José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
1 de abril de 2007

La profecía cumplida del Gran Jefe Seathl
Ante la destrucción total del planeta; ante la extinción por ciegas manos criminales de miles de especies animales; ante los glaciares y los polos y los nevados de todas las cordilleras del mundo derritiéndose; ante la insania desquiciada del clima; en fin, ante el perfecto desastre que el concierto de orates que han “gobernado” y “gobiernan” el mundo nos han legado como herencia para nuestros hijos, entrego a ustedes apartes de esta reflexión profunda, quizá la más profunda y hermosa que jamás haya leído, y que amo, respeto y me estremece hasta las lágrimas desde cuando la leí por vez primera. Se trata de la profética carta que, en 1885, el jefe indio Seathl, de la tribu Duwamish, en el estado de Washington, dirigió al presidente Franklin K. Pierce ante la propuesta de éste de comprar sus tierras.
José Luis Hereyra Collante

“El Gran Jefe en Washington manda palabras: él desea comprar nuestra tierra. (…) Pero, ¿cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea es extraña para nosotros. Nosotros no somos dueños de la frescura del aire ni del resplandor del agua. ¿Cómo nos los pueden ustedes comprar? Cada porción de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada espina de brillante pino, cada orilla arenosa, cada bruma en el oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente. Para el hombre blanco un pedazo de tierra es igual a otro, porque él es un extraño que viene en la noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemigo y cuando la ha conquistado sigue adelante. Deja las tumbas de sus padres atrás y no le importa. Secuestra la tierra de sus hijos y no le importa. Su apetito devorará la tierra y dejará atrás un desierto. (…)

“No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades de los hombres blancos. Ningún lugar para escuchar las hojas de la primavera o el susurro de las alas de los insectos. Pero, tal vez es porque yo soy un salvaje y no entiendo. El ruido sólo parece insultar los oídos. Y, ¿qué queda de la vida si el hombre no puede escuchar el hermoso grito del pájaro nocturno o los argumentos de las ranas alrededor de un lago en la noche? El indio prefiere el suave sonido del viento horadando la superficie de un lago, el olor del viento lavado por una lluvia del mediodía o la fragancia de los pinos. El aire es valioso para el hombre piel roja porque todas las cosas comparten la misma respiración: las bestias, los árboles, el hombre. El hombre blanco parece que no notara el aire que respira. Como un hombre que muere por muchos días, es indiferente ante la hediondez. ¿Qué es el hombre sin las bestias? Si todas las bestias desaparecieran, el hombre moriría de una gran soledad en el espíritu, porque cualquier cosa que le pase a las bestias también le pasará al hombre. Todas las cosas están relacionadas. Todo lo que hiera a la tierra herirá también a los hijos de la tierra. (…) Los blancos también pasarán, tal vez más rápido que otras tribus. Continúe contaminando su cama y alguna noche terminará asfixiándose en su propio excremento. Cuando los búfalos sean todos masacrados, los caballos salvajes todos amansados, los rincones secretos de los bosques inundados por el olor de muchos hombres y la vista de las montañas repleta de esposas habladoras, ¿en dónde estará el matorral? Desaparecido. ¿En dónde estará el águila? Desaparecida. Y, ¿qué es decir adiós a los prados y a la casa? El fin de la vida y el comienzo de la subsistencia. (…) Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra y su memoria sea sólo la sombra de una nube cruzando la pradera, estas costas y estas tierras aún albergarán el espíritu de mi gente, porque ellos aman esta tierra como el recién nacido ama el latido del corazón de su madre. Si nosotros les vendemos a ustedes nuestra tierra, ámenla como nosotros la hemos amado. Cuídenla como nosotros la hemos cuidado. Retengan en sus mentes el recuerdo de la tierra, tal como está cuando ustedes la tomen, y con todas sus fuerzas, con todo su poderío y con todos sus corazones consérvenla para sus hijos, y ámenla así como Dios nos ama a todos. Una cosa nosotros sabemos: nuestro Dios es el mismo Dios de ustedes. Esta tierra es preciosa para Él y hacerle daño a la tierra es amontonar desprecio sobre su Creador. Ni aun el hombre blanco podrá quedar excluido de un destino común”.

13 de marzo de 2007


José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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