José Luis Hereyra Collante - rodelu.net |
19 de abril de 2006
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Danza de vientre en maridaje con acrobático-callejero hip-hop
Las caderas de Shakira “no le mienten”
José
Luis Hereyra Collante
Desde
“La tortura”, con Alejandro Sánz como su instigador porno y voyeurista detonante, Shakira descubrió que sus caderas son un filón de oro. De oro puro y en vetas. Porque su imagen, sus premios repetidos y sus ventas multimillonarias se dispararon aun en el mundo anglosajón, donde odian a los árabes, pero suspiran desde sus narices rojizas y se les humedecen los ojos (y otros epitelios) entre sus pestañas y vellos cuasialbinos cuando oyen la música aflautada digna de encantamiento de cobras, entre humos irisados de luces e inciensos aromáticos, mientras las nalgas acometen en un desequilibrio rítmico con respecto al sinuoso vientre, y las babas y otros fluidos pegajosos se descuelgan desde bocas y genitales. Y lo de cobra no es casualidad, parece. Porque el tal “Tour de la mangosta”, que ella ejecutó por varios meses y varias latitudes, no tenía mangostas por ningún lado, sino la gigantesca y satánica figura de una cobra con espectrales colmillos que, curiosamente, parecía la guarida de ella, quien a su vez parecía entregarse (¿la mangosta?) en la caverna protegida por la cobra –dual símbolo: fálico y satánico- en un ritual de sacrificio y entrega de sus genitales como capullo interior prometido de sus caderas acezantes, hasta el delirio carnal propio y de los oficiantes de su culto, apenas voyerista
Bien. Ahora nuestra Shakira se nos viene, en esta mediocre época carente de talento verdadero y de creación genuina, en esta época hipócrita de “mezclas”, “fusilamientos”, “reciclajes” y “propuestas”, con ”Hips don’t lie” (“Las caderas no mienten”) una “fusión” limítrofe entre el acrobático y callejero hip hop de su acompañante en el vídeo, el ex del grupo Fuggies, Wyclef Jean, y los sensuales movimientos de cadera de la cumbia nuestra, éstos (los movimientos) y ésta sí (la cumbia) cargados de suave y profundo arte antropológico, reflexión ancestral, congoja y belleza en su estado más puro. Pero, además, ¡oh, lástima!, atiborran el esperpento de la tal “fusión” o, mejor, “hibridación” (porque lo “híbrido” es estéril) con los atuendos de cabeza de florones de papel en colorines de la Danza del Congo Grande del Carnaval de Barranquilla, que aparecen por ahí como un simple decorado en el peor de los sentidos, en unos autistas convidados de piedra, pero nada más. Y ya se pierde la noción de "fusión" porque el mestizaje o maridaje de las influencias excede cualquier equilibrio posible hacia una estética superior y genuina, y se convierte en un deplorable “collage” o, mejor, una revoltura donde sólo se aprecia a la última Shakira que conocemos, chillando, gimiendo, pujando y berreando en una “torturante” y sadomasoquista explosión sexual sobreactuada, deplorable, enfermiza y anacrónica. En este caso la cobra no se observa a simple vista (como que se sugiere está oculta en el cuerpo musculoso y oscuro de los oficiantes del hip hop) mientras ella rejonea (o “jinetea” mentalmente) con caderas y nalgas vestibulares a las gruesas cobras de su imaginación entre los siete velos de sus penumbrales desplazamientos y contracciones del “raks-al-sharki” o “baile del vientre” egipcio. No como virgen ni doncella invocando con su danza la fertilidad que flota potencial desde el terso vientre, sino como una bella equivocación o un absurdo ensamble de sugerentes y subyugantes caderas y nalgas gobernadas por una carita rara, de boca chiquita, como un híbrido entre la ampulosa sensualidad de la vital Cleopatra y una carita sin edad y maligna como las de “Las meninas” de Velásquez.
9 de marzo de 2006
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
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