José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
24 de diciembre de 2006

Breve historia universal del Año Nuevo

José Luis Hereyra Collante

Todos los 31 de diciembre aflora la añoranza de un año que termina y la esperanza de alcanzar mayor éxito durante el año que comienza. Tarde o temprano, todos los pueblos del mundo se dieron cuenta de que, trascurrido cierto tiempo, las estaciones solares repetían su cauce luminoso; los cultivos volvían a crecer y las lluvias retornaban para regar las nuevas semillas. Así, el hombre fue constatando el eterno retorno hacia el punto inicial. Desde siempre, el nuevo año ha significado el festejo de un triunfo inexistente, una victoria que se desea pero aún no ha ocurrido, un elogio a la esperanza que se renueva cada 365 días. En las diferentes culturas de todos los tiempos, los cambios de ciclo han llevado implícitos ritos que atraen los tres pilares básicos de la felicidad del hombre: salud, dinero y amor. Por eso, no es extraño encontrar ritos ancestrales, propios de cada cultura y pueblo, que buscan la felicidad, el éxito y la abundancia. En la universal tradición de las 12 uvas, se debe comer una uva por cada una de las 12 campanadas del reloj. Luego, comienzan los brindis, se exponen los buenos propósitos de alcanzar alguna meta específica hasta que, entonces sí, se disfruta de la cena de fin de año.

Hace 4.000 años los babilonios vieron en esta repetición de las estaciones un motivo digno de celebrarse e instauraron ¡11 días de juerga y celebración! en la primavera que florecía sobre los jardines colgantes. Los egipcios se tornaban festivos cuando llegaba el ansiado momento en que el río Nilo empezaba a crecer y el caudal se hacía propicio para la siembra; entonces, la tierra era labrada con confianza en los tiempos venideros.

En Venezuela, antes que den las doce, las familias se reúnen en sus hogares y preparan la hallaca, una especie de humita exuberante, repleta de condimentos y relleno especial, que se regala a los amigos, deseándoles buena suerte.

En Alemania, desafían al destino mediante la “ceremonia” del bleiglessen, ritual que consiste en fundir una barra de plomo, cuyas gotas plateadas se vierten en un vaso cuando el alba empieza a despuntar, alcanzando formas extrañas que –con una buena dosis de imaginación germánica– pueden predecir lo que depara el mañana. Los escoceses festejan el Hogmanay: se busca un barril de madera, se le prende fuego y se lo pone a rodar por las calles. Según dicen, es para permitir el paso del nuevo año. Además, después de medianoche, van a ver a sus allegados para desearles feliz año nuevo y les ofrecen un trago de whisky y un pedazo de pastel de avena. Los más viejos se quedan y esperan que el "primer pie" en sus casas sea el de una persona bella, alta y, sobre todo, de cabello negro (que les “trae suerte”).

En Rumania las mujeres solteras suelen caminar hacia un pozo, encender una vela y mirar hacia abajo: el reflejo de la llama dibujará en las oscuras profundidades del agua el rostro de su futuro esposo; las que se quedan en sus casas toman una rama de albahaca y la colocan bajo la almohada: el sueño de esa noche tendrá como protagonista al hombre anhelado.

En Brasil, los rituales africanos umbandas generan la fiesta de Iemanja en las playas llenas de gente, con pequeños barcos de madera florecidos como ofrendas al mar, y luego le rezan a la santa y piden deseos.

En Bahamas la fiesta del Junkanoo, desde los siglos XVI o XVII, tiene lugar en honor a John Canoe, bondadoso propietario de plantaciones que permitía a sus esclavos tomarse algunos días para la Navidad, que ellos festejaban –y festejan– con danzas y música africanas. (www.me.gov.ar/efeme/anionuevo/costumb.html)

24 de diciembre de 2006


José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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