| Nueve relatos
de la vida diaria
Mañana
vengo y te cuento otro
Juan
Cristóbal
flotando
en el vacío terrible de tantas palabras calladas
Isabel
Allende
Y en sueño
te convertirás
No
podía creer lo que había soñado. Que una mujer se
tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo
hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos
vivían en un departamento de recién casados, donde siempre,
los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde
todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño,
la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día:
¿Por qué había sucedido? ¿Qué había
llevado a ella a
esa determinación? ¿Por qué él
no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde,
después de tomar la siesta y leer el periódico, decidí
contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté:
¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay
algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que
eso le suceda? Me dio retorcijones el contarle. Pensé que sería
mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace
daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio
que, felizmente, queda cerca del departamento. Lamentablemente, no lo encontré,
había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince
días. Regresé, con la cabeza gacha, cavilando, si debería
o no contarle. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento
me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la
puerta y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y
unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la
mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto
me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió
su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté.
Pero al poco rato volvió a insistir sobre el asunto. Entonces
le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé
a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar
el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me
crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la
taza de café. Me fui a la sala y prendí la tv. Pero
no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había
soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó
un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice
la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio:
¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?
Dudas que
matan
Al
salir de mi casa vi un accidente: un carro totalmente aplastado. No sé
porqué pensé que pude ser yo el muerto que sacaban los bomberos
del carro. Un sensación horrible, helada, recorrió toda
mi espalda. Recordé que un amigo, después de comprarle unos
regalos a sus hijos, había fallecido en la última navidad
en forma parecida, cuando esperaba, en una esquina, una combi para
regresar a su casa. Entonces me dije: Algo me ha salvado. ¿Qué?
No supe contestarme. Creí conveniente repasar mi actividad de esa
mañana para saber qué era lo que me había podido salvar
de ese accidente. Lo primero que se me vino a la memoria fue cuando me
levanté y fui al baño, pero no pude orinar por esos problemas
prostáticos de los cuales el médico del Seguro me había
hablado la semana pasada. Yo tengo 60 años y ya comencé,
hace dos años, con esos fastidios. Luego recordé había
estado frente al espejo tratando de peinarme, pues una porción de
pelo se me había torcido, y allí estuve luchando un buen
rato, hasta que pude doblegarlo con un poco de agua y gomina. A pesar de
mi edad tengo bastante cabello, un poco trinchudo es cierto pero lo tengo,
no como otros que poseen, a pesar de ser menores que yo, una magnífica
pista de aterrizaje. Después me acordé que no encontraba
mis medias nuevas que me había comprado ese fin de semana, por lo
que tuve un pequeño altercado con mi mujer a quien le reproché
el tiempo que me hacía perder para ir al trabajo por su prurito
del orden. Así estuve un momento evocando cosas que me habían
pasado y que casi no recordaba, aunque a decir verdad, y eso lo reparé
un poco después, todas estas cosas que me causaron un relativo fastidio,
pudieron ser las causas que no sufriera ese accidente, ser ese muerto que
los bomberos sacaban entre los fierros quemados y retorcidos, sin ser reconocido
por nadie. Pensé, entonces, que debería ser un caballero
y disculparme con mi esposa, pedirle perdón y llevarla a comer en
la noche a ese restaurante de la esquina que tanto nos gusta, donde venden
unas tortillas de seso exquisitas. Pero no, no hice nada de eso. Simplemente
salí de mi casa, caminé por donde siempre camino, pero no
me paré en la esquina donde siempre espero mi carro, sino que caminé
un poco más allá y, un tanto asustadio, cogí, sin
que nadie me viera, un taxi para ir al trabajo, donde después de
saludar a mi jefe y marcar la tarjeta de rigor me enrumbé
al baño donde rompí mi reloj para no saber más
de todo ese tiempo que había tratado de saber qué era lo
que me
había
salvado de ese dichoso accidente..
Amores fatales
Tanto
me agobiaba por el correo electrónico, respecto a una relación
que ella imaginaba posible pero que jamás podía darse, que
terminé por decirle “Un día de estos te llamo”. Ella comprendió
lo que le decía y se echó a llorar inconsolablemente. “Sufro
mucho” me dijo después, innumerables veces, y siempre por correo
electrónico, pero jamás le contesté lo que deseaba.
Al principio no era consciente de mi actitud que le motivó inmenso
dolor, pero me di cuenta, poco después, que ya no podía dar
marcha atrás y continué imperturbable en mi silencio. Lo
único que me hacía recordar sus palabras era la computadora,
último modelo, que me había obsequiado mi hija, a propósito
de mi reciente jubilación. A través de ella, no lo puedo
negar, pasamos momentos muy gratos: allí fue donde le dije lo encantadora
que era, lo que me agradaban sus dulces palabras, incluso lo que me había
conmovido el primer beso que nos dimos. Pero después cuando se volvió
tan insistente, tan llena de ataduras y complejos y falsas liberaciones,
ya no pude hablarle tan seguido y entré en un vacío casi
infinito. Eso motivó que me dijera que ya no quería verme,
que me fuera de su vida, y yo, premeditadamente hice lo contrario: le escribí
más seguido. No era normal lo que hacía, lo reconozco, pero
disfrutaba de ello, de su reiterado sufrimiento. Ciertamente, lo mejor
para ella era que yo me ausentara de su vida, pero no lo hice. Descubrí
que me sentía feliz haciéndola llorar y desde esa postura
decirle las cosas más lindas de la vida, mandarle los mejores besos
del universo. Hasta que una noche me dijo, “No te aguanto, aléjate
de mi vida”. Pero a los dos días volvió a escribirme reclamándome
para ella, como si yo fuese un objeto de su íntima pertenencia.
Entonces decidí terminar el asunto de una vez por todas, aunque
me irritase, esta vez, que sufriera tanto. Me senté en la computadora
y pensé en qué podía escribirle. De pronto sentí
que mi cuerpo estaba totalmente complacido, diría que la computadora
estaba hecha a la medida de mis sentimientos y emociones, por lo que no
pude articular ninguna frase coherente, por eso sólo atiné
a decirle “No te preocupes, te llamo un día de estos”.
¿Cosas
del azar?
No
sé que le pasó a mi mejor amigo, con el que habíamos
pasado, en estos últimos dos años, los momentos más
serenos de nuestras vidas, a pesar de nuestra situación de
jubilados y de viudos melancólicos. Habíamos estado
en algunas playas de la costa, en varias reuniones con otros jubilados,
saliendo con muchachitas que nos hacían recordar nuestras épocas
de joven, todo dentro del mayor pudor de lo imposible, cuando de
pronto, ahora que habíamos alquilado un departamento cerca al mar,
por Miraflores, me dejó esta mañana una nota que decía:
“Chau, me voy de esta soledad”. No lo entendí, no entendía
lo que quería decir con “esta soledad”, ya que jamás habíamos
hablado de esto, a pesar que la sufríamos. Su nota, como se dice.
me sacó de quicio. Entonces hice lo que debía de hacer un
amigo: buscarlo y pedirle explicaciones. Comencé por los lugares
que siempre frecuentábamos. Luego por los sitios donde recordaba
él me había contado a veces le hubiese gustado ir:
tampoco tuve resultados. Entonces decidí continuar mi vida
como si ésta continuase. Cuando a los tres meses sucedió
algo inesperado: nos encontramos a la entrada de un cine. Me saludó
como si nos hubiésemos visto en la víspera. Y eso me dejó
helado. Su mirada me recordó a alguien a quien se le pierde algo
en una noche de velorio. Recordé que jamás habíamos
tenido un problema, pero esa tarde era imposible hablarnos. Sólo
nos miramos. Después de romper el hielo, le dije “sería bueno
tomarnos una cerveza”. Nos dirigimos a un bar que nunca habíamos
pisado. Después de las primeras palabras sobre el clima y sus nietos,
a quienes sabía dejado de ver por razones de salud, pues padecía
de fuertes dolores articulares, le pregunté sobre su actitud: por
qué se había ido así tan bruscamente del departamento.
No me contestó. Guardo silencio y eso me desmoralizó aún
más. Opté por no preguntarle nada. Sólo atiné
a beber un poco de cerveza. Sin embargo, yo seguía preguntándome:
¿Qué culpa tengo yo en todo esto? ¿Tengo realmente
alguna culpa o todo es producto del azar? No obtuve ninguna respuesta.
Qué importa, me dije, después de todo yo no soy culpable
de nada. Lo único que realmente me preocupaba era por qué
se había ido así, tan bruscamente, sin haber pasado nada.
Eso, no sé por qué, me ofendía terriblemente. Por
eso intenté pedirle, por última vez, alguna explicación
sobre su partida. Al no obtener ninguna respuesta, me callé para
siempre,. No di vueltas más al asunto. Sólo comencé
a ver través de la ventana esa pequeña garúa que había
comenzado a destilar entre los bordes de las hojas de los árboles.
Noté que él hacía lo mismo. De pronto
bebió un trago largo de cerveza más y me dijo “ya vengo,
voy al baño”. Cuando estuve solo seguí pensando en la posibilidad
de una culpa que podía estar oculta en alguna de mis actitudes y
que podía haber sido la causante para que se marchase de esa
forma, porque, me dije, un amigo no puede perderse de esta forma. Como
ya habían caído las primeras sombras de la noche miré
el reloj que estaba en la pared y me di cuenta que había pasado
una hora de su partida. Y como no regresaba, me fumé un cigarrillo
negro y me marché.
Los tormentos
del escritor
¿Por
qué será que a mi esposa se le ocurre barre siempre
el cuarto cuando estoy escribiendo haciéndome estornudar? ¿Tal
vez no se da cuenta de todo las molestias que me ocasiona, de todos los
rencores que me causa, de todas las infamias que me hace decir por dentro?
¿O no sabrá que a un asmático como yo, el polvo es
el peor de los cuchillos? ¿No habrá reparado,
después de tanto tiempo viviendo junto, acaso, en esta situación,
en que a la edad que tengo todo me incomoda y fastidia y me llena de insidias?
¿O no creerá que lo que escribo vale la pena, entonces se
pone a barrer? Puede ser. Eso también lo he pensado, y sería
lo más cruel del mundo, especialmente porque jamás
me dijo nada de mis cuentos y poemas que hacía de vez en cuando,
por lo que jamás sentí un estímulo de parte de ella,
sino de las amigas de mi trabajo, que siempre me hacían leer
algunas de mis producciones para el día de la madre y me decían
que yo era el mejor escritor del mundo. Sin embargo, hay algo que me atormenta.
Mi esposa no sabe que yo escribo seriamente, que deseo ser un escritor
y pasar a la historia literaria del país. Y mientras pienso en ello,
en que jamás le dije mi verdadera y única ambición,
ella barre otra vez el cuarto y yo vuelvo a estornudary estornudar, y así
no puedo avanzar esta novela que acabo de empezar y se me pierde. Novela
que trata sobre un joven que mató, cortó los pies y quemó
a su pequeño hijo entre los matorrales de una iglesia, mientras
su mujer iba de hospital en hospital, de comisaría en comisaría
denunciando la pérdida de su hijo. Pero no puedo avanzar, es imposible,
otra vez me vienen los estornudos y ella como si nada, con la escoba entre
las manos y un pañuelo atado a la cabeza, tarareando canciones antiguas
del tiempo de su madre, que jamás pude entender si eran del tiempo
de su madre o del tiempo de las cavernas, porque no las tarareaba bien.
En realidad, más que una cantante parece una bruja, la cantante
calva de Ionesco, pero nunca se lo he dicho, sólo lo he pensado
discretamente. Sería inconcebible que lo hiciera, a esta mujer que
tanto me ayudo cuando no tenía trabajo, que se pasaba los días
en vela cuidándome cuando el asma me atormentaba seriamente, no
se merece tal reproche. Además, sospecho que no me creería.
Pensaría que es una broma, una pequeña burla sin sentido
de parte de un escritor sin lectores ni reconocimiento. Porque ella es
así, desconfiada hasta los huesos cuando le digo algo en serio.
No cree que yo tengo un orden en mi vida como escritor. Pero es verdad,
yo tengo un orden en mi conciencia cuando escribo, pero ella
no me entiende. Tal vez porque nunca se lo he dicho. Sabe más
de las cosas que hay que comprar en el mercado, a qué hora
hay que ir a misa los domingos, en qué momento de la noche
debe prender la tv para escuchar sus telenovelas, eso sí sabe, pero
no cuando me pongo a escribir y quiero tranquilidad y silencio para poner
en orden mis ideas, eso no lo sabe, ni tampoco le interesa. Pero qué
le vamos a hacer. Treinta años de casado, dos hijos, tres nietos,
me ponen en guardia contra cualquier atrevimiento. Por eso vuelvo a estornudar
y no paro hasta que la garganta se me enronca.
Una situación
incómoda
Me
senté con ella en el parque. Eran las tres de la tarde de un frío
invierno. No había nadie en los alrededores. Las casas estaban
cerradas. Parecía que nadie vivía en ese lugar. Incluso las
palomas, que siempre revoloteaban en los árboles, daban la impresión
de haberse fugado, o bien fallecido. Ella era más joven que yo,
mucho más joven. Conversamos un momento de cosas intrascendentes.
Intenté besarla. No aceptó. Me habló de un pariente
que vivía cerca del lugar y podía llegar y verla
en esa situación incómoda. Pensé yo, “al lado de un
viejo”. Le dije que no se preocupara, que podía hacerle entender,
si algo preguntara su pariente, el amor inmenso que sentía por ella
y la seriedad de mi compromiso. Me pareció verla sonreír
o dibujársele una pequeña sonrisa en la comisura de los labios
cuando pronuncié esto último. Pero no le di importancia,
no quise darle importancia. Intenté besarla de nuevo. Me volvió
a rechazar. Me dijo, “ya te he dicho, pueden vernos”. Y comenzó
a llorar. “No me comprendes”, arguyó. “sólo piensas en ti,
en satisfacer tus deseos”. Eso no era cierto, yo la quería
de verdad, pero para no incomodarla me aparté. Separé
mis manos de sus hombros, fumé un cigarrillo, a pesar que hace años
había dejado de hacerlo. Comencé a recordar cosas que
me habían sucedido, algunas bastante extrañas. Me tenía
intrigado, por ejemplo, una llamada que había recibido y que desde
su anonimato me decía; “ella no es un ángel”. No le di importancia,
puse en blanco mi pensamiento. Le volví a hablar de cosas que siempre
le interesaban, la enfermedad de su madre, la salud de su perrito, pero
tampoco me hizo caso. Entonces comencé a hablarle cosas sin
sentido. Como sentí que nada le llamaba la atención, intenté
cogerle las manos: no se dejó. No reparé en ese momento
que tal vez mi edad pudiera haber sido el muro de contención de
sus sentimientos. De pronto me pareció ver que alguien venía
a paso raudo hacia nosotros, en intención de enfrentarnos.
Pensé “es su pariente”. Por lo que fui a su encuentro, tratando
de evitar que se acercara, que nos hablara, que nos dijera algo.
Me hice el sorprendido cuando lo crucé. Le dije algunas palabras
inconexas. No me entendió, por supuesto, lo que decía.
Yo no sabía quién era, ni siquiera le pregunté por
su nombre. No pude verle la cara, tenía un sombrero que le cubría
el rostro. Quise seguir hablándole. Pero cuando me di cuenta, ya
no estaba. Se había esfumado como la niebla que caía en el
parque. Entonces volví donde ella y la encontré llorando.
Me dijo, “aparte de todo eres malo, me abandonas”. No entendí nada.
Le pedí una aclaración. No me la dio. Le dije “vámonos”.
Se levantó, se secó las últimas lágrimas que
le quedaban. Intentó decirme algo, pero no pudo, el
susurro se le quedó entre los labios. Caminamos un trecho. Trato
de cogerme la mano, pero yo lo evité. Hice un gesto como si buscara
algo en mi bolsillo.
Hasta en
las mejores familias
No
podía ser de otra manera, cuando me reunía a beber, en esa
taberna conocida, unas copas de chilcano con el que había sido uno
de mis más frecuentados amigos del colegio, en la época de
secundaria, terminábamos hablando siempre del único que quiso
ser médico y terminó siendo escribano en uno de los ambientes
sombríos del Palacio de Justicia. Nunca supimos por qué había
cambiado de opinión, cuando lo tenía todo para hacerlo: una
madre generosa , una familia unida y una posición económica
expectante. El único punto oscuro era la historia de su padre, del
cual nunca se supo cuál había sido su derrotero.
Actualmente nuestro amigo, hasta cuando lo frecuentamos, era un viejito
solitario y renegón, pero siempre muy cauteloso de su vida privada.
Esa tarde estábamos en plena conversación cuando de pronto
divisamos, después de muchos años, al escribano, le pasamos
la voz efusivamente. El se sentó, aparentemente contento entre nosotros,
comenzamos a beber y a rememorar todos los chimes que recordábamos
de aquellos viejos tiempos, especialmente los vinculados a los temas amorosos.
Cada uno tenía su propia versión de los sucesos, especialmente
de aquella joven chocolatera del cinema que al parecer había sido
novia de los tres, lo cual nos causó una gloriosa hilaridad. Pero
cuando pasamos a recordar el examen final del cuarto de media, sobre todo
del curso de Física, que fue siempre un secreto para todos, pues
nunca supimos porque lo habían anulado, comenzaron otra vez las
interrogantes, incluso las insidias entre nosotros, pues todos nos echábamos
la culpa del error: el haber adquirido la prueba antes de l examen. Con
el tiempo habíamos averigüado, cada uno por su cuenta,
que alguien había sacado la prueba del examen y la había
vendido por lo bajo. Eso lo comenzamos a conversar y a pesar que habían
algunos ángulos diversos en la información, ése parecía
ser la verdad del acontecimiento: que alguien había sustraído
la prueba del cajón del Director. La pregunta qué nos quedaba
por resolver era ¿quién podía haber sido el que cometiera
tamaño desatino, que había arruinado el año académico
a varios de nosotros, pues ya llevábamos dos cursos de cargo? Como
pensamos que no íbamos a resolver tal inquietud seguimos bebiendo.
Como ya estábamos un poco mareados decidimos retiranos, cuando el
escribano sorpresivamente nos dijo, “yo sé quien fue el que sacó
el examen”. Al comienzo nos reímos, no creíamos que una persona
tan tímida como él pudiera saber un secreto de tal naturaleza,
sobre todo después de tantos años, cuando todo estaba prácticamente
olvidado. No le hicimos caso. Seguimos bebiendo las últimas copas
y conversando. Pero al momento, volvió a repetirnos que él
sabía quién había sido el que había sustraído
la prueba del examen. Entonces le dijimos, “bueno, dínos quién
fue”. El, sin mirarnos a los ojos, nos dijo “mi papá”. Nos miramos
atónitos. No supimos qué decir. El prosiguió de lo
más serio: “Es que mi papá era el portero del colegio”.
Esas tribulaciones
Cuando
vi que mi padre le pegaba a mi madre, en medio de su borrachera, no pude
soportarlo, me fugué de la casa no sin antes dejarle una carta en
su mesita de noche donde le señalaba su espantosa cobardía
y que desde ese instante no lo reconocía como padre. A mi madre
no le dejé nada, sólo le devolví el rosario y la medallita
que me había regalado cuando terminé mis estudios de primaria.
Yo tenía, en ese momento, 16 años, pero esa fue la relación
que mantuve siempre con mis padres, hasta cuando fui mayor, digamos los
28 años, en que ambos se murieron, uno detrás del otro. Por
eso ahora, que he vuelto a la casa donde viví, donde padecí
todos esos horrores y maltratos, tengo sentimientos encontrados. Por un
lado, el hogar donde pasé la mayor parte de mi niñez, me
trae recuerdos innombrables, hasta diría gratificantes. Pero también
los recuerdos se me agolpan con dureza cuando la memoria hace su trabajo
y veo a mi padre, ebrio y llenos de lisuras, pateando y golpeando con su
revólver de comisario de la guardia civil, a la indefensa y provinciana
de mi madre. Ahora que estoy parado frente a la casa donde me crié,
veo la luz que sale de los cuartos, escucho los gritos de unos niños
que no conozco, entonces siento, no sé por qué, que esa casa
me pertenece. Incluso se me insinúa cierta tristeza cuando veo uno
de sus vidrios rotos y el balcón bastante desgastado. Pero sé
que no me pertenece. Que jamás volverá a pertenecerme, porque
mi padre, antes de morir, la vendió a precio regalado, dejándonos
en el peor de los abandonos. Entonces retrocedo y me voy a la esquina a
ver pasar a la gente. Son las ocho de la noche. Ya no conozco a nadie por
ese barrio, tal vez por eso algunas personas me miran con desconfianza,
claro, no saben todo lo que pasé en ese lugar hace más de
cuarenta años. Por eso me da ganas de parar a cada uno y contarles
la historia que viví, pero comprendo que sería inútil,
nadie entendería las tribulaciones de un viejo profesor, jubilado
de primaria, a quien de joven le encantaba las películas de Pedro
Infante y de Isabel Sarli, cuando las veía desde el balcón
de su cine de barrio. Entonces decido, después de una hora, retirarme.
Y en un acto espontáneo, por esos puros deseos que a veces se vienen
desde muy adentro de nuestra alma, en un árbol casi carcomido, grabo
con mi cuchillita medio oxidada, “Aquí estuve yo”. Pongo la fecha
y me retiro casi lloriqueando, no sin decirme para mis adentros, una y
otra vez, “Soy un ser muy afortunado”.
Celos que
matan
Llegamos,
ese sábado, hacia el mediodía, con nuestros tres pequeños
hijos, a ese pueblo donde años antes habíamos vivido y que
nos parecía lo mejor del universo. Había un sol maravilloso.
Era impresionante ver el paisaje, sentir el olor de las flores entre
nosotros. Felizmente, nuestro carrito de segunda que habíamos adquirido
hace poco, con los pequeños ahorros que pudimos, durante años,
nos había respondido a las mil maravillas. Todos estábamos
contentos. Habíamos dejado la rutina y el hastío del
trabajo, el desasosiego y las calamidades de la ciudad donde vivíamos.
Cuando de pronto, mi esposa me dice muy tenuemente, “mira, un gato
nos observa”. Efectivamente, un gato nos miraba desde lo alto de un montículo
de tierra, que daba a unas calles desoladas. Con toda la felicidad que
tenía encima de mis ojos no le hice caso. Seguí mirando las
casas y los árboles que parecían tener vida, saltar y florecer
como las cigarras en verano. Entonces le dije a mi familia, “bajemos, vamos
a gozar de esta maravilla”. Nos dirigimos al centro de la plaza. Mis hijos
jugaban entre ellos. Mi mujer se me acerca y vuelve a decirme con voz muy
cautelosa, “el gato nos sigue mirando”. Sonreí, no volví
a hacerle caso. Me dirige a un heladero y pedí un helado. Le pregunté
si quería, ella me dijo, “no, me basta con la chicha que tengo en
la botella”. Me senté en una banca, mi esposa se fue a jugar con
los chicos, a subirlos a unos juegos que había en el
centro de la plaza. Saqué un periódico y me puse a leer.
Pero antes de comenzar, como por un instinto de conservación,
miré al gato, allí estaba, mirando a mi mujer. No le hice
caso. Abrí el diario y comencé a leer. Pasaron unas dos horas.
Luego, un tanto aburrido, me paré y me uní a mi familia,
les dije, “vamos a almorzar”. Aceptaron. Nos dirigimos a un restaurante
que estaba al lado de un puente colgante, cuya mejor visión daba
a un río que lenta y generosamente nos golpeaba los sentidos. Cuando
terminamos nos dirigimos nuevamente al parque. Me senté con mi esposa
en una banca y reparé que el gato la seguía mirando. Entonces
me levanté y le dije, “ya vengo”. Me dirigí, dando una vuelta
inusitada por el parque, hacia el gato. El sol, a pesar que habían
pasado unas horas, todavía seguía quemando como al principio.
Debido al recorrido que hice –caminar entre unas calles soñolientas
y tortuosas- la ropa se me había adherido al cuerpo como si fuese
una telaraña. Cuando me encontré frente al gato no supe qué
hacer. El gato era de pelaje fino y sus ojos de dos colores perfectamente
definidos. Recuerdo que nos miramos. Creo que le dije algo. En realidad,
no recuerdo que le dije. Cuando volví en mí, estaba sentado
en el coche a punto de partir. Mis hijos reían, jugaban entre ellos,
nos pedían regresar “el próximo sábado a este lugar
maravilloso”. Cuando enfilé mi mirada hacia mi mujer ella miraba
el lugar desde donde el gato nos miraba. Pero el gato ya no estaba. Pero
ella seguía buscándolo con la mirada.
Juan
Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
http://es.geocities.com/juancristobal2001
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