuerpo, que Dios estaba allá arriba y que les pagara si quería y si podía algún día, que eso no era lo importante, que lo importante era que me recuperara, que Dios no nos había creado para el tormento y el sacrificio, que no habíamos venido al mundo a sufrir y que nada valía la pena como para destruirse por ello. Desde ese día tuve hogar y familia, una familia que me hizo renacer con una dieta de pescado de mar, manta raya y tollo tres veces al día, alimentos preparados por Nacira o Dionisio en persona. Una familia que me llevaba a la arena tibia de la playa en la madrugada para ir ejercitando la sanación de mis heridas, médicos y ortopedistas del verdadero amor humano. Una familia que será mi familia para siempre, ya que todos, hasta la señora del frente, la matriarca de una familia de pescadores y prima de Dionisio, desde las cuatro de la mañana me tocaba suavemente la puerta y me entregaba una taza de café de humeante aroma. Y ahora, cuando tengo necesidad de ese afecto profundamente humano, que es lo único capaz de completar y mejorar el cielo, me voy ala casa de Nacira y Dionisio en Tolú a tomarme un café y a verlos a ellos, sin necesidad de explicaciones ni tantas palabras frente a tanto y tan sincero afecto.
25 de febrero de 2006