José Luis Hereyra Collante - rodelu.net |
30 de septiembre de 2007
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Los hombres de Lascaux y las estrellas
Figuras rupestres de las cuevas de Lascaux
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Desde niño he sentido fascinación por las figuras rupestres de Altamira y Lascaux. Pintadas con texturas minerales, interminables constelaciones de bisontes, caballos, ciervos, rinocerontes y toda suerte de animales planean vertiginosamente sobre la bóveda de piedra, en la que ha sido llamado, por su monumental belleza y solemnidad esotérica, “La Capilla Sixtina del Paleolítico”. Recuerdo la honda impresión que me produjo la reflexión sobre el lugar y la ceremonia ritual sagrada donde los cazadores pintaban el ciervo atravesado por la lanza o el bisonte despeñado en agonía, antes de salir “a la guerra florida” a cumplir en la “realidad real” exterior “lo ya clavado y cumplido” mágicamente en la profunda realidad del alma y el anhelo, confundidos con la penumbra rasgada del fuego de las teas de la cueva.
José
Luis Hereyra Collante
Estudios recientes, además, han llamado la atención sobre la suerte de “planetario” que quedó como testimonio de la hoy muda, pero deslumbrante, conversación de estos hombres paleolíticos con las estrellas.
Los paleolíticos, cuyos principales vestigios se encuentran en el sur de Francia y en la Península Ibérica, fueron, probablemente, los primeros en trazar las formas de las constelaciones, inaugurando lo que luego se llamaría Astronomía que, antes de ser ciencia, fue religión y magia. El alto grado de expresión artística que llegaron a poseer los hombres que pintaron las cuevas de Lascaux y Altamira demuestra que poseían una inteligencia muy similar a la nuestra. Perdidos en un mundo del que desconocían sus leyes y en el que todo se producía por casualidad, se aferrarían a cualquier cosa que, al repetirse, ofreciera una explicación de los fenómenos que tenían lugar en el universo. Sólo la observación y el estudio de los cuerpos celestes podían servirles de guía. Ellos, sin duda, inventaron la astronomía. En las cuevas podemos encontrarnos ante registros astronómicos de sacerdotes que dibujaron sobre las paredes de forma críptica, de manera que solo él o sus iniciados pudieran descifrar el código de los ciclos astronómicos sagrados. Debemos acercarnos a sus paredes como a una antigua biblioteca llena de textos que no sabemos interpretar y cuya clave seguramente se encuentra en la multitud de grabados secundarios y no sólo en las grandes figuras. Observando las figuras de las cavernas podemos hacernos una serie de interrogantes: ¿Por qué tantas figuras superpuestas? ¿Por qué tantas repeticiones? ¿Por qué tantos giros? ¿Por qué tantos puntos? Todas estas preguntas cobran sentido si reconocemos al hombre del Paleolítico nuestra misma capacidad de observación y respuesta ante unos mismos elementos.
Supongamos que asociaran cada cuerpo celeste a un animal. Supongamos que representaran, al igual que culturas posteriores, el toro como el Sol, la vaca como la Luna, las constelaciones como otros animales. Supongamos que los convirtieran en sus dioses. ¿Estaríamos equivocados? El ser humano ha tardado milenios en conocer y predecir los acontecimientos, efemérides y sucesos necesarios para establecer calendarios. Todas las culturas primitivas se han servido de la observación del Sol y la Luna como método de aproximación al orden del universo. Cada cierto número de lunas, el Sol vuelve a la misma posición y las estaciones se repiten. La base de las religiones neolíticas fue el seguimiento de los movimientos de estos astros. De ellos se conservan aún fiestas como los solsticios y equinoccios, si bien ahora los llamamos Navidades o Pascuas. Estos pueblos, como nosotros, heredaron la religión de sus antepasados: los hombres del Paleolítico. Los encargados de vigilar el cielo, generación tras generación, fueron, sin duda, los magos. Y, ¿qué otra forma tenían de dejar constancia de sus descubrimientos, salvo pintando sobre las paredes de sus cuevas? Cada chamán tendría su código, no sabemos si compartido: cualquiera que haya estudiado el lenguaje simbólico sabe que la mayoría de ellos son tan antiguos que su rastro se pierde en la noche de los tiempos. (luzantequeracongregado.com/index.lascaux.htm)
1 de diciembre de 2006
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
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