Juan Cristóbal - rodelu.net
22 de Enero de 2004
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Nueve relatos de la vida diaria

Mañana vengo y te cuento otro

Juan Cristóbal
flotando en el vacío terrible de tantas palabras calladas
Isabel Allende

Y en sueño te convertirás
 
No podía creer lo que había soñado. Que una mujer se tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos vivían en un departamento de recién casados, donde siempre, los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño, la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día: ¿Por qué había sucedido? ¿Qué había llevado a ella a esa determinación? ¿Por qué él no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde, después de tomar la siesta y  leer el periódico, decidí contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté: ¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay  algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que eso le suceda? Me dio retorcijones el contarle. Pensé que sería mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio que, felizmente, queda cerca del departamento. Lamentablemente, no lo encontré, había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince días. Regresé, con la cabeza gacha, cavilando, si debería o no contarle. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la puerta  y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté. Pero al poco rato volvió a insistir sobre  el asunto. Entonces le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la taza de café. Me fui a la sala y prendí la tv.  Pero no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio: ¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?
 

Dudas que matan

Al salir de mi casa vi un accidente: un carro totalmente aplastado. No sé porqué pensé que pude ser yo el muerto que sacaban los bomberos del carro. Un sensación horrible, helada, recorrió toda  mi espalda. Recordé que un amigo, después de comprarle unos regalos a sus hijos, había fallecido en la última navidad en forma parecida, cuando esperaba, en una esquina,  una combi para regresar a su casa. Entonces me dije: Algo me ha salvado. ¿Qué? No supe contestarme. Creí conveniente repasar mi actividad de esa mañana para saber qué era lo que me había podido salvar de ese accidente. Lo primero que se me vino a la memoria fue cuando me levanté y fui al baño, pero no pude orinar por esos problemas prostáticos de los cuales el médico del Seguro me había hablado la semana pasada. Yo tengo 60 años y ya comencé, hace dos años, con esos fastidios. Luego recordé había estado frente al espejo tratando de peinarme, pues una porción de pelo se me había torcido, y allí estuve luchando un buen rato, hasta que pude doblegarlo con un poco de agua y gomina. A pesar de mi edad tengo bastante cabello, un poco trinchudo es cierto pero lo tengo, no como otros que poseen, a pesar de ser menores que yo, una magnífica pista de aterrizaje. Después me acordé que no encontraba mis medias nuevas que me había comprado ese fin de semana, por lo que tuve un pequeño altercado con mi mujer a quien le reproché el tiempo que me hacía perder para ir al trabajo por su prurito del orden. Así estuve un momento evocando cosas que me habían pasado y que casi no recordaba, aunque a decir verdad, y eso lo reparé un poco después, todas estas cosas que me causaron un relativo fastidio, pudieron ser las causas que no sufriera ese accidente, ser ese muerto que los bomberos sacaban entre los fierros quemados y retorcidos, sin ser reconocido por nadie. Pensé, entonces, que debería ser un caballero y disculparme con mi esposa, pedirle perdón y llevarla a comer en la noche a ese restaurante de la esquina que tanto nos gusta, donde venden unas tortillas de seso exquisitas. Pero no, no hice nada de eso. Simplemente salí de mi casa, caminé por donde siempre camino, pero no me paré en la esquina donde siempre espero mi carro, sino que caminé un poco más allá y, un tanto asustadio, cogí, sin que nadie me viera, un taxi para ir al trabajo, donde después de saludar a mi jefe y marcar la tarjeta de rigor  me enrumbé al baño donde rompí  mi reloj  para no saber más de todo ese tiempo que había tratado de saber qué era lo que me
había salvado de ese dichoso accidente..
 

Amores fatales

Tanto me agobiaba por el correo electrónico, respecto a una relación que ella imaginaba posible pero que jamás podía darse, que terminé por decirle “Un día de estos te llamo”. Ella comprendió lo que le decía y se echó a llorar inconsolablemente. “Sufro mucho” me dijo después, innumerables veces, y siempre por correo electrónico, pero jamás le contesté lo que deseaba. Al principio no era consciente de mi actitud que le motivó inmenso dolor, pero me di cuenta, poco después, que ya no podía dar marcha atrás y continué imperturbable en mi silencio. Lo único que me hacía recordar sus palabras era la computadora, último modelo, que me había obsequiado mi hija, a propósito de mi reciente jubilación. A través de ella, no lo puedo negar, pasamos momentos muy gratos: allí fue donde le dije lo encantadora que era, lo que me agradaban sus dulces palabras, incluso lo que me había conmovido el primer beso que nos dimos. Pero después cuando se volvió tan insistente, tan llena de ataduras y complejos y falsas liberaciones, ya no pude hablarle tan seguido y entré en un vacío casi infinito. Eso motivó que me dijera que ya no quería verme, que me fuera de su vida, y yo, premeditadamente hice lo contrario: le escribí más seguido. No era normal lo que hacía, lo reconozco, pero disfrutaba de ello, de su reiterado sufrimiento. Ciertamente, lo mejor para ella era que yo me ausentara de su vida, pero no lo hice.  Descubrí que me sentía feliz  haciéndola llorar y desde esa postura decirle las cosas más lindas de la vida, mandarle los mejores besos del universo. Hasta que una noche me dijo, “No te aguanto, aléjate de mi vida”. Pero a los dos días volvió a escribirme reclamándome para ella, como si yo fuese un objeto de su íntima pertenencia. Entonces decidí terminar el asunto de una vez por todas, aunque me irritase, esta vez, que sufriera tanto. Me senté en la computadora y pensé en qué podía escribirle. De pronto sentí que mi cuerpo estaba totalmente complacido, diría que la computadora estaba hecha a la medida de mis sentimientos y emociones, por lo que no pude articular ninguna frase coherente, por eso sólo atiné a decirle “No te preocupes, te llamo un día de estos”.
 

¿Cosas del azar?

No sé que le pasó a mi mejor amigo, con el que habíamos pasado, en estos últimos dos años,  los momentos más serenos de nuestras vidas, a pesar de  nuestra situación de jubilados y de viudos  melancólicos. Habíamos estado en algunas playas de la costa, en varias reuniones con otros jubilados, saliendo con muchachitas que nos hacían recordar nuestras épocas de joven, todo dentro del mayor pudor de lo imposible,  cuando de pronto, ahora que habíamos alquilado un departamento cerca al mar, por Miraflores, me dejó esta mañana una nota que decía: “Chau, me voy de esta soledad”. No lo entendí,  no entendía lo que quería decir con “esta soledad”, ya que jamás habíamos hablado de esto, a pesar que la sufríamos. Su nota, como se dice.  me sacó de quicio. Entonces hice lo que debía de hacer un amigo: buscarlo y pedirle explicaciones. Comencé por los lugares que siempre frecuentábamos. Luego por los sitios donde recordaba él me había contado a veces le hubiese gustado ir:  tampoco  tuve resultados. Entonces decidí continuar mi vida como si ésta continuase. Cuando a los tres meses sucedió algo inesperado: nos encontramos a la entrada de un cine. Me saludó como si nos hubiésemos visto en la víspera. Y eso me dejó helado. Su mirada me recordó a alguien a quien se le pierde algo en una noche de velorio. Recordé que jamás habíamos tenido un problema, pero esa tarde era imposible hablarnos. Sólo nos miramos. Después de romper el hielo, le dije “sería bueno tomarnos una cerveza”. Nos dirigimos a un bar que nunca habíamos pisado. Después de las primeras palabras sobre el clima y sus nietos, a quienes sabía dejado de ver por razones de salud, pues padecía de fuertes dolores articulares, le pregunté sobre su actitud: por qué se había ido así tan bruscamente del departamento. No me contestó. Guardo silencio y eso me desmoralizó aún más. Opté por no preguntarle nada. Sólo atiné a beber un poco de cerveza. Sin embargo,  yo seguía preguntándome: ¿Qué culpa tengo yo en todo esto? ¿Tengo realmente alguna culpa o todo es producto del azar? No obtuve ninguna respuesta. Qué importa, me dije, después de todo yo no soy culpable de nada. Lo único que realmente me preocupaba era por qué se había ido así, tan bruscamente, sin haber pasado nada. Eso, no sé por qué, me ofendía terriblemente. Por eso intenté pedirle, por última vez, alguna explicación sobre su partida. Al no obtener ninguna respuesta, me callé para siempre,. No di vueltas más al asunto. Sólo comencé a ver través de la ventana esa pequeña garúa que había comenzado a destilar entre los bordes de las hojas de los árboles. Noté que él hacía lo mismo. De  pronto  bebió un trago largo de cerveza más y  me dijo “ya vengo, voy al baño”. Cuando estuve solo seguí pensando en la posibilidad de una culpa que podía estar oculta en alguna de mis actitudes y que podía haber sido la causante  para que se marchase de esa forma, porque, me dije, un amigo no puede perderse de esta forma. Como ya habían caído las primeras sombras de la noche  miré el reloj que estaba en la pared y me di cuenta que había pasado una hora de su partida. Y como no regresaba, me fumé un cigarrillo negro y me marché.
 

Los tormentos del escritor

¿Por qué será que a mi esposa se le ocurre  barre siempre el cuarto cuando estoy escribiendo haciéndome estornudar? ¿Tal vez no se da cuenta de todo las molestias que me ocasiona, de todos los rencores que me causa, de todas las infamias que me hace decir por dentro?  ¿O no sabrá que a un asmático como yo, el polvo es el peor de  los cuchillos? ¿No habrá reparado,  después de tanto tiempo viviendo junto, acaso, en esta situación, en que a la edad que tengo todo me incomoda y fastidia y me llena de insidias? ¿O no creerá que lo que escribo vale la pena, entonces se pone a barrer? Puede ser. Eso también lo he pensado, y sería lo más cruel del mundo, especialmente  porque jamás me dijo nada de mis cuentos y poemas que hacía de vez en cuando,  por lo que jamás sentí un estímulo de parte de ella, sino de las amigas de mi  trabajo, que siempre me hacían leer algunas de mis producciones para el día de la madre y me decían que yo era el mejor escritor del mundo. Sin embargo, hay algo que me atormenta. Mi esposa no sabe que yo escribo seriamente, que deseo ser un escritor y pasar a la historia literaria del país. Y mientras pienso en ello, en que jamás le dije mi verdadera y única ambición, ella barre otra vez el cuarto y yo vuelvo a estornudary estornudar, y así no puedo avanzar esta novela que acabo de empezar y se me pierde. Novela que trata sobre un joven que mató, cortó los pies y quemó a su pequeño hijo entre los matorrales de una iglesia,  mientras su mujer iba de hospital en hospital, de comisaría en comisaría denunciando la pérdida de su hijo. Pero no puedo avanzar, es imposible, otra vez me vienen los estornudos y ella como si nada, con la escoba entre las manos y un pañuelo atado a la cabeza, tarareando canciones antiguas del tiempo de su madre, que jamás pude entender si eran del tiempo de su madre o del tiempo de las cavernas, porque no las tarareaba bien. En realidad, más que una cantante parece una bruja, la cantante calva de Ionesco, pero nunca se lo he dicho, sólo lo he pensado discretamente. Sería inconcebible que lo hiciera, a esta mujer que  tanto me ayudo cuando no tenía trabajo, que se pasaba los días en vela cuidándome cuando el asma me atormentaba seriamente, no se merece tal reproche. Además, sospecho que no me creería. Pensaría que es una broma, una pequeña burla sin sentido de parte de un escritor sin lectores ni reconocimiento. Porque ella es así, desconfiada hasta los huesos cuando le digo algo en serio. No cree que yo tengo un orden en mi vida como escritor. Pero es verdad, yo tengo un orden   en mi conciencia cuando escribo, pero ella no me entiende.  Tal vez porque nunca se lo he dicho. Sabe más de las cosas que hay que comprar en el mercado,  a qué hora hay que  ir a misa los domingos, en qué momento de la noche debe prender la tv para escuchar sus telenovelas, eso sí sabe, pero no cuando me pongo a escribir y quiero tranquilidad y silencio para poner en orden mis ideas, eso no lo sabe, ni tampoco le interesa. Pero qué le vamos a hacer. Treinta años de casado, dos hijos, tres nietos, me ponen en guardia contra cualquier atrevimiento. Por eso vuelvo a estornudar y no paro hasta que la garganta se me enronca. 
 

Una situación incómoda

Me senté con ella en el parque. Eran las tres de la tarde de un frío invierno. No había nadie en los alrededores. Las casas estaban  cerradas. Parecía que nadie vivía en ese lugar. Incluso las palomas, que siempre revoloteaban en los árboles, daban la impresión de haberse fugado, o bien fallecido. Ella era más joven que yo, mucho más joven. Conversamos un momento de cosas intrascendentes. Intenté besarla. No aceptó. Me habló de un pariente que vivía cerca del  lugar y  podía llegar y verla en esa situación incómoda. Pensé yo, “al lado de un viejo”.  Le dije que no se preocupara, que podía hacerle entender, si algo preguntara su pariente, el amor inmenso que sentía por ella y la seriedad de mi compromiso. Me pareció verla sonreír o dibujársele una pequeña sonrisa en la comisura de los labios cuando pronuncié esto último. Pero no le di importancia, no quise darle importancia. Intenté besarla de nuevo. Me volvió a rechazar. Me dijo, “ya te he dicho, pueden vernos”. Y comenzó a llorar. “No me comprendes”, arguyó. “sólo piensas en ti, en satisfacer tus deseos”.  Eso no era cierto, yo la quería de verdad, pero para no incomodarla  me aparté. Separé mis manos de sus hombros, fumé un cigarrillo, a pesar que hace años  había dejado de hacerlo.  Comencé a recordar cosas que me habían sucedido, algunas bastante extrañas. Me tenía intrigado, por ejemplo, una llamada que había recibido y que desde su anonimato me decía; “ella no es un ángel”. No le di importancia, puse en blanco mi pensamiento. Le volví a hablar de cosas que siempre le interesaban, la enfermedad de su madre, la salud de su perrito, pero tampoco me hizo caso. Entonces comencé a hablarle  cosas sin sentido. Como sentí que nada le llamaba la atención, intenté cogerle las manos: no se dejó.  No reparé en ese momento que tal vez mi edad pudiera haber sido el muro de contención de sus sentimientos. De pronto me pareció ver que alguien venía a paso raudo  hacia nosotros, en intención de enfrentarnos. Pensé “es su pariente”. Por lo que fui a su encuentro, tratando de evitar que se acercara, que nos hablara, que nos dijera algo.  Me hice el sorprendido cuando lo crucé. Le dije algunas palabras inconexas. No me entendió, por supuesto, lo que  decía. Yo no sabía quién era, ni siquiera le pregunté por su nombre. No pude verle la cara, tenía un sombrero que le cubría el rostro. Quise seguir hablándole. Pero cuando me di cuenta, ya no estaba. Se había esfumado como la niebla que caía en el parque. Entonces volví donde ella y la encontré llorando. Me dijo, “aparte de todo eres malo, me abandonas”. No entendí nada. Le pedí una aclaración. No me la dio. Le dije “vámonos”. Se levantó, se secó las últimas lágrimas que le quedaban. Intentó  decirme algo, pero no pudo,  el susurro se le quedó entre los labios. Caminamos un trecho. Trato de cogerme la mano, pero yo lo evité. Hice un gesto como si buscara algo en mi bolsillo. 
 

Hasta en las mejores familias

No podía ser de otra manera, cuando me reunía a beber, en esa taberna conocida, unas copas de chilcano con el que había sido uno de mis más frecuentados amigos del colegio, en la época de secundaria, terminábamos hablando siempre del único que quiso ser médico y terminó siendo escribano en uno de los ambientes sombríos del Palacio de Justicia. Nunca supimos por qué había cambiado de opinión, cuando lo tenía todo para hacerlo: una madre generosa , una familia unida y una posición económica expectante. El único punto oscuro era la historia de su padre, del cual  nunca se supo cuál había sido su derrotero.  Actualmente nuestro amigo, hasta cuando lo frecuentamos, era un viejito solitario y renegón, pero siempre muy cauteloso de su vida privada. Esa tarde estábamos en plena conversación cuando de pronto divisamos, después de muchos años, al escribano, le pasamos la voz efusivamente. El se sentó, aparentemente contento entre nosotros, comenzamos a beber y a rememorar todos los chimes que recordábamos de aquellos viejos tiempos, especialmente los vinculados a los temas amorosos. Cada uno tenía su propia versión de los sucesos, especialmente de aquella joven chocolatera del cinema que al parecer había sido novia de los tres, lo cual nos causó una gloriosa hilaridad. Pero cuando pasamos a recordar el examen final del cuarto de media, sobre todo  del curso de Física, que fue siempre un secreto para todos, pues nunca supimos porque lo habían anulado, comenzaron otra vez las interrogantes, incluso las insidias entre nosotros, pues todos nos echábamos la culpa del error: el haber adquirido la prueba antes de l examen. Con el tiempo habíamos averigüado, cada uno por su cuenta,  que alguien había sacado la prueba del examen y la había vendido por lo bajo. Eso lo comenzamos a conversar y a pesar que habían algunos ángulos diversos en la información, ése parecía ser  la verdad del acontecimiento: que alguien había sustraído la prueba del cajón del Director. La pregunta qué nos quedaba por resolver era ¿quién podía haber sido el que cometiera tamaño desatino, que había arruinado el año académico a varios de nosotros, pues ya llevábamos dos cursos de cargo? Como pensamos que no íbamos a resolver tal inquietud seguimos bebiendo. Como ya estábamos un poco mareados decidimos retiranos, cuando el escribano sorpresivamente nos dijo, “yo sé quien fue el que sacó el examen”. Al comienzo nos reímos, no creíamos que una persona tan tímida como él pudiera saber un secreto de tal naturaleza, sobre todo después de tantos años, cuando todo estaba prácticamente olvidado. No le hicimos caso. Seguimos bebiendo las últimas copas y conversando.  Pero al momento, volvió a repetirnos que él sabía  quién había sido el que había sustraído la prueba del examen. Entonces le dijimos, “bueno, dínos quién fue”. El, sin mirarnos a los ojos, nos dijo “mi papá”. Nos miramos atónitos. No supimos qué decir. El prosiguió de lo más serio: “Es que mi papá era el portero del colegio”. 
 

Esas tribulaciones

Cuando vi que mi padre le pegaba a mi madre, en medio de su borrachera, no pude soportarlo, me fugué de la casa no sin antes dejarle una carta en su mesita de noche  donde le señalaba su espantosa cobardía y que desde ese instante no lo reconocía como padre. A mi madre no le dejé nada, sólo le devolví el rosario y la medallita que me había regalado cuando terminé mis estudios de primaria. Yo tenía, en ese momento, 16 años, pero esa fue la relación que mantuve siempre con mis padres, hasta cuando fui mayor, digamos los 28 años, en que ambos se murieron, uno detrás del otro. Por eso ahora, que he vuelto a la casa donde viví, donde padecí todos esos horrores y maltratos, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, el hogar donde pasé la mayor parte de mi niñez, me trae recuerdos innombrables, hasta diría gratificantes. Pero también los recuerdos se me agolpan con dureza cuando la memoria hace su trabajo y veo a mi padre, ebrio y llenos de lisuras, pateando y golpeando con su revólver de comisario de la guardia civil, a la indefensa y provinciana de mi madre. Ahora que estoy parado frente a la casa donde me crié, veo la luz que sale de los cuartos, escucho los gritos de unos niños que no conozco, entonces siento, no sé por qué, que esa casa me pertenece. Incluso se me insinúa cierta tristeza cuando veo uno de sus vidrios rotos y el balcón bastante desgastado. Pero sé que no me pertenece. Que jamás volverá a pertenecerme, porque mi padre, antes de morir, la vendió a precio regalado, dejándonos en el peor de los abandonos. Entonces retrocedo y me voy a la esquina a ver pasar a la gente. Son las ocho de la noche. Ya no conozco a nadie por ese barrio, tal vez por eso algunas personas me miran con desconfianza, claro, no saben todo lo que pasé en ese lugar hace más de cuarenta años. Por eso me da ganas de parar a cada uno y contarles la historia que viví, pero comprendo que sería inútil, nadie entendería las tribulaciones de un viejo profesor, jubilado de primaria, a quien de joven le encantaba las películas de Pedro Infante y de Isabel Sarli, cuando las veía desde el balcón de su cine de barrio. Entonces decido, después de una hora, retirarme. Y en un acto espontáneo, por esos puros deseos que a veces se vienen desde muy adentro de nuestra alma, en un árbol casi carcomido, grabo con mi cuchillita medio oxidada, “Aquí estuve yo”. Pongo la fecha y me retiro casi lloriqueando, no sin decirme para mis adentros, una y otra vez, “Soy un ser muy afortunado”. 
 

Celos que matan

Llegamos, ese sábado, hacia el mediodía, con nuestros tres pequeños hijos, a ese pueblo donde años antes habíamos vivido y que nos parecía lo mejor del universo. Había un sol maravilloso. Era impresionante ver el paisaje,  sentir el olor de las flores entre nosotros. Felizmente, nuestro carrito de segunda que habíamos adquirido hace  poco, con los pequeños ahorros que pudimos, durante años, nos había respondido a las mil maravillas. Todos estábamos contentos.  Habíamos dejado la rutina y el hastío del trabajo, el desasosiego y las calamidades de la ciudad donde vivíamos. Cuando de pronto, mi esposa me dice muy tenuemente, “mira,  un gato nos observa”. Efectivamente, un gato nos miraba desde lo alto de un montículo de tierra, que daba a unas calles desoladas. Con toda la felicidad que tenía encima de mis ojos no le hice caso. Seguí mirando las casas y los árboles que parecían tener vida, saltar y florecer como las cigarras en verano. Entonces le dije a mi familia, “bajemos, vamos a gozar de esta maravilla”. Nos dirigimos al centro de la plaza. Mis hijos jugaban entre ellos. Mi mujer se me acerca y vuelve a decirme con voz muy cautelosa, “el gato nos sigue mirando”. Sonreí, no volví a hacerle caso. Me dirige a un heladero y pedí un helado. Le pregunté si quería, ella me dijo, “no, me basta con la chicha que tengo en la botella”. Me senté en una banca, mi esposa se fue a jugar con los chicos, a subirlos  a unos juegos que había en  el centro de la plaza. Saqué un periódico y me puse a leer. Pero antes de comenzar, como por un instinto de conservación,  miré al gato, allí estaba, mirando a mi mujer. No le hice caso. Abrí el diario y comencé a leer. Pasaron unas dos horas. Luego, un tanto aburrido, me paré y me uní a mi familia, les dije, “vamos a almorzar”. Aceptaron. Nos dirigimos a un restaurante que estaba al lado de un puente colgante, cuya mejor visión daba a un río que lenta y generosamente nos golpeaba los sentidos. Cuando terminamos nos dirigimos nuevamente al parque. Me senté con mi esposa en una banca y reparé que el gato la seguía mirando. Entonces me levanté y le dije, “ya vengo”. Me dirigí, dando una vuelta inusitada por el parque, hacia el gato. El sol, a pesar que habían pasado unas horas, todavía seguía quemando como al principio.  Debido al recorrido que hice –caminar entre unas calles soñolientas y tortuosas- la ropa se me había adherido al cuerpo como si fuese una telaraña. Cuando me encontré frente al gato no supe qué hacer. El gato era de pelaje fino y sus ojos de dos colores perfectamente definidos. Recuerdo que  nos miramos. Creo que le dije algo. En realidad, no recuerdo que le dije. Cuando volví en mí, estaba sentado en el coche a punto de partir. Mis hijos reían, jugaban entre ellos, nos pedían regresar “el próximo sábado a este lugar maravilloso”. Cuando enfilé mi mirada hacia mi mujer ella miraba el lugar desde donde el gato nos miraba. Pero el gato ya no estaba. Pero ella seguía buscándolo con la mirada.

Juan Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
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