Juan Cristóbal |
5 de Enero de 2003
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(Basada
en un cuento de Galeano)
Otra de congresistas Por Juan Cristóbal Dicen
que un congresista, al morir, se fue al cielo, porque allí estaba
su amante y porque le habían dicho que allí arriba iban los
nobles caballeros, y él se sentía uno de ellos. Claro, él
era caballero sin caballo, por eso subió a pie al cielo, orondo
como
cuando propuso la pena de muerte para los "comunistas que atentaran contra la nación y la propiedad privada". Bañado en perfume, brilloso en brillantina subió al cielo. Lucía en el pecho todas las medallas que le había otorgado el ejército "glorioso de su patria". Un anillo le brillaba en cada uno de sus dedos. Después de subir y subir al cielo llegó a las puertas anchas del paraíso. Al llegar las tocó, pero san Pedro, su implacable guardián, no le abrió. Dios, al enterarse que subía, había ordenado cerrarle el paso. Pero el Supremo Hacedor no pudo hacerse el sordo ante el clamor unánime de los ángeles y santos que clamaban su ingreso, ya que la amante, que había entrado por error, dormía con todos ellos. Y ella se había convertido en el único fuego de sus vidas eternas, pues cuando ella hacía el amor con ellos echaba llamaradas por el ombligo, desaburriéndolos del inmortal aburrimiento de la paz celestial. El congresista, al no poder entrar, no dijo nada,. Se quedó allí, quieto, esperando, con su sonrisita cachacienta, la orden de san Pedro. Sin embargo, un personaje nuevo apareció en escena: Lucifer, que miraba, desde el observatorio de sus profundidades, los hechos transcurridos. Y después, cuando san Pedro mandó irse al congresista. exclamó bastante perturbado: "Siempre me mandan lo peor". 20 de diciembre de 2002
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