Es difícil mantenerse al paso de los vuelcos de George W. Bush
entre el internacionalismo y el aislacionismo. Tal vez recuerden que cuando se
postuló por primera vez a la presidencia declaraba estar contra la construcción
de naciones y otros esfuerzos de mantenimiento de la paz; para él eran cosa de
afeminados. No quería saber nada de esas tonterías de hacer el bien y construir
un mundo mejor; ni siquiera se tomaba la molestia de aprender el nombre de esos
griegos y kosovares.
Antes del 11 de septiembre, aparte de mirar profundamente en los ojos de
gélido azul de Vladimir Putin y concluir que el viejo tiburón de la KGB tenía
alma, Bush mostró poco interés por los asuntos exteriores. Pero luego se volvió
un internacionalista furibundo. Todo el mundo se afilió al esfuerzo de perseguir
a Al Qaeda en Afganistán; las ofertas de ayuda llegaron por docenas. Luego vino
la campaña para deponer a Saddam Hussein porque tenía armas de destrucción
masiva, inclusive un programa de armamento nuclear. Por desgracia, la mayor
parte del resto del mundo no creía que Irak tuviera muchas, o por lo menos
sentía que debía darse más tiempo a los inspectores de la ONU para averiguar si
era cierto. La molesta premura con que Bush llevó adelante una guerra
innecesaria aisló a muchos de nuestros aliados más cercanos, y su equipo no pudo
hacer más patente su desdén de esos aliados y de Naciones Unidas.
Así, durante un tiempo fuimos los nuevos imperialistas y despreciamos al
resto del mundo. No necesitábamos a nadie: iríamos por nuestro propio camino, y
adiós a Naciones Unidas, esa manada de debiluchos. Fue la temporada de la
fanfarronería, la arrogancia y la majadería.
El último gesto de "váyanse a la chingada" de Bush fue nombrar embajador en
Naciones Unidas a John Bolton, hombre tan poco diplomático, ya no digamos tan
opuesto a la ONU, que la mitad de los funcionarios del gobierno se quedaron
perplejos. Eran esos días en que a los pigmeos de fuera del gobierno se les
consideraba con desdén la "comunidad basada en la realidad". En una frase
célebre, el asesor estrella de Bush lo explicó así: "Ahora somos un imperio, y
cuando actuamos creamos nuestra propia realidad". Cielos, sí que eran tiempos
emocionantes.
Por desgracia, la realidad, tan poco caritativa, no se sujetó a las demandas
del gobierno de Bush; de hecho, siguió soplándonos en el rostro. En Afganistán,
y sobre todo en Irak, se portó especialmente mal en eso de obedecer a nuestro
aventurero presidente.
Varios meses después de nuestra invasión a Irak, resultó que en realidad
habíamos invadido para llevar la democracia a ese afortunado paisito. En ese
extraño modelo como de ensueño en que se da forma a la política de Bush, todos
los conservadores comenzaron a hacer como si siempre hubiéramos ido allá con esa
finalidad, y todos los que insinuaban otra cosa estaban recordando mal esa
fastidiosa realidad.
De hecho, tan dedicados estábamos a la promoción de la democracia en el mundo
que ése era el principio fundamental de nuestra política exterior. Y si todavía
no estábamos tan intensamente dedicados a la construcción de naciones, bueno,
era cosa de subcontratarla con los de Halliburton y que ellos se ocuparan de
ella. Y qué buen trabajo están haciendo.
Así pues, henos aquí, internacionalistas una vez más, y Bush viajó a India,
donde de inmediato puso fin a décadas de política exterior estadunidense para
eximirla del tratado de no proliferación nuclear. Desde que Nixon era presidente
era nuestra política negarnos a compartir tecnología nuclear con naciones
remisas a firmar ese tratado. Tanto India como su enemigo mortal, Pakistán, se
volvieron potencias nucleares en 1998, lo cual representaba la realmente
horrorosa posibilidad de una carrera nuclear en el subcontinente.
Luego de firmar ese acuerdo lamentable, Bush continuó hacia Pakistán, que
naturalmente se siente insultado por no haber obtenido lo mismo. El agravio es
particularmente desafortunado porque el presidente Pervez Musharaf de Pakistán
es esencial para el control y la captura de Al Qaeda.
Bush, que dejó caer el asunto de Osama Bin Laden como una papa caliente en
2003, ahora vuelve a decir que queremos atraparlo. Aparte de ofender a Pakistán,
nuestro aliado esencial, Bush envió a Irán precisamente el mensaje que no debía
y en el momento más inoportuno: mostró a los iraníes que si persisten en
desarrollar armas nucleares, con el tiempo también ellos recibirán el mismo
premio que India. Naturalmente, eso fortalece a los ira-níes de línea dura y
socava a los reformadores pro occidentales. ¿Qué estaban pensando? ¿Alguien sabe
cómo se juega a esto?
Hasta ahora parece como si Bush hiciera mejor política exterior cuando se
pone aislacionista. Tal vez debería quedarse en casa y bajar algunos impuestos
más a los ricos, o ir a exponer a alguna agente en represalia política contra su
marido, o sencillamente ponerse a espiar a pacifistas estadunidenses.
Cuando lo escuché quejarse de la xenofobia por el acuerdo del puerto de
Dubai, no daba crédito a mis oídos. Michael Chertoff, de Seguridad Interior,
volvió a decir que el problema con la seguridad interior es que amenaza el
comercio... el importantísimo y sagrado comercio, las ganancias por encima de
todo. Por enésima vez, no sólo es posible, sino acertado insistir en ajustar las
normas laborales y ambientales al libre comercio, y no por eso nuestros puertos
van a volar en pedazos.
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Traducción: Jorge Anaya