La primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Hace 35
años, Richard Milhous Nixon, quien estaba loco como una cabra, y J. Edgar
Hoover, quien se ponía ropa interior de mujer, decidieron que las opiniones
políticas de algunos estadunidenses eran inaceptables. Así pues, pusieron al
gobierno a espiar a los ciudadanos, en particular los que no se parecían lo
suficiente al Loco Richard Milhaus.
Para quienes hayan olvidado lo absolutamente paranoico que era Nixon, el
pobre hombre solía dar vueltas por la Casa Blanca exigiendo que asesinaran a sus
enemigos políticos. Muchos creen aún que la caída de Nixon estuvo revestida de
cierta grandeza estilo Ricardo III porque era un hombre de notables talentos. No
hay grandeza ni tragedia en observar a este presidente, el Chamaco
Irascible, violar su juramento de cumplir las leyes y la Constitución de
nuestra patria.
El Chamaco Irascible quiere que hagamos lo que él quiere cuando él
quiere porque es el presidente, lo cual considera justificación suficiente para
cualquier cosa que desee. Inclusive encuentra abogados, como John Yoo, para que
le digan que cualquier cosa que haga es legal.
Lo que más espanta y repugna es que es la misma historia. Que me parta un
rayo si no son los mismos; después de todos estos años, los esbirros de Nixon,
Dick Cheney y Donald Rumsfeld, miembros de la misma camarilla cuya obsesión por
un gobierno autoritario impregnó de hedor los años de Nixon. Ejecutivo imperial.
Que traigan de nuevo esos uniformes de la guardia especial de la Casa Blanca.
Cheney, como una especie maligna que no se puede erradicar, de vuelta en el
viejo puesto, impulsando la misma chingadera.
Por supuesto, nos dicen que necesitan espiarnos por nuestra propia seguridad,
para poder atrapar a los terroristas que nos amenazan. Hace 35 años agarraron a
una estrella de cine llamada Jean Seberg y a un montón de personas que operaban
un programa de desayunos gratuitos para niños pobres de Chicago. Esta vez van
sobre los cuáqueros. Y no tenemos más seguridad.
La tendríamos, como recientemente nos recordó la comisión del 11/S, si
se hubieran adoptado algunas precauciones obvias y necesarias en las plantas
químicas y nucleares, pero eso no ocurre porque esas industrias hacen donaciones
a los candidatos republicanos. Estos no piden a sus donadores que gasten un
montón de dinero en tomar medidas obvias y necesarias para proteger la seguridad
pública: lo que hacen es espiar a los ciudadanos.
Le sorprenderá enterarse que, en primer lugar, mintieron. No espiaron. Bueno,
sí, pero no mucho. Bueno, está bien, un poco más que eso. Mucho más que eso.
Bueno, millones de mensajes de correo electrónico y llamadas telefónicas cada
hora, y todos los historiales clínicos y financieros.
Recordemos que en 2002 se reveló que el Pentágono había emprendido un
gigantesco programa de "extracción de datos" llamado Conocimiento Total de
Información (TIA, por sus siglas en inglés), cuyo objetivo era buscar en bases
de datos "para incrementar la cobertura de información por orden de magnitud".
Desde tarjetas de crédito hasta reportes de veteranos, el Gran Hermano
estaría observándonos. Este galante programa estaba bajo el control del
almirante John Poindexter, convicto de cinco crímenes durante el escándalo
Irán-contras, cargos que luego fueron retirados por fallas de
procedimiento. El gobierno sí sabe dónde reclutar buenos elementos. Debería
hacer regresar a Brownie, el del fiasco de Katrina.
Todo el mundo decidió que el TIA era una idea terrible, y en teoría el
programa se canceló. Como ocurre a menudo con este gobierno, resultó que sólo le
cambiaron de nombre y lo hicieron menos visible. Extracción de datos era un
término popular en ese tiempo, y el gobierno estaba empeñado en tenerla. Bush
instituyó un programa secreto por el cual la Agencia de Seguridad Nacional podía
darle la vuelta al tribunal de la FISA (siglas en inglés de Ley de Vigilancia de
Inteligencia Extranjera) y ponerse a espiar a los estadunidenses sin orden
judicial.
Como muchos han tenido la paciencia de señalar, todo ese programa era
innecesario, puesto que el tribunal de la FISA es muy complaciente y expedito.
No existe virtualmente ningún escenario posible que pudiera dificultar o impedir
obtener una orden de la FISA: ha obsequiado 19 mil y sólo ha negado unas
cuantas.
No me gusta hacer bromas macabras cuando la gente se pone a contar historias
del más allá hasta altas horas de la noche, pero existe una razón por la cual
nunca debimos dar tanto poder a este gobierno. Como dijo el difunto senador
Frank Church: "Esa facultad puede volverse en cualquier momento contra el
pueblo, y a ningún estadunidense le quedaría privacidad. Tal es la facultad de
vigilarlo todo: conversaciones telefónicas, telegramas, no importa. No habría
dónde esconderse". Y si un dictador tomara el poder, esa ley "podría permitirle
imponer la tiranía total".
Y entonces siempre obtenemos esa temerosa respuesta: "Bueno, si uno no hace
nada malo no tiene nada que temer, ¿o sí?"
Amigos, sabemos que este programa se emplea mal y seguirá usándose mal. Lo
sabemos por el historial del pasado y por las noticias actuales. El programa ya
tiene en la mira a los vegetarianos ortodoxos y a la Sociedad para el
Tratamiento Etico de Animales, sin duda porque los considera puestos de avanzada
de Al Qaeda. ¿Podría haber algo más patético?
La cuestión no podría estar más clara. O el presidente de Estados Unidos
entiende y reconoce que ha hecho algo muy malo, o habrá que someterlo a juicio.
La primera vez que esto ocurrió, la respuesta de las instituciones fue
magnífica. Los tribunales, la prensa, el Congreso, todo funcionó a la
perfección. ¿Alguien cree que estamos otra vez en ese punto? Y si no, ¿a quién
echaremos la culpa cuando perdamos la república?
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Traducción: Jorge Anaya