Juan Cristóbal - rodelu.net |
1 de marzo de 2006
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Vigencia de "La edad de oro"
Juan
Cristóbal
Algunos envidiosos amigos se asombran porque no se me ha blanqueado ni caído el cabello. Contento siempre les respondo: "Y tampoco las ideas". Lo cual es una ventaja ahora que hay tantos arrepentidos que se pasean muy sueltos de huesos por allí, esperando ser hombres de éxito, modelos universales de acomodaticia pulcritud, aunque eso signifique avasallar la dignidad de los otros, pues su único pecado que no podrán soportar y que jamás se lo confesarán a sus hijos, será el fracaso, el prohibido dar la contra a los jefes, el perder, o quedar fuera de ritmo o escena en esta famosa modernidad. Por lo que cuando se les ve hablar o caminar, uno fácilmente puede sospechar que llevan un letrero invisible en la frente y una pancarta en el alma que dice: "Prohibido perder el tren del poder". Son como aquellos personajes españoles que uno le dice al otro (esto lo cuenta Galeano, cuando estuvo exiliado en la madre patria):
-Pero Manuel, cómo es que has cambiado tanto de ideas. Primero eras monárquico, luego falangista, luego te hiciste franquista, luego demócrata y luego socialista y ahora estás en la Alianza Popular, cómo es posible que hayas cambiado tanto de ideas.
Y Manuel le responde:
-No, José, no, que yo nunca he cambiado de ideas, hombre, que mi idea ha sido siempre la misma: SER ALCALDE DE MI PUEBLO.
Lo que me permite apoyarme para decir algunas cosas, igualmente muy suelto de huesos, a propósito de la lectura reciente que he hecho de esta notable publicación de José Martí, "La Edad de Oro" que para mí ha sido un descubrimiento inaudito, y no veo ningún delito confesarlo, ya que no soy ni profesor de literatura, ni crítico literario, ni lector empedernido (a pesar de mi soledad de cesado intempestivo), apenas si un hincha lejano del Alianza Lima, pero eso sí con un pie bien puesto en el estribo del Cristal, (creo mi único oportunismo de izquierda) que espera con esa paciencia impaciente, de la cual nos hablaba Tomás Borge en su,para mi, novela testimonial, la llegada del auténtico socialismo que tanto nos habló el viejo topo de Marx, y que algunos pillos medraron y esclerotizaron.
Como se sabe "La Edad de Oro", esa casa que es la fiesta pura del vivir, vio a luz en 1889 durante los meses de julio a octubre y sólo se editarían cuatro números, con una cubierta azul, interior a dos columnas y lleno de viñetas, ilustraciones y dibujos que serían también objeto de la atención de su redactor, es decir, de José Martí, pues esta publicación fue elaborada íntegramente por el Apóstol.
Es bueno señalar que la revista ("empresa de corazón y no de mero negocio", como diría su autor) se dejó de publicar por divergencias con el editor. "Es la primera vez, a pesar de lo penoso de mi vida, que abandono lo que de veras emprendo", diría en carta Martí a su amigo Manuel Mercado, y más adelante: "porque, por creencia o por miedo de comercio, quería el editor que yo hablase del "temor de Dios", y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias. ¿Qué se ha de fundar así en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras?".
La revista estaba dirigida para los niños y niñas ("con los cuales no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin la luz") con el fin de dotarlos de un instrumento de entretenimiento y enseñanza.
Esta empresa la realiza Martí en medio de sus intensas jornadas sociales y políticas en el exilio. Era ya un hombre en plenitud de vida y en madurez de ideas, urgido por mil apremiantes responsabilidades que lo comprometía la lucha de su pueblo. Sin embargo, el escribir para niños, jamás fue una cosa de menor importancia, como él mismo señala:
"Los que esperaban, con la excusable malignidad del hombre, verme por esta tentativa infantil, por debajo de los que se creían obligados a ver en mí, han venido a decirme, con su sorpresa más que con sus palabras, que se puede publicar un periódico de niños sin caer de la majestad a que ha de procurar alzarse todo hombre".
El propósito primordial de "La Edad de Oro" se expresaría, sin embargo, en la nota introductoria de su primer número:
"que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad."
Y más adelante:
"quisiera yo ayudar, a llenar nuestra tierra de hombres originales, criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, ni vivir infecundamente en ella, como ciudadanos retóricos, o extranjeros desdeñosos...A nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo, y hombres de América. Si no hubiera tenido a mis ojos esta dignidad, yo no habría entrado en esta empresa".
Para Martí todo esto le significó, reiteramos, el mayor grado de madurez ideológica y política, que se enriquecía con su quehacer revolucionario, como contrapartida de un diálogo artístico con sus lectores, pues para Martí la política (pueblo y poesía), era la vida real y no lo que ahora llaman "lo imaginario", pues la vida real, lo señalaba el Apóstol, es el pueblo, la gente común, la vecinería, lo cotidiano. Por ello, y como afirma Mercedes Santos, crítica cubana, Martí consideraba imprescindible que una tarea como "La Edad de Oro", contase con una diáfana concepción del mundo y de la vida, con un código moral, con un programa político que le permitiera llegar, sutilmente y con efectividad, su mensaje a sus lectores.
En tal sentido, la revista fue (y es) un instrumento activo en el combate de las ideas, en donde lo didáctico, ideológico y político jamás se separa de lo artístico. Asi el niño puede enriquecerse con su lectura, en una publicación donde el entretenimiento va de la mano con las ideas de libertad, independencia nacional, anticolonialismo, dignidad. En buena cuenta, resaltar la figura del ser humano, la de los pueblos en su lucha y pensamiento liberador. Ejemplo, es el artículo "Tres héroes" donde tomando las figuras señeras de Bolívar, Hidalgo y San Martín, Martí plantea con vigor, con pensamiento claro y combativo, las ideas centrales de la revista, que hemos esquemáticamente esbozado. Y cómo no citar el artículo sobre el padre Bartolomé de las Casas, "que ni al rey le tenía miedo, ni a la tempestad", donde cuenta la forma como son explotados los nativos del país y las crueldades que se cometía con ellos y la forma como el padre los defendía, incluso iba a "llorar con los indios, pero no sólo a llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los árboles cuando ha pasado el vendaval".
A estas alturas, vale hacerse una ingenua pregunta: ¿qué nos une con Martí y su revista infantil en esta hora de liberalismo y capitalismo salvaje, del sálvese quien pueda y cada uno a lo suyo, del desempleo y desnutrición y sobrevivencia confusa, de confundir el presente con la eternidad o sea con el fin de la historia y las ideologías, con ese tipo de intelectual que siendo director de una ONG,(instituciones financiadas y subsidiadas por fundaciones europeas o norteamericanas), como cuenta James Petras, en su esclarecedor artículo "La metamorfosis de los intelectuales en América Latina", donde opone al "intelectual orgánico" de Gramsci el "intelectual institucionalizado" de hoy, va a recoger a su madre al aeropuerto en un Peugeot último modelo y cuando la madre le pregunta de dónde lo sacó le contesta: "Me lo financió el instituto, pues lo necesitaba en mi investigación para derrocar a la dictadura", y cuando llegan a una hermosa mansión y almuerzan y beben lo más delicioso e inimaginable del mundo la madre lo vuelve a interrogar ¿de dónde sacas todo esto?, la respuesta es siempre la misma: "Me lo financia el instituto para derrocar a la dictadura". Entonces la madre se le acerca al oído y le dice en un tierno como pícaro susurro: "Cuida de que no derroquen a la dictadura y pierdas todo esto". Bueno, en esta hora donde la gente está al servicio de las cosas, donde la lealtad a las ideas, como dice Galeano, es un grave defecto y la falta de escrúpulos una virtud, muchas cosas nos une con "La Edad de Oro" y con Martí: combatiente antimperialista, anticolonialista, poeta y periodista militante. Veamos algunas cosas que nos une, aunque sea desordenadamente.
Nos une saber que a los niños y jóvenes también se les debe hablar de política y educarlos con las mejores formulaciones de ella, es decir, con una visión solidaria y liberadora, denunciando y conociendo la sociedad corrupta y explotadora en que vivimos. Y que hacerlo es caminar de a poquitos, a trechitos lentos, como quien se bebe un buen vaso vino mientras mira el mar con su hijo en un día de eclipse.
Nos une saber que la literatura infantil en nuestra realidad no debe estar hecha de aniñamientos y personajes irreales (príncipes azules, ogros, hadas) que tratan de realizar el bien o el mal olvidándose de nuestra fructífera realidad, haciendo que nuestro lenguaje, como lo afirmaba García Márquez, sea como de débiles mentales con una entonación bobalicona que los niños no tienen. Lo que es una forma de "oscurantismo cultural infantil" que arrastramos por siglos y que los profesores y padres muchas veces lo admitimos y justificamos. No podríamos dejar de mencionar textos como "El sueño del pongo" de José María Arguedas, "Paco Yunque" de César Vallejo, "El retoño" de Julián Huanay, Las fantásticas aventuras de Atoj y Diguillo" de Manuel Robles Alarcón, diversos cuentos de Francisco Izquierdo Ríos que estructuran, para nuestra literatura infantil y latinoamericana, un sueño que no debemos olvidar.
Nos une saber que podemos y debemos transmitir valores sociales solidarios y dignos, desarrollar la imaginación de una manera realista, escuchar las voces del camino, sensibilizarnos frente a la injusticia social y frente a toda forma de agresión: frente a la extorsión, el insulto, la cachetada artera, la amenaza, el cuarto oscuro, la desaparición, los grupos paramilitares, las duchas heladas, las desapariciones. Como no recordar que en ciertas cárceles latinoamericanas los presos políticos no podían hablar sin permiso, ni cantar, ni silbar, ni sonreir, ni caminar rápido, ni saludar a otro preso, tampoco podían dibujar, ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, ni de enamorados, ni de mariposas, ni de estrellas, ni de pájaros. Educar, pues, en este sentido, significa conocer la realidad, nuestra historia, sus contradicciones y conflictos, el rol que han cumplido las clases que gozaron del poder y que todo, hasta lo propiamente humano, lo traicionaron y corrompieron. La educación no puede ser, bajo ningún punto de vista, una producción puramente verbal y sofisticada. Hay que alcanzarla con nuestros anhelos y esperanzas, transmitir los mejores valores éticos y morales, lo cual no significa ser acartonados, perder la imaginación o el humor. Al contrario: la literatura infantil debe conectar el conocimiento de la historia con la necesidad de lo cotidiano y la espontaneidad de la gracia, sin caer, obviamente, en la cursilería, petulancia o truculencia.
Nos une con el Apóstol saber que el niño vive hoy un mundo plagado de información, donde los medios de comunicación y la sociedad le hacen conocer su realidad de una manera distorsionada. Le presentan el caos, la catástrofe, la miseria, los vicios, los rencores, la violencia, las obsesiones sexuales sin mencionarles las causas o por qué se producen y desarrollan y si hay posibilidad de transformarlos. La literatura infantil no debe ocultar ningún aspecto de la realidad por más violento o escabroso o desgarrador que sea. Mediante formas adecuadas se debe hacer conocer su profundidad y complejidad. Porque toda literatura lleva implícita valores morales y formativos, contenidos ideológicos subyacentes que no debemos esquivar, sino enfrentar y debelar. Porque tarea inmensa es llegar a ser nosotros mismos y dejar de imitar y seguir alienándonos.
Nos une a Martí el saber que los niños y jóvenes son las víctimas más indefensas y depredadas por el sistema, ya que se les niega (como a la mujer, aunque cada vez menos y esto por sus luchas) su condición humana, incluso no se les trata como a hombres sino "como a futuros hombres", ya que son esclavos de los mayores, de la escuela y de la iglesia, porque desprotegidos como están, reciben todo tipo de violencia, amén de no participar en las decisiones con los demás.
Nos une saber que el niño o el joven no son una página en blanco, pues ya tienen un punto de vista, una experiencia, un conocimiento que se está moldeando, y lo que tenemos que hacer es decir correctamente las cosas, adecuándonos lúcidamente a su verdad, y esto sólo será posible con una sólida formación científica y un planteamiento ideológico y artístico convenientes. Porque los niños y jóvenes, especialmente los más pobres, absorben intensamente los conflictos de la lucha de clases, tanto en su entorno familiar como en la sociedad, y no sólo los absorben sino que los enfrentan en su experiencia personal y cultural, de donde se deduce que la realidad del joven es cambiante, ya que hay negociaciones, contradicciones, alteraciones, conflictos permanentes. Y en esos procesos debemos estar y participar activamente. Como lo estuvo Arcadi Gaidar, novelista ruso, que según cuentan toda su vida jugó con los niños y que entre juego y relato len enseñó a organizarse. En 1940 publicó su famoso libro "Timur y su pandilla", donde cuenta la historia de un muchacho que organiza, sin que los mayores se enteren, la ayuda a las familias en la que los padres y los hijos mayores han marchado a una guerra. Siguiendo este ejemplo, millones de niños soviéticos comenzaron a comportarse como Timur cuando estalló la gran guerra patria. Y eso lo desencadenó un pequeño libro escrito para niños. O ese otro libro, de autor inglés desconocido, llamado "La granja de los sindicatos", publicado en 1985 en Gran Bretaña, donde los animales se rebelan no contra el estalinismo (como en "La granja" de Orson Wells), sino contra el desalmado granjero capitalista, proponiendo una moraleja: "En momentos en que el gobierno británico exalta las virtudes del triunfo personal fundado en el individualismo, egoísmo, la agresividad, el libro ilustra el carácter eminentemente positivo de la lucha colectiva". La acusación es por ello transparente: el primer acusado es la primera ministra, Margaret Thacher, la famosa "dama de hierro", que gobernó el país reduciendo brutalmente la influencia de los sindicatos. Sin embargo el cuento tiene un final feliz: Don Ricachón accede a todas las reinvindicaciones de los animales tras haber llegado a esta luminosa conclusión: "Todos unidos, imposible vencerlos".
Nos une saber que política es sinónimo de cultura, de proyecto social solidario, de respeto a la vida y a los derechos humanos, de lucha por el bienestar colectivo del país y del hombre, por la realización personal en la vida cotidiana, por conocer y transmitir nuestras raíces culturales, por saber (desde dentro) cómo funciona la democracia y como se debe capturar el poder en caso indispensable. Recuerdo que cuando Rigoberta Menchú llegó a nuestro país, los periodistas le preguntaron (ingenuos ellos) si era posible cambiar el rumbo de la historia. La Premio Nobel de la Paz respondió muy agarrada de huesos: "En nuestra patria latinoamericana la única forma de cambiar su historia es mediante la lucha armada, pero no con el terrorismo", respuesta que no fue propagandizada, ni siquiera por los "izquierdistas democráticos" que han dicho hace tiempo "adiós a las armas", mientras se refugian dulcemente en los placenteros sillones de un parlamento anquilosado.
En fin, muchas cosas nos une con José Martí y su tan presente "Edad de Oro". Nos une el Che y su hombre nuevo. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuando a través de su subcomandante Marcos le dice al gobierno mexicano: "Nosotros, los muertos de siempre, los que tenemos que morir para vivir, esperamos la oportunidad que nos negaron los que malgobiernan este país". Nos une Nazim Hikmet muriendo en la cárcel porque no quería que el hombre viviera como un inquilino en la tierra. Nos une Juan Pablo Chang, quien muriera en Bolivia con el Che, cuyo recuerdo de unidad permanente y sonrisa tierna y bondadosa es capaz de hacernos olvidar por un instante las atrocidades más implacables del mundo. Nos une la presencia de Javier Heraud y su canoa acribillada en pleno río Madre de Dios. Nos une Luis de la Puente Uceda fusilado y desaparecido (como tantos más) en las montañas de Cuzco, con las armas en las manos. Nos une, finalmente, la esperanza en el socialismo, porque, como decía Galeano (al que lo citaría terca y gratamente miles de veces), el socialismo vive, lo que sucede es que se han equivocado de muerto.
Juan
Cristóbal
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