José
Luis Hereyra Collante
Con
respecto a las vidas paralelas y divergentes de Camus y de Sastre, Roger Grenier, autor de Albert Camus, una biografía intelectual (Gallimard, 1991), escribió con un profundo énfasis en dos aspectos esenciales de la vida y la obra de Camus: su amor por la libertad y su defensa de la tolerancia, concebida como el único clima que propicia el diálogo humano. Resalta la imprevista negativa de Camus, respuesta jamás esperada -«No, yo no soy existencialista»- y declarada por Camus en 1945, en una entrevista concedida a Jeannine Delpech. «Sartre y yo nos sorprendemos de ver siempre nuestros nombres asociados. Incluso pensamos publicar un pequeño desplegado en donde los abajo firmantes declararan no tener nada en común y se negaran a aclarar las dudas que pudieran suscitar respectivamente. [...] Sartre sí es existencialista, y el único libro de ideas que yo he publicado, El mito de Sísifo, estaba dirigido contra los filósofos llamados existencialistas.» Esto no le impidió a nadie, en esa época, englobar a Camus en el lote de nuevas celebridades, junto con Sartre, De Beauvoir, Boris Vian y los habituales del café De Flore.
Resulta siniestramente gracioso releer lo que escribía en aquel momento el estalinista Jean Kanapa, en “El existencialismo no es un humanismo”: «Es cierto que el Sr. Camus ha clamado no ser existencialista. No resta más que su Mito de Sísifo tome perfectamente el lugar al lado de Pyrrhus y Cinéas de la señora De Beauvoir, aunque sea más bien literario que filosófico.» Y si Raymond Aron precedió a Camus como editorialista en Combat, fue como consecuencia directa del existencialismo de Camus. «¿Quién no puede darse cuenta de que El mito de Sísifo se traduce políticamente por el neofascismo de Raymond Aron?...» Jean Kanapa hace igualmente una extraña amalgama entre Camus y el existencialismo cristiano de Gabriel Marcel: «¡Qué cercano se encuentra G. Marcel de Camus! ¡Cómo se parecen todos los existencialistas! ¡Que armonía en la maniobra! Puesto que se trata de una maniobra, ya que el existencialismo de Marcel y el de Camus llevan directamente a la posición política que no osa decir su nombre: la reacción.»
Más seriamente, Sartre ha explicado que Camus no es un existencialista y que sus verdaderos maestros son los moralistas franceses del siglo XVII. Y explica que la palabra absurdo no tiene el mismo significado para Camus que para él: «El absurdo nace para él de la relación entre el hombre y el mundo, de las exigencias razonables del hombre y de la irracionalidad del mundo», mientras «lo que yo llamo absurdo es una cosa muy diferente: es la contingencia universal del ser, que es, pero que no es el fundamento de su ser; es lo que hay en el ser de dado, de injustificable, de siempre elemental.» Para el existencialismo el hombre no es su propio fin, ya que no existe más que proyectándose fuera de sí mismo, a lo que llamamos la trascendencia. En cambio, para Camus el hombre es su propio fin. De esta manera precisa su posición respecto al existencialismo, o más bien respecto a los existencialistas: «El existencialismo tiene dos formas: la de Kierkegaard y Jaspers, con la que se desemboca en la divinidad a través de la crítica de la razón; con la otra, representada por Husserl, Heidegger y muy pronto Sartre, y que yo llamaría el existencialismo ateo, se termina de igual forma en una divinización, que es simplemente aquella de la Historia considerada como el único absoluto. Ya no creemos más en Dios, pero sí en la Historia. Por mi parte, comprendo muy bien el interés de la solución religiosa, y percibo muy particularmente la importancia de la Historia. Pero no creo ni en la una ni en la otra, en sentido absoluto. Me interrogo y me enojaría mucho que me forzaran a escoger de una manera radical entre San Agustín y Hegel. Tengo la impresión de que debe haber una verdad tolerable entre los dos». Camus subraya, de manera humorística, lo difícil que resulta dar a cada uno la etiqueta que le conviene, y constata lo que hay en común entre Sartre y él: que ninguno de los dos cree en Dios y, de entrada, no creen en el racionalismo absoluto. (Basado en la traducción de Alejandra de Moya, 2000)
8 de septiembre de 2006