Juan Cristóbal |
29 de Agosto de 2002
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La
dimensión humana
de Gustavo Valcarcel Por Juan Cristóbal La
concepción que involucra el significado de la palabra artista,
escritor o poeta, tiene una arriesgada visión unilateral,
una concepción-isla, si se entiende al escritor al margen del ciudadano
que es, dentro de una específica y determinada realidad. Concepción
que permite muchas veces trampas y mentiras tanto al escritor como al ciudadano,
cuando ambos son, aunque muchas veces de manera contradictoria, caras de
una misma moneda.
Es
desde esta posición que afirmamos: dicha polaridad, escritor-ciudadano,
permite aceptar y admitir, por ejemplo, que Borges es un gran escritor,
aunque al almorzar con Pinochet o entrevistarse con Videla, como ciudadano,
haya admitido que estaba bien matar a los opositores porque eran “comunistas”.
O en el plano nacional, venerar literariamente a Vargas Llosa, olvidando
que encubrió el crímen de los ocho periodistas y su guía
en las alturas andinas de Uchuraccay. Sin olvidar que en esa Comisión
participaron personajes como Mario Castro Arenas, en ese momento Presidente
del Colegio de Periodistas del Perú, el antropólogo Luis
Millones y el sicoanalista Max Hernández.
Entendiendo
que el ser humano como ciudadano engloba al escritor, es que trataré
de rescatar, en estos breves minutos, la dimensión humana, de Gustavo
Valcárcel, para quien la vida no fue un canto de sirenas, sino al
decir de sus palabras, “un poema sin fin“.
GUSTAVO VALCARCEL EN EL MUNDOLa
integridad humana y nuestro propio destino, como seres humanos y colectividad,
están en juego, tanto por lo que hemos visto y padecido durante
el gobierno corrupto y criminal de la década pasada, donde tantos
intelectuales y políticos, especialmente los que venían de
las canteras del socialismo, se alinearon sin ningún pudor con el
gobierno fujimontesinista, cuanto por lo que significa la presencia de
los talisbanes de la globalización, en países como los nuestros,
especialmente en el área cultural, dejada inmisericordemente en
el olvido (y no sólo por ellos), ya que conspiran abiertamente en
la realidad para destruir las manifestaciones de ese territorio único
y sagrado del hombre llamado sensibilidad.
Es
en estas circunstancias, al pie de un siglo que comienza, y que muchos
consideran agonizante, incluso el actual humanismo tiene su mirada fija
en el museo del olvido, que no puedo dejar de traer a la memoria, a Gustavo
Valcárcel, que nos dio ejemplo permanente de vida y militancia,
de escritura y sacrificio, de optimismo y valentía.
Hombre
dedicado con pasión y disciplina al camino árido y poco comprendido
de las letras (no sólo fue poeta, incursionó además
en la novela, en el ensayo, en la historia, en el periodismo, en el teatro),
fue también, cómo no recordarlo, un permanente defensor de
los derechos del hombre sobre la tierra, un luchador indoblegable por el
socialismo, en momentos en que dicha defensa tenía que hacerse,
y aun tiene que hacerse, desde la frustración, la exasperación
y la desesperanza, es decir, desde la encrucijada peligrosa de la utopía.
Este luchador, este poeta, fue para mí un paradigma de honestidad,
un ejemplo de transparencia y entrega cotidiana para los demás,
casi siempre a costa de lo propio. Por ello, a veces, ingenuamente me preguntaba,
de dónde tanta fuerza, tanta generosidad para la comprensión
del ser humano, para recorrer y apostar, tercamente, una y otra vez, por
la solución de su futuro. La respuesta me la dio el propio Gustavo,
una noche en que se desatábamos mensajes a la luna: “No olvides,
fui amigo de Pablo Neruda y del comandante Ernesto Che Guevara“. Símbolos
vivientes, como él, como Juan Pablo Chang, como Luis de la Puente
Uceda, del mensaje matinal de nuestro destino.
GUSTAVO VALCARCEL EN SUS ESTANCIASQuisiera
destacar a Gustavo en tres instancias, estelares para mí, de su
existencia. En su militancia con el Apra. En su militancia en el PCP. Y
en su amor por Violeta, el amor imperecedero de su vida, su río
inacabable, como lo dijera en ese inolvidable poema “Carta a Violeta“,
cuando se le despeñaba la sangre en el exilio mexicano.
Gustavo
ingresó al Apra en 1938 ganado por la práctica antidictatorial
y su prédica antimperialista. Llegó a ser secretario privado
de Haya de la Torre, (incluso en algunas conspiraciones) durante tres años,
de 1945 a 1948. Y llegó a trabajar hasta después del fracasado
golpe de Ancón, insurrección que no llegó a realizarse.
Producto de esa militancia, no sólo padeció varias carcelerías
(la primera en 1940, a los 18 años), sino fue acusado, en 1950,
de querer quemar el Jurado Nacional de Elecciones, por lo que tuvo que
irse del país, llamado, como dijo, “por la dignidad personal”, ya
que Esparza Zañartu, el Montesinos de entonces, amigo de su padre
político, quería que no sólo delatara la actividad
de su militancia, sino también renunciara públicamente al
Partido. Entonces enrumbó, como decía Jorge Teillier, a propósito
de su padre, igualmente comunista, “a comerse el pan amargo del exilio”.
En México, hacia 1954, conoce a Siqueiros y a Diego Rivera, los
grandes muralistas. En 1953 renuncia al APRA, como parte de la desilusión
de sus grandes esperanzas. Hay que recordar que en 1947 había ganado
el primer premio en los Juegos Florales de San Marcos con “Extensión
y Deleite de Tortura”, con el seudónimo significativo de Lucifer,
con un conjunto de doce sonetos, de fina expresión y agradable musicalidad,
como dijera el Acta del Jurado, entre los que se encontraban Manuel Beltroy,
Augusto Tamayo Vargas, Estuardo Nuñez, Rodolfo Ledgard y Alcides
Spelucín, autor de un poemario lamentablemente olvidado, “El libro
de la nave dorada”. Y en 1948 editaba su primer libro “Confín del
tiempo y de la rosa”, con prólogo de otro poeta olvidado, Xavier
Abril, del que Alberto Escobar escribiera, son los versos más fluidos
de la literatura peruana. Ganaría en ese año el Premio Nacional
de Poesía. Con la edición de este libro, Gustavo echa por
tierra la creencia que sólo se preocupaba por la poesía social,
entendida como panfletaria, y no de los sentimientos profundos del hombre.
En el partido de Haya forma, junto a Ricardo Tello, Guillermo Carnero Hocke,
Luis Carnero Checa, Mario Florián, Eduardo Jibaja, Carlos Manrique
y otros, el importante grupo literario “Los Poetas del Pueblo”, que representaban
una de las vertientes en que se hallaba escindida la joven promoción
de escritores de esos años.
Deslumbrado
por las lecturas de Marx y Engels, por la humildad de Jacobo Hurwitz, un
comunista, a quien conoció en la cárcel, y que era, según
Gustavo, “un hombre que vivía pensando permanentemente en el porvenir”,
es que, años más tarde se adhiere al PCP, al que le entregaría
toda su vida. Fue director del semanario Frente, que pertenecía
al Frente de Liberación Nacional, que luchaba, entre otras cosas,
por el petróleo y demás riquezas naturales. Director del
periódico de la agencia soviética Novosti y del semanario
Unidad, que sí pertenecía al partido, del cual Gustavo orgullosamente
diría: “Mi esposa y mis hijos le debemos los mejores momentos de
la vida. Lamentablemente no tengo diez vidas para darle, sólo una”.
Desde esa trinchera, junto con Violeta, se enfrentaron a la policía,
pidieron tierra para los campesinos, libros para los estudiantes, trabajo
para los obreros, derechos humanos para la gente humilde y menesterosa
y para los presos políticos de la época. Cuando falleció
Gustavo, un 3 de mayo de 1992, abrumado como Pablo Neruda y antes como
Vallejo por el dolor del mundo, estaba en pleno proceso el derrumbe del
campo socialista, el cual aceleraría el final del poeta, a pesar
de lo cual y con la valentía de siempre moriría con su corazón
poblado de flores y comunismo, como escribiera en su testamento el 29 de
marzo de 1989. Y días antes, cuando un periodista le preguntara
si tenía temor a la muerte, con ese humor tan arequipeño
que manejaba contestó: “No me preocupa ni un minuto la muerte, porque
soy ateo, lo que me preocupa es el insomnio, ese sí me atormenta”.
En
cuanto a Violeta. Fue la “geografía amorosa” del escritor, la mujer
militante que siempre estuvo a su lado, en la poesía y en el sacrificio
cotidiano. Cómo no recordar esos memorables versos tan tiernos como
valientes: “Sobre la almohada, a mi lado / tibio yace tu último
sueño/ahora en cambio la ciudad acoge / tu vehemencia de ola, tu
vigilia de amor / recorriendo el pan nuestro / que hoy te lo debemos todos”.
De
perfil bajo, Violeta jamás quiso asomarse a los balcones públicos
del día, aunque bien se lo merecía por todas las hogueras
y ternuras que desató. Para conocer a esta mujer de temple indoblegable
nos remitimos a lo que cierta vez nos dijo, estando un tanto delicada,
con esa voz que nos llegó desde los más profundos y tercos
manantiales de su espíritu: “A las enfermedades no hay que darles
tregua, hay que enfrentarlas como a los tiranos, de frente”. Y eso fue
lo que hicieron, con Gustavo, toda su vida: enfrentar a la vida de frente.
Por ello, siempre la estaremos mirando y recordando con una flor en la
mano, para que su voz y mirada sigan floreciendo en todos los relojes del
alba.
GUSTAVO EN EL COMBATE LITERARIOQué
no debería decir de la obra poética de Gustavo. Muchos lo
han expresado con mejores palabras que aquí puedo articular. Sin
embargo, desearía rescatar, en el marco de su titánica labor
literaria, del asombro de su vida que daba vida para vivir, el calor de
su hogar tanto en Los Tacones, en Lince, como en la Urbanización
Pando, lugares maravillosos de encuentros poéticos, de cálidos
aprendizajes, de brindis gloriosos. Casas cargadas de recuerdos solidarios
donde, lamentablemente, por esos azares incomprensibles, siempre estaba
allí, agazapada, la zarpa del desalojo. Y no sólo ella, también,
en 1982, la burla por parte del INC, cuando era director Abril de Vivero,
(el mismo que despojara de su puesto a Juan Gonzalo Rose), a propósito
de la edición de un libro que jamás llegó a publicarse,
y que llevara a Gustavo decir, cuando la Corte Suprema sentenciara como
indemnización menos de cien dólares, en carta dirigida a
los compañeros del Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional, cuando los donó para tan digna causa latinoamericana:
“Yo les rogaría, compañeros, romper el silencio de no querer
editar mi poesía revolucionaria en el Perú, de tal suerte
ojalá les sea posible adquirir con tan poco dinero una enorme granada
que ilumine vuestro cielo salvador, salvador nuestro, de igual modo” .
Y cómo olvidar el vandalismo de la censura, cuando le quisieron
incinerar, por orden del Ministro de Gobierno de entonces, en 1964, los
tres mil ejemplares de la “Historia de la URSS” que le enviara un amigo
republicano español. A pesar de estas infamias y otras estatales,
el corazón del poeta vibraba con estudiantes y obreros, con intelectuales
y campesinos, con diversos artistas y hombres simples de la calle. Por
eso, con la mayor de las autoridades pudo exclamar, adarga en ristre: “Yo
no creo en el arte por el arte, en el arte fuera de la realidad. Yo me
afirmo en el socialismo. Creo en los poetas y artistas que luchan y escriben
con la esperanza y la felicidad entre los labios. Es que a un hombre comunista
el capitalismo no le va a abrir las puertas para que diga lo que piensa,
al contrario, tiene que olvidarlo”. A pesar de estas palabras, Gustavo
nunca fue sectario en el arte, reconocía otras vertientes existenciales.
Y eso fue lo que me dijo en una entrevista, cuando en 1980, a propósito
de la publicación, en la revista Harawi, del generoso Paco Carrillo,
de su poemario “Reflejos bajo el agua del sol pálido que alumbra”,
versos diferentes en la temática de Gustavo, de un profundo y patético
desgarramiento, ya que es un canto a la muerte, se reafirmaba exclamando:
“En la vida de un hombre se conjugan muchos otros factores que no necesariamente
tienen que ser ideológicos, y a pesar que uno puede cantar a la
angustia, a la frustración, a la destrucción personal, yo
me reafirmo en el socialismo y no en el suicidio, que es la derrota por
anticipado”.
Vemos
asi como, también en la poesía, con toda la ética
colgando de su frente y viviendo cada segundo su vida responsable de poeta,
porque al final de cuentas esto es lo esencial y no tanto escribir libros
de poesía, nos deja una herencia imborrable: la de la honestidad
y la consecuencia a prueba de balas. Y lo sentimos y oímos, hoy
más que nunca, desde la infinitud de las estrellas, de esas raíces
milenarias de la tierra que él abrió en silencio, mirando,
con ojos de ver, los mensajes eternos del mañana.
Juan
Cristobal
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