José Luis Hereyra Collante - rodelu.net |
26 de agosto de 2007
|
Encuentro Nacional Cultural en “La Puerta del LLano”
Una semana en Villavicencio es un tiempo que queda grabado, inolvidable, en el alma. En especial, cuando se ha traspasado la cordillera impenetrable, viéndola desde el avión, inmensa, inacabable, viendo sus majestuosos farallones y, de pronto, se acaba la mítica cordillera y el avión desciende abruptamente sobre un infinito horizonte de llanuras, un horizonte verde y plano, que niega a la visualidad la redondez de la tierra y ya no hay más sino llanura en un horizonte que se curva tenuemente al igual que cuando contemplamos el mar, pero este es un mar verde brumoso por la infinita distancia que supera la avidez maravillada de nuestros ojos y nuestros anhelos.
José
Luis Hereyra Collante
Allá nos esperan para la poesía, para que mostremos la poesía que hemos esculpido con la sangre a lo largo de nuestra vida. Para que cantemos con nuestro ronco rugir caribe sobre un alma fraterna y multitudinaria mayoritariamente chibcha y castellana. Allá nos esperan nuestros amigos y compañeros. Allá está Irma Chacón lista para la danza, sacerdotisa oficiante de lo fraterno y lo universal. Allá están Orbidio Velandia y Esperanza Marín bailando desde joropo y chirimía hasta los ancestrales contrastes de la flauta de millo y la percusión más ancestral del Africa inmemorial entonada con excelsitud y temblor atávico por los muchachos del Atlántico. Allá están ya listos para la “Rumba Criolla” los danzantes de Fernando Urbina, desde el Distrito Capital pero universales investigadores de la herencia cultural que no debe perderse. Allá nos esperan nuestros padrinos, Orlando Alfonso y Dora Rincón, con esa hospitalidad llanera que les brota hasta en el humor inigualable y el poncho llanero de regalo, de recuerdo de esa tierra hermosa. Allá está Sonia Liliana Ramírez, lista a desprenderse hasta de su Samurai por mí. Allá se esgrime una logística de afectos y generosidad, con María Ignacia Valencia a la cabeza y Sarquíz Antolínez Martínez y Sandra Bustamante y, en suma, toda esa gente hermosa y cálidamente humana de los Llanos Orientales de Colombia, nuestra única patria, así pase lo que pase.
Despierto en el quinto piso de ese confortable hotel y llueve, llueve a cántaros, pero no de metáfora sino de verdad. El piedemonte llanero, con las primeras casas de Villavicencio está brumoso y las lucecitas que sobreviven a la noche están soñolientas bajo la neblina fría que se rueda con pasitos de gato, silenciosa, pero se mueve fría y humeante, blancuzca, y se siente. Subo a la azotea y miro hacia el sur oriente: veo las huellas del diluvio nocturno, del agua implacable que extiende las orillas del Guatiquía sobre fincas, corroyendo puentes, asustando a seres humanos y animales hasta el ahogamiento y la muerte. ¡Cuántas heridas no existieran si el dinero que se gasta en la industria de la muerte se empleara para la vida, para sembrar sonrisas, progreso, bienestar, conocimiento y paz! Me quedo absorto en la altura y busco con los ojos y con el aliento el fin de esa llanura infinita, de ese llano de llanos, pero se me humedece la mirada y el horizonte sigue como una tenue línea imperturbable que se extiende a lado y lado incesante, interminable, hasta confundirse con mi alma.
Villavicencio surgió de la antigua "Hacienda Apiay", organizada por los Jesuitas junto con otras haciendas llaneras. En 1767, la perdieron cuando el Rey de España Carlos III los expulsó. Posteriormente, fue rematada y adjudicada a Basilio Romero, quien, en 1792, la vendió a Jacinta y Vicente Rey, siendo después heredada por sus hijos, quienes a su vez la vendieron. Hoy es esta pujante ciudad de viaductos y centros comerciales donde llueve otra vez frío y diluvio, pero es el último día del Encuentro y ahora es la Llanura Caribe la que me espera. En mi corazón quedan para siempre mis amigos danzantes, cantores, poetas, dramaturgos, músicos, compositores, cumbiamberos, botones, taxistas, recepcionistas, cocineros, guardias, meseros y meseras, pilotos, azafatas y de nuevo taxistas. Y Guillo Sierra esperándome en el aeropuerto de Montería para llevarme a Sincelejo, mi hogar.
26 de julio de 2007
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
|