omo sabemos, hay algunas similitudes entre una revista cultural y un diario. Ambos están atentos a la actualidad, a los hechos presentes. Y desde el punto de vista formal, hay espacios y tipografía utilizados de forma semejante.
Si tuviésemos que mencionar algunas especificidades diferenciadas diríamos que el diario aspira a ser leído de forma inmediata, o mejor dicho, debería ser leído de forma inmediata, pues de no hacerse pierde su vigencia, su poder informativo, en otras palabras, si se lee mañana ya no nos sirve, aunque en una hemeroteca su poder es invalorable. Su información es ganada especialmente por la TV. No así la revista que puede ser leída en el transcurso de los días, y si bien no es lo mismo leerla al momento, no se vuelve pasado ni se avejenta, aunque sí puede volverse otra cosa, una reliquia, por ejemplo. Y si bien se puede volver a ella en el momento más inesperado, a veces (depende del contenido de la revista) no pierde su interés o actualidad o utilidad informativa. Hay revistas cuya actualidad, a pesar de los años, tienen un interés actualizado, como el de Kachqanirami, que dirigía la poetisa Rosina Valcárcel.
Otra diferencia. Un diario puede ser leído de muchas formas y tener varias lecturas, según quienes lo lean. Una revista tiene por lo general una lectura, diríamos, casi única. Y más si es como AI.
Otra diferencia es la de la sintaxis y la del significado, la de la revista es mucho más simbólica y reflexiva.
Desde este último ángulo, una revista cultural se asemeja más a la lectura de un libro, aunque aquí también podríamos señalar una diferencia. Un libro es un universo que tiende a cerrarse o se cierra, mientras una revista tiende permanentemente a abrirse.
Otra diferencia: el carácter individual del libro, mientras la revista tiende a una lectura y entendimiento colectivos.
Arteidea
Una revista como AI, que tiende a ser una expresión político-cultural de un sector de la izquierda, es mucho más que la suma de sus artículos. Al tener un perfil y contenido definidos, su horizonte es inconfundible, por ello es que no se agota en sus artículos individuales, ni en sus diversas declaraciones o manifestaciones editoriales. Por eso, creo, AI debe consolidarse como la esperanza de ese sector que desea representar. Para lo cual hay necesidad de algunas tareas que señalaremos más adelante.
Un hecho a tener en cuenta y muy significativo es que AI aparece en un momento en que la labor ideológica-política y cultural de la izquierda en el país está desacreditada y de capa caída, entregada al inmediatismo, especialmente por sus apetitos electoreros. Entonces AI debe tratar de ser una trinchera donde las ideas se renueven, amplien, profundicen y discutan de manera inequívoca y sin vacilaciones. Mirando siempre las experiencias históricas y populares. (Por ejemplo, un hecho a zanjar, y que es de la mayor importancia, es la posición que se tiene respecto a la violencia y a los posicionamientos artísticos y culturales de la década pasada. Otro hecho, el problema de la democracia, tan zarandeada y ocultada por todos los grupos, incluso por los que se dicen de izquierda. El problema de la mal llamada globalización, que es llanamente una occidentalización o norteamericanización de la política, economía y cultura, y que tiene diversas y peligrosas repercusiones, una de las cuales la tenemos en el “pensamiento Vargas Llosa”, especialmente cuando trata el problema indigenista en Arguedas).
Una labor importante que la revista nos va entregando es la “resurrección” de autores marginados por la cultura y crítica oficial, ya en breves textos, en artículos creativos o de crítica a su obra. Y no sólo autores son redivivos y manifiestos, sino también regiones literarias están reconocidas y presentes, tanto en sus obras como en sus aportes colectivos, tan poco estudiados y apreciados en las lecturas y críticas literarias.
Tal vez lo que le falta a AI es ser, por un lado, expresión de un colectivo más orgánico, lo que no significa que la versión de alguna persona desempeñe un papel importante. Y también entrar más en el combate cultural con los otros pensamientos y sus representantes respectivos. Es decir, no sólo convencer a los convencidos. Y no sólo eso: ser también eminentemente creativa en sus puntos de vista, en sus formas comunicativas, en su conocimiento de nuestra realidad cultural, en sus contradicciones y evoluciones, tanto en el plano superestructural como en su vida cotidiana.
AI debe procurar ser la expresión, por otro lado, de nuestro tiempo y no sólo de una generación o de un grupo de personas. Debe ser la formadora de una conciencia socialista, para lo cual se necesita, entre otras cosas, como ya dije, un equipo directriz básico, que pueda polemizar con las diversas tendencia artísticas del medio. De esta forma su influencia no será efímera, sino permanente. Y esta polémica debe ser sobre cuestiones fundamentales y no meras opiniones o entrevistas apacibles y conciliadoras.
Cuando hablo de un equipo básico no me refiero a la cantidad de personas, sino a las ideas que estas personas manejen, a las actitudes que tal equipo defienda o rechace. Y si hay producción cultural de por medio mucho mejor.
Es posible que lo que estamos planteando ahora desborde un tanto los límites de la revista, pero es bueno plantearse siempre objetivos imposibles, dentro de nuestra realidad tan compleja, difícil, plural y contradictoria. Porque lo imposible será siempre el camino de la victoria y la belleza.
Para nadie es un secreto que AI refleja la sensibilidad y las líneas de un pensamiento que vienen de Mariátegui y su revista Amauta. Lo que significa una representación del mundo, un deseo de transformarlo, un deseo de transformar al hombre y una estimación noble y esperanzadora por la vida, tan llena actualmente de pesimismos y vacíos frustradores. Pero para concretizar esta tarea hay que tener una idea del mundo, una idea del hombre, de la realidad en que vivimos, de la relación entre las personas, de la orientación que ellas tomen, de los errores de la izquierda, de lo que significa la democracia (que para Saramago es una broma de mal gusto), del actual poder económico y financiero, del poder de los medios de comunicación y sus diversas redes tecnológicas.
Y para finalizar, una confesión. A pesar de todo esto, de todo lo que tratamos de exigir, puedo afirmar gozosamente que, cada vez que leo AI, no sé porqué, no puedo dejar de recordar ese encuentro fortuito del paraguas y la máquina de coser en una mesa de disección.
14 de octubre de 2005