Poema
13
Juan
Cristóbal
Un
joven pálido, de anteojos gruesos y mirada desvelada
como un espantapájaros,
me mira.
Parece que no creyera en dios ni en
las pequeñas confesiones
emanadas de sus labios.
Sin embargo, y por las pisadas atormentadas
de su vida,
no es él el que me mira, el
que cree en dios
o en la soledad menesterosa de su ausencia,
pues nunca se pregunta -y eso se
ve por su figura
exterminada en la desgracia-,
¿Cuál es el temor que
atraviesa el desencuentro de mis pasos,
por qué soporto este vacío
para crearme otros vacíos,
otras promesas, más torpes,
que no dependerán jamás de mis afectos?
Me imagino. Desde niño no
solamente ha contemplado
murciélagos en el sueño,
sentido el sol reseco de los trigos,
el prólogo a veces infinito de la lluvia,
sino que jamás ha hablado
con el azul de las estrellas,
con las perdices desfallecientes en el campo,
a pesar de lo cual le encanta conversar
con las vendedoras
de café en los muelles de la aurora,
mientras su mujer, su pálida
mujer, de invisibles rosas infinitas,
lava la ropa de los niños y las veredas de su casa,
recordando lo arbitrario y confuso
de la noche.
Entonces llora desconsoladamente
entre las hojas de eucalipto
sin saber que la realidad también
pierde sus sentidos
y como él, todo el afán del universo.
Y cuando le hablo me pregunta, como
golpeado en sus recuerdos,
¿No seré yo el otro lado azul de las estrellas,
la inexistencia de la vida, la derrota
de los días,
el infortunio dormido de los tiempos,
manchando con sangre y cinismo
el rostro eterno del vacío?
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