| LA
JORNADA de México - 5 de Marzo de 2003
Conque
ahora EEUU
quiere
paz en Medio Oriente
Molly
Ivins*
A medida
que nos acercamos trabajosamente a la guerra, arrastrando a los turcos
-cuyo precio será nuestra traición a los kurdos (ya van cuatro
veces que los traicionamos, y eso que estoy contando por una sola la triple
traición de Henry Kissinger)- se me viene a la mente el desenlace
de una mala elección. No hay que creer nada hasta que todo termine.
Ya es hora de que los soldados iraquíes
empiecen a arrancar bebés de las incubadoras y otros mitos espeluznantes
presentados como si fueran la pura verdad. The Guardian informó
hace un par de días que Estados Unidos tiene micrófonos ocultos
en las delegaciones extranjeras de la Organización de Naciones Unidas,
y lo peor es que nadie se mostró sorprendido.
Jonathan Schell, académico
pacifista de larga trayectoria, ha escrito un recuento asombrosamente optimista
de lo que ocurre. El 15 de febrero, unos 30 millones de personas en todos
los continentes se manifestaron contra la guerra en Irak. Schell lo ve
como el principio de la democracia global. En todos lados se permite a
la gente manifestarse, y vaya que lo hizo (hasta los gobernantes egipcios
permitieron una marcha). Cierto que el presidente Bush comentó que
para él las manifestaciones fueron "como ver a uno de esos grupos
que andan por ahí haciendo peticiones" y que los pacifistas "no
consideran a Saddam Hussein una amenaza a la paz mundial". (Por cierto,
ya algunos de los activistas más juiciosos han empezado una campaña
para dar a saber a Hussein, vía la embajada iraquí, que tampoco
él les simpatiza mucho.)
Un grupo de comunicadores firmó
la semana pasada una carta brillante, distribuida por Información
Esencial, grupo afiliado a Nader, que recuerda a los medios estadunidenses
los errores más comunes que hemos cometido en tales situaciones.
Ya tenemos guerras con logotipo: "Confrontación con Saddam" y "Conflicto
con Irak", como si fuera un combate por el título mundial de boxeo,
al estilo de "La pelea del siglo".
Malcolm Browne, quien ganó
un Pulitzer en Vietnam, ha expresado que las guerras se parecen mucho a
los juegos de futbol americano y en consecuencia son, de manera extraña,
fáciles de cubrir. Hay dos lados, se ganan y se pierden yardas en
diversas jugadas y batallas, y el marcador lo da la cifra de muertos. El
día que empezó la guerra del Golfo, a eso del mediodía
escuché a un animador de radio de San Antonio exclamar: "¡Ya
me anda porque venga la patada de salida!"
Hemos visto ya muchos de esos recuentos
rápidos, tan populares antes de las guerras, de las armas que emplearemos
esta vez.
Chido: bombas guiadas por
microchips, misiles más inteligentes que Einstein, ¡BAM! Como
un juego de video. La vez anterior nuestras bombas inteligentes resultaron
un poco bajas de IQ, pero para qué mencionar eso, ¿no?
Los periodistas señalan que
ha habido relativamente escasa información sobre los aspectos oscuros
de la guerra. En primer lugar, vamos a matar un montón de gente.
Los mejores cálculos de la guerra pasada son de 13 mil civiles muertos
por bombas y otros 70 mil en el caos que vino después. Con un poco
de suerte perderemos muy pocos estadunidenses, lo cual contribuirá
a esa impresión de que será "como una nueva invasión
de Granada".
En la categoría más
potencialmente desastrosa de "¿Qué pasará cuando ganemos?"
las cifras no son tan buenas. De los 20 cambios de régimen obligados
por acción militar estadunidense, sólo cinco han producido
democracias y de las cinco acciones unilaterales sólo una produjo
una democracia: Panamá. Afganistán, el caso más reciente,
no se ve nada bien fuera de Kabul.
Me da la impresión de que
cada participante en el debate sobre la guerra sabe bien que en este asunto
hay gato encerrado, o más bien elefante. Y curiosamente se trata
del mismo elefante: el petróleo. Los halcones, me parece
que con razón, se mofan de esa consigna de "No queremos sangre por
petróleo", pues la ven como una exageración dramática
de lo que está en juego. Por otra parte, como alguien ya ha hecho
notar, si la principal exportación de Medio Oriente fueran los tapetes
esto no estaría ocurriendo. Creo que el petróleo no es la
causa primordial de esta guerra, pero es igualmente ingenuo suponer que
no tiene nada que ver.
La prolongada y tortuosa racionalización
del gobierno de Bush para justificar la guerra contra Irak se modifica
casi cada semana: cambio de régimen, armas de destrucción
masiva, desarme, ya vimos esta película, incumplimiento (¿de
cuántas resoluciones de la ONU estará actualmente Israel
en "ruptura material"?, y vaya frase más hueca ésta), cero
tolerancia, la liberación de Irak y la conexión con Al Qaeda,
que estuvo en boga hasta hace poco. Pero la cereza del pastel, que Bush
estrenó apenas la semana pasada, es: vamos a la guerra contra Irak
para lograr la paz entre Israel y Palestina. Sé que tenemos pensadores
visionarios en Washington, pero perdonen que en ésta me ponga del
lado de los escépticos.
La razón por la que traigo
a cuento el hecho poco agradable de que Estados Unidos dio a Saddam Hussein
sus armas de destrucción masiva, incluso buenas provisiones de ántrax
y Escherichia coli, no es para enlodar la "claridad moral" de esta
adorable guerrita. Es sólo para sugerir que dejemos de hacer eso
de dar armas a perversos dictadores. Todavía andamos por el mundo
haciendo esas cosas.
Me parece injusto estar sentado criticando
a los que nos gobiernan si no tenemos una idea mejor. La mía es
cegadoramente evidente. Si queremos paz en Medio Oriente, pongamos la mano
con fuerza en los hombros de israelíes y palestinos y digámosles:
fuera colonizadores de la Franja Occidental, solución de dos estados,
ya. Y luego, ¿por qué no un Plan Marshall para la región?
*Columnista cuyo trabajo aparece
en más de 300 periódicos y autora de tres libros best seller
sobre la política actual en Estados Unidos.
© 2003 Creators Syndicate
Inc.
Traducción: Jorge Anaya
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