Vivimos tiempos interesantes, no hay duda. Leemos en los
diarios que nuestro gobierno se dispone a lanzar una embestida propagandística
de tres días para convencernos de que su programa secreto para espiarnos es algo
que en realidad queremos y necesitamos. "Una campaña de sucesos nacionales de
alto perfil", informa el New York Times, después del "ardiente discurso
de Kart Rove a los republicanos del país" en el que habló de lo estupenda que es
esa política para su partido.
Para los periodistas la duda es cómo abordar esa noticia. ¿El presidente Bush
dice que es una gran idea y que está orgulloso de su programa secreto de
espionaje? ¿El procurador general Gonzales explica que no hay problema en violar
las leyes? ¿Dick Cheney advierte que o aceptamos el espionaje o Bin Laden caerá
sobre nosotros?
¿O será que en realidad hemos llegado al punto de señalar que la serie de
sucesos de seguridad de alto perfil es en realidad parte de una campaña
propagandística de nuestro gobierno? ¿Debemos reportarla como si en realidad
fuera una táctica de campaña, una maniobra política: "Los republicanos dicen que
el espionaje es bueno para nosotros, pero los demócratas dicen que no: hay que
dar tiempo igual a ambas partes"?
Tal vez tenemos cierta obligación de tratar de dilucidar lo que significa que
nuestro gobierno nos espíe, violando la ley y la Constitución. Luego viene el
problema de informar dentro del contexto de los otros esfuerzos propagandísticos
del gobierno. "No torturamos" y "No tenemos un Gulag de centros secretos de
detención" son dos de los ejemplos más recientes, que superan incluso a los
clásicos de oro, como la pistola humeante en forma de nube de hongo.
Además, la ofensiva de Rove consiste no sólo en negar que de hecho sí tenemos
un Gulag de campos secretos de detención, sino además atacar a quienes lo
denuncian e incluso ponerlos bajo investigación por revelar secretos
gubernamentales y ayudar al enemigo. Aun sin la intimidación, ¿cómo damos cuenta
de alguna afirmación de George W. Bush como si no lo hubiéramos escuchado decir
hace poco que apoyaría la iniciativa de John McCain para prohibir la tortura...
y luego darse la vuelta para afirmar que tiene derecho de violar la ley?
Tengo sincero aprecio por la respuesta de los verdaderos conservadores en
torno a este asunto: los libertarios, los auténticos herederos de Barry
Goldwater, los fanáticos de que todo lo que hace el gobierno es maligno. Esos se
llaman principios. En cambio me confunde la facción autoritaria del Partido
Republicano que respalda a Bush en esta materia. Es muy sencillo: ¿les parecería
buena idea si Hillary Clinton fuera la presidenta? ¿Defenderían entonces la
clara e innecesaria violación de la ley? ¿Tienen plena confianza en que ella
jamás haría mal uso de este "poder inherente" por motivos partidistas?
Hay informes de que las escuchas sin orden judicial abarcaron miles de
llamadas, y la información obtenida circuló ampliamente entre dependencias
federales. Conozco a un tipo que está ahora en la lista federal de los que no
pueden abordar un avión. ¿Su pecado? Ser coautor de un libro desfavorable a Kart
Rove. Vaya una amenaza a la seguridad nacional.
Uno de los rasgos más extraños de nuestro tiempo es que mucho de nuestro
debate político se da en términos de "moralidad", con autoridades tan
serviciales como Pat Robertson diciéndonos a quién debemos asesinar a
continuación. Una aportación más valiosa en esta dirección viene de Jimmy Carter
en su nuevo libro Our Endangered Values: America's Moral Crisis (Nuestros
valores en peligro: la crisis moral de Estados Unidos). Soy gran admiradora de
Carter y me alegra volver a escuchar su sosegada voz de cristiano sureño. Pero
se me ocurre que, en su estilo calmado, muchos de sus argumentos son tan
pragmáticos como morales.
Como alguien que tiene considerable fe en el sentido común de los
estadunidenses, creo que todavía podríamos rescatarnos de esta inútil rebatiña
sobre moralidad recurriendo a la lisa y llana sensatez. Muchos de los argumentos
de Carter se centran en el hecho de que nuestra guerra al terrorismo no está
funcionando. Irak no funciona (hasta contar las fallas es difícil). Los ataques
terroristas se multiplicaron por más de tres de 2003 a 2004, hasta llegar a 655.
Nuestro respaldo en Medio Oriente desciende cada día más. La región no se está
volviendo más democrática.
¿Qué ocurriría si tuviéramos un debate no político, sino pragmático sobre
todo esto: hemos hecho un batidillo horrible de toda esta guerra al terrorismo,
ahora cómo lo arreglamos? ¿Qué hacemos ahora? Me doy cuenta de que es un
planteamiento un tanto simplista después de todo este tiempo, pero de veras creo
que una de las mejores cosas que podemos hacer por nosotros mismos es enfrentar
los hechos con sinceridad. Que hayamos creado semejante desastre no significa
que seamos un gigante desvalido y digno de lástima: Estados Unidos cuenta con
mayor poderío militar que nadie más en la Tierra. Pero utilizarlo no
necesariamente es la mejor manera de obtener los resultados que queremos.
Como vamos a estar empantanados con este gobierno otros tres años, me parece
importante dejar de ponernos a la defensiva y de desviar la atención hacia otros
temas. Y parte de ello significa que los periodistas estadunidenses dejemos de
reportar al gobierno de Bush como si fuera una fuente confiable. Necesitamos
encarar los hechos.
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Traducción: Jorge Anaya