José
Luis Hereyra Collante
Dos
noticias que aparecieron el mismo día, el miércoles 7 de febrero de 2007, me impactaron profundamente. La primera, con despliegue mundial por la importancia “sideral” de los protagonistas, da cuenta de que Lisa Marie Nowak, una gringa de 43 años, casada, con tres hijos, capitana de la Marina de Estados Unidos, ingeniera aeronáutica, piloto de pruebas con más de 1.500 horas de vuelo en 30 aviones diferentes, desde 1996 astronauta de la NASA, tripulante del transbordador Discovery, fue arrestada este lunes por atacar a otra mujer de la NASA a la que consideraba su rival por el amor de otro astronauta, informó la Policía. Usando pañales para adultos para evitar detenerse, Nowak manejó ¡unos 1.500 kilómetros! desde Houston, Texas, hasta el aeropuerto de Orlando, Florida, donde atacó a su supuesta rival, Colleen Shipman. Acusada inicialmente de secuestro, la astronauta debe enfrentar ahora intento de asesinato, es decir, el riesgo de cadena perpetua.
La segunda noticia, casi sepultada entre las vergonzantes narraciones sobre nuestros marginados, informa que en un barrio “subnormal” de Barranquilla, en el Caribe colombiano, una mujer denunció ante la Policía a la actual pareja sentimental de su ex marido por agredirla y causarle lesiones en el rostro, la cabeza y otras partes del cuerpo. Claudia Barrios Gallardo, de 30 años de edad, dijo a las autoridades que su agresora, quien responde al nombre de Angie Rocha y es boxeadora, la tomó desprevenida cuando abrió la puerta tras escuchar que alguien tocaba y antes de que pudiera reaccionar recibió un fuerte golpe que la dejó casi inconsciente; luego la tomó por el cabello, la sacó a rastras a la calle y la siguió golpeando. La víctima presenta heridas, cortes y hematomas en el arco superciliar izquierdo, el cuero cabelludo, la boca y la espalda.
¿Qué oscura fuerza puede hacer que una “supermujer”, entrenada diez años para situaciones extremas, capaz de resistir durante meses la idea de poder morir o ser una paria del vasto espacio ante cualquier falla técnica de la nave espacial no resista, en cambio, la idea de que las caricias del amante se trasladen como serpiente voraces a otros genitales, se olvide del esposo de toda una vida y de los hijitos que la esperan después de tantas reiteradas ausencias e intente resolver la angustia extrema de la “infidelidad” y la “traición” del amante asesinando a la rival, como cualquier versión femenina -grotesca, ciega e incontrolable- de Otelo, el famoso moro de Venecia? ¿Cuál es la verdad profunda, acaso atávica, que hace que una mujer rubia y distinguida del “supermundo”, con todos los grados y posgrados inimaginables, perteneciente a la élite de heroínas de la humanidad tecnócrata, culta y rica, con esposo e hijos, reaccione con el atávico grito de la barbarie igual, exactamente igual que una morenaza, mulata o zamba pobre e ignorante del Tercer Mundo, con el agravante de que la primera se supone que deba, como mensajera o representante estereotípica del imperio, por su misma formación, serenar con cabeza fría la voracidad de su semilla ardiente, y no llegar a los golpes de boxeadora, “profesión” de la segunda, quién a su vez quizá nunca haya visto escritas las palabras “ética” o “perdón” o “decencia”?
¿No será que se ha salido con la suya la lúcida autora Esther Vilar (“El varón domado”, Grijalbo, 1973), al sostener que cuando dos mujeres se trenzan en feroz combate vaginal por un hombre -“de mujer a mujer lo lucharemos”, dice Toña La Negra- no es que necesariamente amen al hombre, ni más faltaba, sino que son como dos fieras que se disputan un territorio, una presa, el narcisismo letal de que cada una es más “berraca” que la otra y no se va a dejar cueste lo que cueste? Y así hasta la muerte de quien sea, si es preciso…
20 de febrero de 2006