Juan Cristóbal
20 de mayo de 2003
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Poema 13
Juan Cristóbal


Un joven pálido, de anteojos gruesos y mirada desvelada

como un espantapájaros, me mira.
Parece que no creyera en dios ni en las pequeñas confesiones
emanadas de sus labios.
Sin embargo, y por las pisadas atormentadas de su vida,

no es él el que me mira, el que cree en dios

        o en la soledad menesterosa de su ausencia,

pues nunca se pregunta -y eso se ve por su figura

        exterminada en la desgracia-,

¿Cuál es el temor que atraviesa el desencuentro de mis pasos,

por qué soporto este vacío para crearme otros vacíos,

otras promesas, más torpes, que no dependerán jamás de mis afectos?

Me imagino. Desde niño no solamente ha contemplado

murciélagos en el sueño, sentido el sol reseco de los trigos,

        el prólogo a veces infinito de la lluvia,

sino que jamás ha hablado con el azul de las estrellas,

        con las perdices desfallecientes en el campo,

a pesar de lo cual le encanta conversar con las vendedoras

        de café en los muelles de la aurora,

mientras su mujer, su pálida mujer, de invisibles rosas infinitas, 

        lava la ropa de los niños y las veredas de su casa,

recordando lo arbitrario y confuso de la noche.

Entonces llora desconsoladamente entre las hojas de eucalipto

sin saber que la realidad también pierde sus sentidos

        y como él, todo el afán del universo.

Y cuando le hablo me pregunta, como golpeado en sus recuerdos,

        ¿No seré yo el otro lado azul de las estrellas,

la inexistencia de la vida, la derrota de los días,

        el infortunio dormido de los tiempos,

manchando con sangre y cinismo 

        el rostro eterno del vacío?

 

Juan Cristobal
juancristobal2001@yahoo.es
http://es.geocities.com/juancristobal2001/

 
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