Leer,
es convertirse en miserable
Juan
Cristóbal
Acabo de
publicar un libro (disculpen la soberbia y vanidad) titulado "Final
de vida".
No voy a entrar a decir lo que el
libro significa o lo que trata de decir, o cuál será mi decisión
final respecto a la escritura o a mi vida. Sino a decir lo que para mí
ha significado la literatura (o la cultura) casi al final de mi existencia.
Como acto de lectura o descubrimiento de la vida.
Creo que la literatura (por lo tanto
la cultura en general) ayuda a vivir, a develar el mundo, a embellecernos
con sus imágenes y figuras y mensajes, a trasladarnos a sueños
y mundos inimaginables, a sentimientos posiblemente y muchas veces irrealizables
(no importa). Pero también nos ayuda a saber que la vida es una
mierda, un fracaso, una frustración enorme, un enorme vacío.
La pregunta sería entonces: ¿Vale la pena descubrir esto?
¿Cómo hacer para no descubrir aquello y sí lo únicamente
hermoso?
Como sabemos, la totalidad de los
grandes libros de la historia literaria está signada más
que por la alegría por el fracaso, la infelicidad y la miseria humana.
Por la podredumbre del hombre, por la corrupción del ser humano,
por su desesperanza, por sus grandes angustias inexorablemente existenciales
y francamente deprimentes. Por eso es que digo que el leer literatura (sustancialmente)
nos convierte en seres terriblemente miserables. Porque nos ayuda a comprender
el mundo en esa perspectiva, en esa línea de horizontes.
Para mí, a los 62 años,
que no volveré a tener (como dice el tango "marchito del ensueño")
creo que leer es una cojudez. Mejor es volverse loco y morir cuanto antes.
Porque el ser feliz (que será siempre muy poco tiempo) nos lleva
al abismo de la desgracia. Y muchas veces al suicidio: violento o lentamente.
Pero siempre al suicidio: personal o impersonal. Y la culpa será
de la literatura, especialmente de la poesía.
Por eso yo les diría a los
seres más insensibles de la tierra, a los corruptos más vanidosos
y arribistas del planeta, que son los congresistas o parlamentarios de
mi país (y tal vez pueda generalizarse) es que lean y lean mucho,
para que sepan los mierdas que son, pues sería mirarse en su propio
espejo.
Yo, por mi cuenta, trataré
de ser un ignorante en todo, un borrachito de la esquina para morir feliz
sin que nadie me quiera y yo tampoco querer a nadie, salvo a mis nietos
que por ahora no comprenden nada de esto.
Lima, 26 de mayo, del 2004