ivimos tiempos sombríos, como decía Brecht, confusos, angustiosos, inciertos La derrota del socialismo ha hecho desaparecer los sueños de los profundos cambios sociales, que debían haber servido para que la humanidad tuviese justicia social, política, moral y económica.
La globalización o transnacionalización y su gendarme principal, los EEUU y sus grandes empresas monopolizadoras, en vez de solucionar los problemas lo han agudizado. Allí está el deterioro del nivel de vida, el desempleo permanente, el deterioro del sistema ecológico, las guerras diversas y por diversos y banales motivos, la agresión a la dignidad e inteligencia humana, la corrupción generalizada, la canalización de la cultura, son parte de este gravísimos problemas que algunos críticos señalan como la “cultura integral del desperdicio” ya que “no sólo generan basura no reciclable, sino también deshechos humanos difíciles de reciclar socialmente”. Y tienen razón, pues, por lo menos en el Perú, nos estamos yendo como un tubo al desamparo individual y colectivo.
Esta es la realidad a la cual hoy nos enfrentamos. Y este desafío pasa hoy en el país por un cercano proceso electoral. Y no estamos, por lo menos los que hemos sido de izquierda, en las mejores condiciones para enfrentarlo, pues se ha perdido un referente fundamental: la opción realmente socialista (la que no necesariamente tiene que pasar por las armas).
Sin embargo, hay un elemento que está en juego y debemos resaltarlo. Que tanto la derecha centrista, la patriotera, como la neoliberal, incluyendo la mafiosa fujimorista, se han apropiado de manera inescrupulosa del lenguaje de la izquierda. Frases como “preocupación por los pobres, cambio de estructuras, reformas sociales” son habituales en dichos partidos. Y esto se produce en el marco de la desaparición de lz izquierda y en un creciente escepticismo popular en relación a la política y a los políticos.
Si bien la izquierda políticamente no está representada, sus esperanzas continúan en el campo de la teoría como expresión de un deseo indesmayable que algún día vuelva a surgir. Para quienes aun creemos en ella nuestro deber –desde la frustración- es adaptarnos realistamente a la actual situación, pero no como la actitud de los diplomáticos (cambiar algo para que no cambie nada), sino buscando dentro del actual panorama político –dentro o fuera del marco electoral- todo aquello que cuestiones y menoscabe los intereses del capitalismo financiero neoliberal. Es decir, no pensar en acomodarnos al marco de lo puramente electoral, sino en coadyubar a cambiar nuestra actual situación. O sea, descubrir dónde están las potencialidades del cambio, para hacer posible lo que hoy parece imposible. Sólo respondiéndonos de manera adecuada podremos revertir esta conducción de la historia.
Un elemento importante es no reducir nuestra visión política a la administración del poder desde el gobierno, olvidándonos de las diversas instituciones sociales, de las grandes mayorías y sus luchas populares. Al decir esto estamos pensando en la construcción de una gran alianza social y no sólo política con el resto de la población, especialmente al margen del mundo oficial, pues el enemigo no sólo activa dentro de los márgenes represivos del estado, sino que, como ya lo hemos vivido, especialmente con Fujimori, también construye un marco corrupto y cultural moldeador de la conciencia y la conducta humanas. Y uno de sus primeros proyectos es la “fragmentación social”, impidiendo que surja una voz o mayoría cuestionadota. Para lo cual los Servicios de Inteligencia se prestarán perversamente al juego. De ahí que una alianza social es fundamental. Y no tanto votar por alguien. Una alianza que podría irse construyendo antes o después de las elecciones. Para mirar mejor el futuro.
Lima, diciembre, 2005