José
Luis Hereyra Collante
Esa
tarde de los setentas me avisaron que alguien acababa de llegar de los Estados Unidos y me traía un encargo urgente. El portador era el escritor, profesor de literatura norteamericana y crítico Roberto Vargas, y el presente era un libro que había soñado leer en su versión original en inglés: “The sound and the fury”, la insana, alucinada puesta en escena de un hombre del profundo sur estadounidense tratando de exorcizar a sus demonios entre los ininteligibles balbuceos de los fantasmas de los idiotas tiznados de incesto y lujuria. Ese título proviene del Hamlet shakesperiano original en el momento cumbre de la insania, cuando el príncipe, con la calavera de su padre en la mano, grita al horripilante vacío: “¿Es que acaso soy un idiota lleno de ruido y de furia?” El libro, blanco con letras azul cielo, sin dibujos ni ningún erróneo suavizador, me entregaría para siempre a las huestes de demonios y fantasmas de ese profundo sur, donde todavía se oyen los ayes lastimeros que brotan como oscuras energías de esas plantaciones donde se escenificaron tantas violaciones, cacerías humanas y muertes. Faulfner quedaría para siempre como la voz de esos desgarros e infamias.
Hoy Faulkner es un semidios para la crítica norteamericana, la que no evade escenario ni oportunidad para rendir homenaje –muy merecido, por cierto– a la obra de uno de los escritores más influyentes sobre la narrativa en todas las lenguas de la segunda mitad de este siglo, ya que junto a Kafka, Proust, Mann, Borges, Woolf y Joyce, Faulkner es una de las figuras más emblemáticas de la literatura contemporánea. Faulkner supone la asimilación de todos los progresos de la vanguardia encauzados hacia la consolidación de toda una carrera literaria y no hacia la experimentación más radical, y es por ello responsable de su influencia sobre los más grandes maestros de la narrativa latinoamericana de las últimas décadas, como García Márquez, Juan Carlos Onetti o Mario Vargas Llosa, en cuyas prosas se vislumbra nítidamente la huella de William Faulkner.
Nacido en 1897 en New Albany, pequeño pueblo del sur de Mississipi, fue un personaje algo extraño, como todos los que forjan el parnaso de entreguerras. Al igual que Heminway, Faulkner vivió la primera guerra mundial como observador de la RAF canadiense. A su regreso tuvo que pasar por los más extraños trabajos para sobrevivir, hasta que en 1922 publica su primer libro, un poemario titulado “El fauno de mármol”. No será hasta 1926, tras viajar por toda Europa, cuando publique su primera novela, “La paga del soldado”, que junto a “Mosquitos” (1927) y “El ruido y la furia” (1929), constituyen lo que algunos críticos consideran su obra de iniciación. Sin embargo, buena parte del mejor Faulkner sureño de sus mejores novelas ya está presente en esta obra. Con Sartoris (1929), Faulkner inicia el relato de la historia de las familias del sur, la historia de la decadencia de una élite venida a menos y configurada en torno a los conflictos raciales. Es el nacimiento de Yoknapatawpha, microcosmos vital donde surgirán la mayoría de sus personajes, los cuales irán reapareciendo a lo largo de todo el ciclo novelístico. Como Macondo, Santa María o Comala, este lugar es la frontera de ningún lugar (el “nowhere land” ), el límite del profundo sur norteamericano, donde comienza otro mundo: un reducto anacrónico donde los hombres viven de la explotación y donde las leyes sólo sirven para unos pocos privilegiados; a los demás nunca les quedará esperanza para confiar en una vida mejor, dignos habitantes del mundo faulkneriano, de ese profundo sur que revuelve las conciencias de los hombres en un mar de conflictos y rencores. En 1962, poco antes de su muerte, declina una invitación de los Kennedy a la Casa Blanca con una famosa frase: "Ciento cincuenta kilómetros es una distancia demasiado larga para ir a cenar. Díganle ustedes a Kennedy que a mi edad uno es demasiado viejo para viajar tan lejos solamente para cenar con unos extraños." (ucm.es)
31 de agosto de 2006