O-oh. Ahora sí estamos en problemas. No se requiere mucha
percepción para leer las hojas de té respecto de la designación de Harriet
Miers. Por principio de cuentas, ha sonado la hora del búnker en la Casa
Blanca. El principal atributo de Miers para el puesto es su lealtad a George W.
Bush y al equipo. Lo que significa en términos más amplios para la justicia y la
sociedad es el quinto voto que se necesita en la Corte para derogar el criterio
sentado en el caso Roe v. Wade, la histórica decisión que en 1973 sostuvo
el derecho a la libre elección sobre el aborto.
Aparte de ese molesto asuntito, el nombramiento de Miers es como el de John
Roberts: pudo haber sido peor. No tan malo como el de Edith Jones o el de
Priscilla Owen... y deberían ustedes ver a algunos de nuestros jueces de Texas.
Miers, como el propio Bush, es una clásica conservadora del
establishment texano, con el agregado del fundamentalismo cristiano. Por
fundamentalista me refiero a alguien que cree tanto en la infalibilidad de la
Biblia como en la salvación por la sola fe. Pertenece a la iglesia cristiana
Vista del Valle de Dallas, a la cual asistió por lo menos durante dos décadas
antes de mudarse a Washington, hace cinco años. Entre otros miembros de esa
congregación está Nathan Hecht, de la Suprema Corte de Texas, a quien se
considera el más recalcitrante juez antiabortista de ese tribunal después de
Priscilla Owen.
Dicen amigos de Miers que ella estaba por el derecho a elegir cuando era
joven, pero cambió de opinión por cierta experiencia cristiana. Los que lo
contaron no la conocían lo bastante bien para saber si fue una experiencia de
volver a nacer o simplemente una concepción teológica diferente.
Miers contaba con el apoyo de las feministas cuando se postuló por primera
vez a la barra de abogados de Texas, aun cuando sabían que se oponía a la libre
elección. En ese tiempo esa barra era mucho más conservadora que la nacional
estadunidense y a veces amenazaba con retirarse de ella. A Miers se le
consideraba moderada en cuanto que no deseaba separarse de la barra nacional,
sino que postulaba un cambio en la postura de la organización sobre el aborto:
quería que se declarara neutral.
Una de las principales simpatizantes de Miers era Louise Reggio, abogada
feminista muy admirada en Texas. Los grupos de abogadas favorecían a Miers pese
a su postura antiabortista porque era una candidata aceptable para el
establishment, lo cual la hacía elegible como mujer.
A veces llevaba candidatas a jueces a su prestigiado bufete Lidell y Sapp
para la obligatoria sesión de presentaciones, e incluso hacía donaciones de
campaña a candidatos demócratas. Las dos conductas eran apropiadas según los
convencionalismos de la ciudad de Dallas y la política judicial, sobre todo en
los ochentas. La política de la ciudad no era partidista y, más o menos como el
té en Texas (¿con o sin?), venía sólo en dos sabores: establishment o un
poco menos establishment. Miers califica como establishment
arquetípica, pese a "ser una chica", como algunos de los dinosaurios dicen
todavía. El leve matiz feminista es un adorno
Se postuló al ayuntamiento de la ciudad en 1989 como moderada, pero batalló
durante su entrevista con la coalición lésbico-gay (por entonces hasta
presentarse a la reunión se consideraba progresista.) En ese tiempo el
departamento de policía de Dallas no contrataba gays ni lesbianas y, cuando se
le preguntó sobre esa política, Miers contestó que el departamento debía
contratar al personal más calificado, clásica respuesta evasiva. Cuando se le
presionó, dijo que creía que uno debería tener derecho legal a discriminar a los
gays, y dos funcionarios de la organización recuerdan que la respuesta tenía que
ver con creencias religiosas.
En su página web, la iglesia de Miers sostiene la creencia en la
infalibilidad de la Biblia, el bautismo por inmersión total en agua, el pecado
original y la salvación basada en la aceptación total de Jesucristo. Todos los
demás se van al infierno.
Durante años he dicho que al comentar sobre personas que tienen vida pública
"no escribo sobre sexo, drogas o rocanrol". También preferiría no opinar sobre
la religión de los que tienen vida pública, pues la considero asunto privado. La
Constitución consagra la separación de la Iglesia y el Estado porque este país
fue fundado por personas que habían experimentado tanto persecución religiosa
como religiones impuestas por el Estado. Me parece que el mensaje pronunciado
por John F. Kennedy ante los ministros bautistas en 1960 debe servir de modelo
de la forma en que los servidores públicos deben manejar la relación entre
creencia religiosa y servicio público.
Ahora, sin embargo, estamos rodeados de personas que insisten en llevar la
religión al gobierno, y que a su vez se sienten rodeadas de personas que quieren
"sacar a Dios de la plaza pública". Esta división ha sido creada en parte y sin
duda agravada por quienes procuran ventajas políticas. Es la receta para una
grave e increíblemente dañina división en este país, y me parece que todos
necesitamos pensar mucho y con detenimiento antes de hacer cualquier cosa para
empeorarla.
Así lo dice una cita de 1803, atribuida a James Madison: "El propósito de la
separación de la Iglesia y el Estado es alejar para siempre de estas costas la
incesante pugna que ha empapado en sangre durante siglos el suelo de Europa".
© 2005 Creators Syndicate Inc.
Traducción: Jorge Anaya