Sé que no es sano alardear, pero ahora soy egresada de la Universidad
Texas A&M, y el orgullo Aggie* es algo que no se puede contener. Me
volví diplomada de la augusta institución después de completar el cursillo de
tres días sobre ganado vacuno, este verano. Me especialicé en manejo de forrajes
y me gradué quel fromage, es decir, avec distinction (con
distinción).
Es cierto que hace muchos años me prohibieron el acceso al campus de la Texas
A&M después de que algunos estudiantes me invitaron a pronunciar un discurso
político. ¡También quel fromage! Así que vean cuánto he avanzado. La
parte más asombrosa del curso sobre vacas fue conocer el susurro vaquero.
Piensen en todo lo que sabemos de llevar ganado de un lugar a otro, para
vacunas, inspecciones o para llevarlo al mercado: lo que es mover físicamente un
montón de animales: gritar, chiflar, restallar el fuete, moverlos, perseguirlos.
Pues resulta que en todos estos años lo hemos hecho mal. Lo que ocurre es que
si asustamos a una vaca haciendo mucho ruido, persiguiéndola y obligándola a ir
a donde no quiere, el animal responde defecando. Y como la vaca tiene cuatro
estómagos, puede descargar hasta 20 por ciento de su peso corporal en una sola
zurrada, que es lo último que uno desea justo antes de llevarla a vender al
mercado.
Así pues, lo último en manejo de ganado es susurrarles a las vacas (no es
invento mío, viene directo de la A&M). A pie o a caballo, uno rodea despacio
a los animales para no inquietarlos, les habla con suavidad y les sugiere que
tal vez podrían ir para acá o para allá, y qué tal un paseo por la cerca del
corral, y luego quizá consideren acercarse a la puerta y ahora otra vueltecita
por la cerca. Pero todo se hace sin ruido fuerte, sin movimientos súbitos ni
erupciones de testosterona. Es un suceso tan revolucionario en la tradición
machista estadunidense, que es como ver jugadores de la NFL saltar al
emparrillado vestidos con tutús. Pero también es mucho mejor para las vacas.
Toco el tema porque hace poco fui a una reunión de un movimiento pacifista de
mujeres, organizado por el grupo Código Rosa, fundado por Medea Benjamín, Jodie
Evans y Diane Wilson. (Ja, ahora creen saber adónde voy.) Entre las pacificistas
también estaban Cindy Sheehan, la escritora Anne Lamott y la coronela Ann
Wright, quien prestó servicio en el ejército durante 29 años y más de 15 en el
servicio exterior, antes de renunciar en protesta por la guerra de Bush en Irak.
Debo decir que fueron mucho más enfáticas que el susurro vaquero. De hecho,
cuando me fui estaban ensillando para cabalgar hasta el rancho del presidente
Bush al frente de una partida de voluntarios para entregarle una demanda de paz
firmada por ciudadanos. Hubo muchos gritos. Las mujeres pacifistas, en general,
han resuelto por completo el tortuoso y viejo dilema: ¿cómo se hace para no
odiar a los que odian? Si se es pacifista, derrama sobre ellos amor, calma y,
bueno, mucha paz. (Por eso resulta tan gracioso que Bush le tenga tanto miedo a
Sheehan.)
Para quienes no hemos dominado esa técnica avanzada, una revolución en favor
de la amabilidad parece buena idea. Anne Lamott, una de las personas más
graciosas del país, ha ideado un escenario para una revolución con buenos
modales, en la cual todos somos extremadamente amables, los unos con los otros.
Los buenos modales no lastiman a nadie. "Nuestra revolución decreta que
lucharemos con todo por estas cosas, pero con cortesía."
Por desgracia, yo todavía estoy a medio camino: no es que me aferre a odiar a
los que odian, ya hemos visto adónde conduce eso, pero siempre tengo la
tentación de enfrentarlos a gritos. "¡Uno, dos, tres, no queremos su chingada
guerra!" ¿Con eso se repele a nuevos adherentes potenciales, o se atrae a más
personas que de veras necesitan expresar lo que sienten?
Lo que aprendí de Código Rosa es que una cosa no excluye a la otra. El
movimiento de paz es una cuestión de sumar y sumar. Puedo uno seguir ganando
adeptos, desde personas como Cindy Sheehan, que perdió a su hijo Casey en la
estúpida debacle bélica, hasta Veteranos Iraquíes contra la Guerra, que
fácilmente son el grupo de jóvenes más fuerte y activo de Estados Unidos. Han
aprendido de la manera más dura lo que es la política.
La guerra consiste en acorralar personas con Conmoción y Pavor y con ruidos
fuertes de verdad, y en creer que lesionándolas y matándolas se les puede llevar
adonde uno quiere. La política es lo que se hace cuando uno no es tan estúpido
como para entrar en una guerra innecesaria sin provocación alguna. Yo voy a
fundar Vaqueros Susurrantes contra la Guerra.
* Mote con que se conoce a alumnos y egresados de esa institución texana
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Traducción: Jorge Anaya