José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
24 de junio de 2007
Cambio climático,
¿catástrofe ineluctable?
Durante los últimos años, el cambio climático se ha convertido en un tema recurrente en medios de comunicación, foros políticos y debates de todo tipo y condición. Investigando sobre un tema que incluye el futuro de la especie, incluidos nuestros propios hijos, me parece digno de reflexión el criterio de los científicos vascos A. Ezcurra, J. Sáenz y G. Ibarra (U. País Vasco, 2007).
José Luis Hereyra Collante

Desde que se inició la revolución industrial la humanidad no ha dejado de crecer en número de habitantes, ni ha dejado de emitir a la atmósfera gases y partículas de forma masiva. Este hecho es incuestionable desde el punto de vista de la observación científica. Las medidas llevadas a cabo en cualquier parte del planeta ponen de manifiesto que la mano del hombre ya ha dejado una huella sensible y detectable en la composición química de la atmósfera, incluso en los más remotos e inhóspitos lugares del planeta, tales como polos, selvas y desiertos. En la actualidad, sabemos positivamente que la concentración actual de dióxido de carbono en el planeta es la más alta de los últimos 650.000 años, y sabemos que ese dióxido de carbono procede en su mayoría de la quema de combustibles fósiles llevada a cabo por parte del hombre.

El origen de este desequilibrio nace del sistemático aumento de la potencia energética media consumida por cada individuo durante su vida y del aumento incesante de la población mundial y su aumento de vida media. Esta necesidad de cantidades crecientes de energía supone, dada la ineficacia de nuestras tecnologías, así como la existencia de ciertos límites físicos inherentes a su conversión de una forma (química en los combustibles) a otra (iluminación, calor o energía cinética de nuestros coches), que el medio natural en el que nos desenvolvemos se contamine. Esta contaminación se incrementa día a día en una sociedad en la que además aumenta sin cesar el número de individuos que se benefician de las mejoras propias de nuestra civilización tecnológica.

Como es bien conocido, una peculiaridad de algunas de las sustancias que, generadas por nuestra actividad, son emitidas a la atmósfera es su capacidad de producir lo que se conoce como “efecto invernadero”. Este efecto, que existe en la atmósfera de forma natural, consiste en que ciertos gases absorben fracciones considerables de la radiación térmica originada en la superficie del planeta y la devuelven de nuevo a la superficie. Esta peculiaridad nos lleva al segundo punto importante de la cuestión que nos planteamos. Al aumentar la población y al aumentar su bienestar, la huella de la presencia del hombre en el planeta se hace sentir, produciendo no solamente un desequilibrio en la composición geoquímica natural de la atmósfera, sino también un cambio del equilibrio térmico en ella. Como los fenómenos meteorológicos y el clima no son más que la expresión de los procesos térmicos que se producen en la atmósfera, es inmediato deducir que la presencia del hombre está modificando estos fenómenos. Es decir, la meteorología local, global y, por ende, la climatología en cada uno de los rincones de nuestro planeta se ve afectada por la presencia del hombre, afirmación que es simplemente un hecho que se deduce de la observación de la composición química de la atmósfera y que no nos debe resultar nada novedosa, extravagante ni particularmente sorprendente.

En este mismo sentido, es un hecho admitido por todos los científicos que, por ejemplo, la proliferación de las plantas y otros seres con capacidad fotosintética en el planeta Tierra modificó la composición química de su atmósfera y, como consecuencia, su clima. Es también un hecho incuestionable que en las ciudades actuales existe una modificación climática local evidente que será más aguda conforme la ciudad de la que hablemos sea más populosa. Pero, el fenómeno conocido como “cambio climático” es un asunto que, a pesar de su gravedad, no nos debe llevar al milenarismo catastrofista. Simplemente debemos tener bien claro que un reto de nuestro futuro consiste en desarrollar soluciones que permitan aumentar y generalizar el bienestar de la humanidad incidiendo lo menos posible en los regímenes naturales de los equilibrios propios de nuestro planeta.

20 de junio de 2007


José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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