Los duendecillos
En noches de luna, cuando los campos están claros, los niños juegan con los duendes, que son unos hombrecitos del tamaño de la lluvia, pero cuando sale el sol se convierten en hormiguitas y les gusta columpiarse de la copa de los árboles o dormir en las chimeneas de los trenes. Les gusta vivir, la mayor parte de su vida, en las hojas de los plátanos o en los racimos de los choclos cuando están a punto de reventar y ser recogidos en verano. Y cuando esto no sucede, por las heladas o sequías, se la pasan durmiendo todo el día detrás de las ventanas de su amada, con los ojos bien abiertos, para convertir en nuevos duendes a los niños que son abandonados o no son bautizados a su tiempo. Los duendes, antes de jugar con los jovencitos de la tierra, se pintan el rostro como los indios del oeste, y como los niños, aunque diablos, son muy buenos, nunca se ríen de sus rostros, sino que les regalan frutas los domingos. A los duendes el juego que más les gusta es el de las escondidas con las niñas, pero se matan de la risa cuando no pueden encontrarlos pues siempre se esconden en la cola del caballo.
El hombre de las punas
Era un hombre tan extraño, y casi sin edades en el tiempo, que vivía alejado de las flores y los ríos, en un lugar donde sólo existen las espinas y una plantita llamada ichu que lo ayudaba a cubrirse del mal olor de los animales, sin embargo, cuando llegaba la primavera, el hombre se ponía muy contento, entonces reunía a todos los niños y nubes de los cerros, y junto con los búhos y lagartijas, hacían una gran fiesta que duraba una semana. Cierta vez, cuando acompañaba a una vaquita medio cegatona a tomar su agua entre las piedras, resbaló y cayó a un abismo tan profundo como la muerte o el olvido de sus padres, y por más que gritó toda la noche nadie lo volvió a ver caminar o hablar como un oso en su morada.
Algunas personas, al enterarse de la nueva, llegaron corriendo hasta su casa, que era de esteras y de grandes hielos y piedras milenarias, porque a pesar de su aspecto agresivo lo querían, pero por más que buscaron entre las rocas no encontraron ni un pedacito de su alma, por lo que ellos mismos comenzaron a correr la voz que el hombre sólo se aparecía si le enseñaban la calavera de su abuelo o le hablaban de la luna encendiéndose entre los árboles del cielo. Unos pastores que pasaban cierta noche cargando leña en sus mulitas, ignorantes de todo esto, fueron a beber agua de un lago medio misterioso, cuando vieron aparecer entre la maleza una enorme sombra de perro que les decía: "Ponto llegaré hasta sus casas a jalarles las patitas y traerlos al infierno, malditos ladrones de borricos". Los pastores creían que soñaban por lo que no escucharon nada, y mas bien le preguntaron a la aparecida: "¿No desea saciar su sed, señorita calavera?". Y como la calavera no les contestara, volvieron tímidamente a preguntarle: "¿O tal vez desea un poquito de aguardiente?". La calavera frunció el ceño y ardiendo como el fuego respondió: "No se hagan los cojudos y dejen aquí nomás su alma y el cargamento de su mulas”. Y desapareció como por encanto entre los ichus y las estrellas de los cerros, sin conseguir lo que quería.
Cuando muere la luna
En los caseríos los campesinos se reúnen en noches de luna llena, para cortar o segar el trigo y la cebada, y para acomodar las espigas en gavillas, para que se sequen antes de ser trilladas en la era. Una noche de esas, mientras cantaban cortando el trigo, vieron a la luna ponerse roja al igual que los ladrillos en el horno, y para susto de todos, permaneció así por varios días, como si hubiera sido hipnotizada por los búhos. El viento comenzó a soplar frío entre las casas y los cerros comenzaron a parecerse a los fantasmas de los bosques. Cuando en el más profundo de los silencios los perros comenzaron a ladrar con unos ladridos que parecían venidos de los miedos.
Y era porque la luna se había comenzado a exprimir como una naranja y parecía morirse tiernamente de tristeza. Y como la luna es la madre de los campesinos cuando cortan la cebada, el miedo era mayor porque la luna cuando muere así lo dicen las abuelas , jala a los más ancianos en su viaje.
Entonces los campesinos comenzaron a cavar unas tumbas, "porque cuando la luna muere en luna llena" (y eso lo dicen ellos) "siempre muere una de mis mujeres", y para no irse tristes hicieron buenas fiestas y bebieron hartos aguardientes.
Los muertos
Era un pueblo lejano, casi olvidado por los hombres. Parecía que allí vivían sólo los fantasmas, y en noches de luna enrojecida, búhos de mal agüero. Cuando llegué, de pura casualidad, me alojé en casa de un desconocido el cual me brindó su amistad como un amigo íntimo, tanto que compartimos ese día todo lo que había en su casa. Una noche, mientras estábamos bebiendo un poco de aguardiente, el amigo me contó que cuando trabajaba de camionero vio a una señora de túnica brillante y muy dorada hacerle señas al costado del camino.
El pensó en pasar de largo, pero como la mujer parecía bambolearse, paró y cuando abrió la portezuela la mujer había desaparecido. "Estaré soñando", se dijo, y continuó su viaje. Más allá volvió a divisar a la mujer pero esta vez no tenía rostro y lo llamaba con una mano que se mezclaba con el viento. Asustado se fue a ver a la bruja del poblado. Cruzó varios cementerio y de las tumbas le parecía ver que muchas manos lo llamaban. Cuando llegó a la casa de la bruja ésta le dijo: "Seguro que quieres saber por qué los muertos te llaman en la noche". Entonces comenzó a mover unas agujitas, unas hierbas y unos licores que parecían de un siglo indefinido, y después de un silencio se sapos y culebras moribundas, le dijo: "Vas a caer en manos de la policía". El hombre se marchó y desapareció para siempre de su casa. Una tarde me llegó una carta donde me contaba que el amigo que había conocido había sido asesinado por el hijo de la bruja. Nadie sabía porque lo había hecho, pero cuando regresé a la casa de mi amigo encontré una carta que decía: "Me han matado porque ya estaba muerto". Y quien lo leía era otro muerto, por la fatalidad y el desatino de los días.
El sapito milagroso
En un camino poco conocido vivía un campesino, que, al regresar una tarde con sus vacas escuchó una voz que lo llamaba por su nombre. La llamada atemorizó al campesino pues venía de un bosque muy lejano, por lo que se puso a buscar entre las ruinas de una capilla que había sido devorada por el fuego, pero al no encontrar a nadie se asustó muchísimo más. Entonces se dijo: "Debe ser el sapo que maté ayer el que me llama", y comenzó a cantar como los sapos. Como la voz ya no lo llamaba decidió buscar nuevamente a la voz que lo llamaba. Se introdujo así entre los árboles y los arroyos del bosque, cuando de pronto se encontró con una cueva donde había un sapo crucificado. El campesino se arrodilló y lloró como un niño, pero nada podía hacer pues el sapito moría en ese momento. Entonces lo bajó y lo llevó cargado hasta su pueblo. Durante el camino el campesino no caminaba, sino volaba, pero su alegría y sorpresa fue mayor cuando al llegar a la plaza de su pueblo se encontró con todos sus animales y familiares que hace mucho se habían extinguido. Esta historia se las contó a todos los del pueblo, pero nadie le creyó y al contrario todos se burlaban. Para que le creyesen dijo: "Aquí voy a dejar este sapito y verán lo que sucede". Como era muy tarde todos se marcharon, pero cuando regresaron al día siguiente la iglesia se había convertido en un castillo, totalmente bañado en oro, y en el lugar donde el campesino había puesto al sapito se había convertido en una fuente gigantesca, y el sapito en un pescado del tamaño de una sirena que cantaba a los niños cuando sus padres iban de cosechas.