José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
10 de junio de 2007
Si bien Paul Verlaine era de una 'fealdad intensa', Rimbaud se recreaba en la quintaesencia de la belleza andrógina

Hipócritas contemporáneos
José Luis
Hereyra Collante
En la imagen:
Paul Varlaine y Arthur Rimbaud

Hace algunos años quedé deslumbrado frente a la declaración de una mujer quien, prendida en adulterio, pregonaba como la más grande justificación que ella “sí le era infiel al marido, mas no le era desleal”. Como no hago parte de ningún tipo de sanedrín, ni tengo vocación de moralista extremo, ni he firmado jamás pancartas de ofendido contra el Marqués de Sade, no considero que las sociedades vayan a destruirse por unos cuernos, “consentidos” la mayoría de las veces. Pero hay algo que sí me parece peligroso y me produce repugnancia moral: la ingratitud. En nuestra sociedad mediocre la ingratitud ha terminado mimetizada en el trueque permanente con los poderosos: tú me das “participación” y yo te soy pródigo en hipocresía, en sumisión canina. Aquí esa “gratitud” pretende mostrarse como virtud, pero todos sabemos que la virtud es escasa y la vulgaridad y falta de imaginación de nuestra sociedad no conducen hacia ella. En su lugar, la lambonería con costura visible y hasta el engaño y la traición ocupan el lugar del agradecimiento.

Aun entre los poderosos hay individuos nobles –¡vaya paradoja!–, y no todos, sólo por su condición de poderosos, son déspotas. Es más, algunos terminan siendo víctimas de su propio invento, amos-siervos de los frankensteins que han creado, leones de sus garrapatas y aves garrapateras, tiburones de sus propias rémoras. De allí, que observe cómo este país ha desarrollado una creciente ralea de individuos que subyacen en la zona descendente del poder, mandos medios y aun de menor categoría, carentes de toda condición de piedad y de visión humana de la vida. Aprendices de chacales que ejecutan danzas de muerte y engaño por fuera de la mirada de sus amos de turno; de turno, porque esa clase de individuos van “sabaleándose” –término politiquero nacional, aplicable a los que nadan, como el sábalo, en agua salada al igual que en agua dulce– y van adorando “al sol que más alumbre”.

Cuando Albert Camus reflexiona sobre el Arthur Rimbaud que se había ido al Africa, más exactamente a Abisinia, a traficar armas, se expresa con repugnancia y perplejidad frente al nuevo oficio del deslumbrante e iniciático poeta de “Une saison en enfer” o “Les illuminations”, gloria de las letras francesas de todos los tiempos y cúspide de la más excelsa poesía jamás escrita, sentando su posición de que nada, nada, ni siquiera el desmesurado talento del genio, puede justificar la ignominia y las prácticas perversas y atentatorias contra la bondad y la vida. Frente a la grotesca imagen de un Rimbaud más gordo y más afeminado que nunca, cruzado su abdomen desafiante con un cinturón de gruesos lingotes de oro, Camus escribe horrorizado: “¿Es éste petimetre el modelo de héroe que queremos para nuestros jóvenes iluminando el porvenir?” Pero aun así, este Rimbaud, por lo menos honesto y franco en su depravación y desencanto del mundo, no oculta su negación y su derrota a nadie, ni engaña a nadie, ni es, mucho menos, hipócrita. Es como la adúltera de la historia inicial, “quien era infiel, mas no era desleal”.

Hace varios años, Antonio Caballero escribía: “En todas las épocas hemos vivido tiempos infames, pero a nosotros, además, nos ha correspondido vivir tiempos hipócritas”

7 de junio de 2007


José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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