Juan Cristóbal Juan Cristóbal - rodelu.net
4 de mayo de 2006

Literatura infantil y juvenil:
¿Por qué no hablar de política? (I)

Juan Cristóbal

Marco ideológico-político

Los niños y jóvenes absorben también los conflictos sociales de la realidad, entre ellos, los de su entorno familiar como los de la lucha de clases en la sociedad, los que van moldeando su personalidad y su actitud futura frente a la vida. Pero no sólo absorben esos conflictos, también los enfrentan, producto de su experiencia personal y cultural (ejemplo: los niños pobres y marginales, los hijos de los obreros y campesinos incluso, y en menor término, los de las otras clases sociales), definiendo de este modo su futuro comportamiento. Debemos tener en cuenta que el niño nace en un determinado ambiente y allí va a desarrollar y construir su condición humana, de acuerdo a los patrones culturales que le ofrecen y que él asume conciente o subconscientemente. Esto mismo se va a producir con el exterior –con la sociedad-, pero de una manera más compleja, por los diversos conflictos permanentes y diferentes. Por lo que sus respuestas corresponderán a este desarrollo específico de lo social.

Para entendernos y comunicarnos (con los niños y jóvenes) debemos tener en cuenta la naturaleza de nuestra sociedad, su desarrollo histórico. Saber que somos un país subdesarrollado, explotado por el capitalismo-imperialismo, que somos pluricultural y multiétnico, racista, machista, homofóbico, etc. Que la cultura es la quinta rueda del coche en países como los nuestros.

A los jóvenes y niños, en edad que puedan entender, no se les enseña por qué somos un país pobre, explotado y por quiénes y cómo lo somos, y si existe posibilidad de no serlo, y de qué manera se puede conseguir esa liberación y quiénes pueden hacerlo. Eso, de alguna manera se los decía José Martí en su famoso libro la “Edad de Oro”. Tampoco se les enseña por qué existe la migración, los “pirañitas”, el robo, la prostitución, el desempleo, los ancianos abandonados, los jubilados pobres, la corrupción, los desaparecidos, etc. ¿Qué no se puede enseñar porque son temas difíciles? No lo creo. Con imaginación se puede lograr dichas formulaciones.

El niño y joven que no conozca nada de esto es porque la sociedad y el sistema nos impone una forma ideológica a través de la educación y los medios de comunicación, entre otros, interesada más en el lucro, en el consumismo, en la dominación cultural, que se reflejan en los valores morales de frivolidad, egoísmo, individualismo, sumisión que adquirimos.

Una respuesta a esta propuesta ideológica-política no puede ser individual, sino mediante una respuesta colectiva y democrática, que signifique una discusión profunda, para enfrentarse a los detentadores del poder, tomando en cuenta todas las nuevas e inéditas formas de organización popular. Y que a la par que se vaya discutiendo, llevándolo a la práctica. No es necesario tomar el poder para hacerlo. Bastaría una buena dosis de opción política y social organizada para hacerlo. Pero antes, tomar conciencia de la situación y del problema. Y de que es posible enfrentarlo y desarrollarlo.


Marco educativo-cultural-literario

Los gobiernos de turno (civiles o militares) a través de la educación nos muestra y entrega un país que no corresponde a su realidad o historia, pues siempre han escamoteado el por qué de las desigualdades sociales, étnicas, etc., y las formas de explotación a la cual estamos sometidos por los grandes imperios y organismos internacionales financieros y transnacionales. Y de qué forma se expresa esto en la cultura y educación. Y en la propia realidad.

Sabemos que para el capitalismo-imperialismo el dinero es la fuente de la felicidad. La solidaridad humana y social no entra en sus esquemas ideológicos y políticos. Para ellos, la pobreza es un fenómeno natural. Y todo esto se le enseña al niño a través de diversos canales: familiares, medios de comunicación, colegios.

No se le enseña que hay una zona andina, otra selvática, otra costeña y que cada una tiene sus propias formas de expresión y comunicación, y también sus propios hábitos, creencias, cultura y signos expresivos. La sociedad nos entrega un país telenovelesco, donde el rico manda y el pobre obedece. Para el sistema el niño se educa si conoce bien a Walt Disney, Supermán, Batman. Barney y Pokemón. Por lo que el niño vive una irrealidad ideológica, a pesar de su pobreza. El sistema acentúa la vida fácil y vacía. Para el sistema es bueno no protestar, no criticar, no tener esperanzas, hay que pensar solamente en resolver “el problema de hoy o de mañana”. La religión, a pesar de sus tendencias al interior de ella misma, también juega el papel de apoyo al sistema. (Recuerdo que unos amigos hablaban de Kenya y uno de ellos recordó que allí se decía: “Nosotros teníamos la tierra, vinieron los conquistadores y nos trajeron la Biblia. Ahora nosotros tenemos la Biblia y ellos tienen nuestra tierra”).


Lo literario

Todo esto produce que nuestra literatura sea mal enfocada, en la mayor parte de los autores oficiales, de manera unilateral, incluso censora y represiva, por culpa del sistema, y que algunos libros, en algunos períodos, no pudieron ser publicados. Y otros, fueron quemados (“La ciudad y los perros” de Vargas Llosa, en su etapa progresista, durante el primer período del arquitecto Belaúnde Terry, y quien lo hizo fue el Ministro de Gobierno de entonces, Javier Alva Orlandini, paradójicamente actual presidente del Tribunal Constitucional).

Y en los medios de comunicación, la literatura y escritor que medianamente cuestione el sistema es acallado y marginado o acusado de subversivo. Esto nos permite entender por qué no se enseña bien a Vallejo, Arguedas, Marrio Florián, Leoncio Bueno, Francisco Izquierdo Ríos, Julián Huanay y tantos otros. Lo que no se hace con Chocano o Vargas Llosa.

Los pobres o los que no piensan como el sistema predica, son impedidos de hablar y escribir políticamente. La única vez que a los niños se les enseña que existe la pobreza y los pobres (a quienes se considera una raza más en nuestro territorio) es cuando quieren demostrar que existe la caridad y la limosna. Y cuando el sistema habla de patria en los libros, lo hace de una manera distorsionada y falsa, con el único afán de aceptar el sufrimiento y la injusticia. Ese es el mensaje que nos transmite la literatura infantil.

De aquí provienen nuestros futuros prejuicios morales y sociales, nuestro comportamiento poco solidario, nuestras distorsiones psicológicas, impuestas a través de la familia, el colegio y los libros. El sistema nos enseña a no ser críticos, sino seres unidimensionales, regresivos, pitecantropus y como dice Eduardo Galeano, “idiotas respetables”. Contra todo esto una buena literatura infantil y juvenil tiene que luchar.

Razón tenía Bernard Shaw cuando decía: “Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”. Porque la vida es la que nos puede enseñar mejor todo lo que exigimos. A lo cual García Márquez añadía: “La época del colegio es la más espantosa de mi vida. No hay nada más aburridor, ni más esterilizante y estúpido que la educación del sistema capitalista…Y es que en la escuela comenzaron a inculcarme ideas preconcebidas, a meterme en la cabeza los prejuicios de los maestros, que eran hombres mal pagados, con problemas domésticos agrios, sin una vocación real, y sus conflictos se reflejaban en nuestra formación, en nuestros estados de ánimo, y claro, en nuestra concepción de la vida…Por lo pronto, las cosas serían mejores si fuesen al revés: es decir, si los profesores fueran a entender lo que los niños les enseñan”.


Juan Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
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