Juan Cristóbal - rodelu.net |
6 de abril de 2006
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Cuentos proletarios
Dios y las cucarachas
Juan
Cristóbal
La cucaracha, la cucaracha,
ya no puede caminar.
Porque le falta,
porque le falta,
las dos patitas de atrás.
Canción popular infantil
Dios y las cucarachas
Los
obreros estaban en huelga y discutían su pliego de
reclamos. Al final, uno de ellos, distraídamente,
preguntó: "¿Y qué pensará Dios sobre nosotros?". El
patrón que pasaba en ese preciso momento por allí, se
acercó, y poniendo su carita de mosca muerta dijo,
mientras miraba las nubes que trataban de cubrir el
cielo:"Nada, porque el Señor no piensa nada de los
ociosos. Él ama más a las cucarachas, porque son más
bellas y trabajadoras". Los obreros se miraron, al
comienzo, asustados entre ellos, pero rápidamente
contestaron:"Entonces, por qué Ud, no contrata a las
cucarachas". El patrón, indignado, replicó:
"Justamente por eso, porque las
cucarachas son inteligentes y solamente los imbéciles,
como ustedes, trabajan". Un obrero que había
permanecido callado hasta entonces, mirándolo
fijamente los ojos al patrón le respondió: "Es falso
lo que dice, pues usted es el Rey de las Cucarachas.
Anoche, de casualidad, lo ví sesionar con sus amigos
en las cloacas de su trabajo".El patrón empalideció y
no supo dónde esconderse. Encogió sus minúsculas
antenas que apenas se le notaban en la frente, derramó
unas lágrimas de cocodrilo, y apoyando su vientre rojo
y sucio contra el muro descascarado de la fábrica, se
esfumó rápidamente entre la algarabía de los
trabajadores.
La soledad
Era
el último día de vacaciones y el hijo del obrero,
el más pequeñín, se sentía desconsolado porque no
sabía qué hacer. Entonces fue donde su abuela y le
dijo: "Abuelita, mañana tengo que ir alo colegio, pero
ahora no tengo con quien jugar, pues todos mis
amiguitos se han ido con sus padres a la playa, qué
hago". La anciana, que estaba planchando las camisas
del muchacho, le respondió: "Anda a jugar con las
gallinas en el patio". Al poco rato el niño regresó y
le dijo malhumorado: "Las gallinas ni los sapos se
ríen de mis bromas y los patos no quieren jugar
conmigo a las escondidas porque dicen que soy muy
niño". La abuela, un tanto impaciente, pues había
estado trabajando todo el día y ahora estaba
cabeceando en su silla de madera, con una voz como
salida de los cerros, le dijo: "Ve en busca de los
perros". El niño se marchó y como ya eran las horas
más altas de la noche y el niño no regresaba, la
abuela salió a buscarlo. Cuando de pronto lo vio que
venía entre las piedras, pero lleno de barro,
caracoles y cenizas, por lo que asustada le preguntó:
"¿Dónde has estado mi hijo?". El niño, de lo más
tranquilo contestó: "Me fui a la luna a jugar con mis
perritos". Y saltando en una pata, como el loro del
pirata, se fue repartiendo flores a sus ollas y besos
a las sombras, mientras le silbaba una canción de amor
a la vaca que asomaba soñolienta por su cuarto.
El ambicioso
Dos
amigos obreros se encuentran, después de mucho
tiempo, de casualidad en el camino. El más anciano,
luego de hablar del tiempo y de la ceguera de sus
patos, dice con algunas lágrimas en sus ojos: "Lo que
ahora gano no me alcanza ni para comprarle unas
galletitas a mi nieta cuando salimos a los parques los
domingos". El más joven lo mira y le cuenta que tiene
unas tierritas que le había dejado su padre antes de
morir, por lo que le propone que juntos podían
trabajarlas si él ponía algo de platita. El anciano
que estaba al borde de la angustia, a pesar de todo y
consultando con la almohada vieja de su vida, acepta
gustoso la propuesta, por lo que desde esa misma
mañana comenzó a quitar las malezas y barro de las
casas para tener algo más para el negocio. El más
joven, al verlo tan entusiasta, le comenta: "De lo que
sembremos este año lo que crezca para fuera será para
mí y lo de adentro para ti". Y sembraron maíz, por lo
que el joven se quedó con toda la cosecha. Al año
siguiente el joven volvió a decirle: "De lo que
sembremos ahora lo de adentro será para mí y lo de
fuera para ti". Y sembraron papas, por lo que el joven
volvió a cogerse toda la cosecha. Y así durante años.
Hasta que el anciano, que ya había llegado a ser como
un espantapájaros en la noche, dejó de existir, sin
gozar de las cosechas que algún día, de buena fe,
creyó iba a tocarle, para realizar el anhelo más
grande de su vida: comprarle unos lapicitos de colores
a su nieta para que pudiera dibujar todos los arcoris
que jamás había visto en su vida de minero.
El sueño
Una
tarde un obrero soñaba que el patrón mataba
ardillas y caracoles en el patio y que un hombrecito
del tamaño del rocío le decía: "¿Acaso ellos no
alegran las horas de tus hijos?". El patrón, pegó una
enorme carcajeada, pateó un montón de latas de basura,
miró el arroyo que se secaba como una herida por la
casa y luego de hacer el silencio más grande de la
noche, contestó: "Los mato, porque esos animales como
los obreros no sirven para nada". Y continuó matando
colibríes y torcazas en el techo del vecino. Entonces,
el hombrecito del tamaño del rocío, lo miró y antes
que amaneciera le dijo: "Si sigues matando animalitos
te convertirás en un montón inservible de cenizas". Y
se marchó, perdiéndose entre las nubes. Pero el patrón
continuó, con más furia, matando pescaditos, arañas y
tortugas. El hombrecito, al saber que el patrón seguía
haciendo de las suyas, bajó por las retamas de los
muros y con los ojos brillando como los gatos cuando
encuentran sombras en los rincones de la casa, dijo
unas palabras mágicas y ¡pum! El patrón se convirtió
en un motoncito de ceniza, en una miserable pelota
desinflada. En ese instante el obrero despertase entre
las nieblas de su sueño, se apartó algunas retamas que
aún le quedaban entre los ojos y comenzó a bailar con
su esposa, como el mejor bailarín salido de los
circos.
Juan
Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
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