Juan Cristóbal Juan Cristóbal - rodelu.net
30 de julio de 2006

El león y la flor

(aventuras de un cuento)

a Carlos Alonso, mi nieto,
un leoncito de dos años.

Y cuando el león se despertó
Tenía una flor entre los ojos.

Juan Cristóbal

Imagen de Kira Oriola, tomada de ilustrando.com/ilustradores/v/Kira/ >>


(aventura una)

Al mirarla, el león se sorprendió y saltó sobre ella. “Es una mariposa”, pensó, pero no. No era una mariposa. Era una florcita creciendo en los jardines de la casa. Por lo que la florcita se quedó temblando al igual que esas lombrices cuando se pierden entre las neblinas de la noche.

El león, al verla asustada, se le acercó dulcemente y le dio un beso . Al sentir el calor del rey de la selva, la florcita sonrió entre los duraznos que crecían cerca a las aguas del estanque, y le brindó igualmente su ternura.

De este modo, el león y la florcita se hicieron muy amigos.

Desde ese día, ella se enredaba en su melena y él caminaba sonriendo mirándose en los pequeños pétalos de su amiga, que parecían un espejo.

Hasta que una noche apareció la luna y comenzó a iluminar el amor que de ellos emanaba. La vida se hizo así muy hermosa para todos. Desde que el sol aparecía en los tejados, hasta cuando las estrellas se iban con las cosechas y los pasos de los ciegos. Y tanto el león como la florcita vivieron eternamente agradecidos a la luna, al rocío y al olor del café que emanaba de los molinos del abuelo.


(aventura dos)

La mirada del león era dulce y transparente. Junto a él, el loro se deleitaba con la miel que caía del panal de las abejas, mientras al otro lado del puente, el elefante jugaba con las hormigas en el bosque, y un poco más lejos, la serpiente parecía bailar cuando escuchaba los trinos del canario.

El bosque parecía así el primer día de la tierra naciendo en el Paraíso, pues los rayos del sol se asemejaban a los vuelos de las aves y las uvas a las miradas inocentes de los niños.

Una fragancia maravillosa, nunca antes conocida, inundó de pronto todo el viento, por lo que miles de animales salieron de los mares y comenzaron a bailar con los duendes y hormiguitas en las calles.

Fue así como divisamos a una sirena abrazarse con una luciérnaga en el río y a unos lobos mandarle miles de cartas a su abuela.

Todos –los osos, los venados, los conejos, los tigres, las marmotas- disfrutaban de ese día como si fuese la más bella primavera que hubiese existido en este mundo.

De pronto, una voz, como venida de muy lejos, se escuchó entre las hojas deliciosas de las frutas: “La vida no es tan fácil como creen. Cuídense, pues se parece más a las hogueras cuando crecen solitariamente debajo de los puentes”. Y sólo bastó escuchar estas últimas palabras para que todos volvieran a sus casas y trabajo, a pesar de la lluvia que caía. Y lo primero que hicieron fue plantar unas florcitas, para que jamás crezcan sombras o tristezas en sus almas.


(aventura tres)

Unas hojitas de eucaliptos descansaban sobre la melena del león, ahuyentando a los gorriones que trataban de jugar con el rey de la selva, el cual se había quedado dormido en la ribera de los ríos. Pero al escuchar el canto de sus amigos, se despertó lentamente, comió unas manzanas, y les preguntó: “¿Qué desean, amiguitos?”. Los gorriones le dijeran: “Queremos jugar contigo”.

El león les dijo: “Qué les parece si vamos a descubrir los caminos más secretos de este mundo, donde viven las cucarachas más coloradas y pequeñitas y los piratas más locos de la tierra”. A los gorriones les gustó la idea y aceptaron.

Cuando comenzaron a caminar la luz comenzó a oscurecerse, las aguas de los ríos a temblar y de los árboles comenzaron a caer frutas inservibles. Por lo que el león, un tanto asustado, llamó a su amiga, la florcita, la que vino de inmediato, y le contó lo sucedido.

La flor miró a través de las colinas y vio que unas casas se incendiaban, que unos relámpagos desfallecían en el cielo y que una lluvia inundaba todos los colegios de los niños.

El león, todavía adormilado, le preguntó: “¿Y ahora, qué hacemos?”. La flor le dijo, “Nada, sigamos caminando” Y así llegaron hasta un lugar donde todo era telarañas y tachos de basura.

Y cuando todos creían vivir el fin del mundo, el león se despertó completamente, vio miles de sombras a su lado, entonces dio un rugido inmenso que sonó como el trotar de los caballos, y llamó a los gorriones, sus amigos, diciéndoles: “Bueno, ahora que me han despertado totalmente vamos a cantar entre esos arbolitos que están al pie de los caminos, para que la soledad jamás invada nuestros sueños”.


(aventura cuatro)

Pensó el león que otra vez estaba soñando, por lo que abrió bien los ojos y se sorprendió al ver a su amiga, la florcita, creciendo del tamaño de los cerros, que lo envolvía y llevaba entre sus pétalos por el río iluminado de los cielos.

“¿Será así la felicidad?” se preguntó el león. Y después de un rato, casi sin querer, comenzó a pensar en las hormiguitas y los payasitos del domingo. Como no tenía ninguna compañía, salvo la flor que lo llevaba por el viento, se dijo: “Me convertiré nuevamente en el poderoso rey de la selva”. Y comenzó a comerse a los animalitos que encontraba en el camino.

La florcita, al ver lo que hacía su amigo no le dijo nada, lo abandonó en una cueva solitaria donde millones de hormigas y escarabajos empezaron a devorarse su melena.

El león, totalmente avergonzado, comenzó a correr por todas las colinas de la tierra para que no lo mirase nadie, hasta que llegó a una laguna que jamás había conocido, donde se recostó sobre un árbol sintiéndose el ser más desventurado de la tierra.

Después de mirar estrellas y cosechas quemadas en el campo, comenzó a llorar como un niño que lo dejan solo entre las sombras de la calle. “De qué vale ser feliz por un instante si voy a morir más solo que un mendigo”, se dijo. Entonces comenzó a enmudecer y a rezar a sus abuelos y a mirar cómo las nubes enrojecen en la noche. Le parecía que la tristeza cruzaba todo su corazón y lo dejaba en el País de las Nevadas.

Al verlo así, la florcita que había permanecido siempre entre sus ojos, le dio un abrazo y le dijo: “Ojalá aprendas la lección de no matar a nadie en el camino”. Y luego de un instante exclamó, “¡Mira el alba!, está otra vez creciendo en el horizonte de la tierra. Sé bueno y anda a jugar con los camaroncitos en el río”.


(aventura cinco)

La florcita estaba moribunda. De pronto sintió sed y le dijo al león: “Amiguito, alcánzame por favor un vasito de agua”. El león fue al río y lo encontró seco. Fue a otro río, y los encontró igual. Desesperado, atravesó todos los ríos de la tierra, y todos estaban secos.

Entonces recordó que cierta vez un mendigo, cuando estaba muy herido porque se le había incrustado una espina enorme entre sus patas, le había ayudado dándole agua de una cueva misteriosa. Por lo que regresó donde la florcita y le preguntó: “¿No te importa si te traigo agua de la cueva de un mendigo?”. Pero la florcita ya no respondía.

Entonces el león, desesperado, volvió a saltar todos los muros de la tierra y fue a buscar a los mendigos. Al encontrarlos, les preguntó si podían sacar agua de sus cuevas, pues su amiga, la florcita, estaba desfalleciendo. Pero los mendigos tampoco respondieron: estaban más secos que los ríos.

Entonces el león le habló al sol: “Señor mío, ten compasión de mi florcita, resucita a los mendigos y haz que saquen agua para ella”. Como por arte de magia los mendigos resucitaron y el león tuvo un balde lleno de agua entre sus manos. Por lo que fue donde la florcita y ella bebió el agua que los mendigos habían sacado de su cueva, por lo que volvió a reir y a bailar con sus amigos por todos los parques y colinas de la tierra.

Pero la florcita no sólo agradeció al león, al sol y a los mendigos que la habían hecho revivir, sino también a la hierba y al rocío, sin cuya amistad los mendigos no podrían tener agua en sus cuevas misteriosas.


(aventura seis)

El león estaba comiendo un poco de hierba en uno de los manantiales de la selva, cuando le pareció ver a un diablillo bailando en la entrada de su cueva.

Pensó: “¿No será la sombra de mi abuelo que trata de asustarme?”

Entonces alzó la vista y vio a la luna perderse entre las nubes. “Tal vez sea algún espejo roto que brilla confusamente en las colinas”. Por lo que tranquilamente volvió a su cueva donde esta vez vio, cerca de un árbol, a un cocodrilo conversar y reirse con los osos y las arañas.

“Debo estar loco”, se dijo, “para ver todas estas cosas que estoy viendo”. Pero pensando un rato se dijo: “¿No será la ausencia de mi amiga la florcita la que me hace ver todas estas sombras?”.

En ese instante un gato negro pasó cerca de su cueva. “No hay duda, es el demonio que me persigue”, se dijo. Y un tanto asustado sintió que su corazón se ponía más frío y duro que una piedra.

Entonces, temeroso, se fue a dormir bajo el único puente de su pueblo.

Y su sueño duró más de ocho días. Cuando despertó se sintió el animal más dichoso del planeta, pues, en el sueño, había conversado con los reyes magos de su infancia, que le habían llevado como obsequio a su amiga la florcita, por lo que se sintió seguro y alegre nuevamente.


(aventura siete)

La flor parecía un sol brillando en el patio de la casa. El amanecer más hermoso en los ojos de los niños. Y todo, porque la escarcha vivía alegremente en sus pétalos dorados y en los ojos alegres de los pobres.

Las ardillas también eran felices porque podían esconderse, tranquilamente, entre las hojas del geranio y comer sus avellanas sin que el lobo las moleste.

Así, todo el mundo podía mirar el sol y la luna en el camino. Y las abuelitas, mientras tejían chalinas a sus nietos, comer las ciruelas más rojas y sabrosas en el río.

Cuando de pronto las aguas de los lagos se convirtieron en la pompa de jabón más espantosa subiendo por los techos de las casas, por lo que los loros comenzaron a llorar y los canarios a caerse muertos en las faldas de los cerros.

La florcita, al comienzo, no sabía qué hacer frente a esta locura de la tierra, pero luego se le ocurrió llamar al león, el amigo más fiel desde el colegio.

“¡León, leoncito, ven pronto, ayúdame! ¡Que no se marchiten los helechos ni desfallezcan las azucenas en el parque!”. El león, que estaba a muchos kilómetros de distancia, escuchó los ecos de su amiga, y corrió pronto en su ayuda.

Cuando llegó los árboles se caían, los trenes se descarrilaban y los conejitos se morían. Entonces el león comenzó a rugir tan fuerte, pero tan fuerte, que la tierra comenzó a girar al revés y toda la tristeza se detuvo.

¿Qué fue lo que había sucedido? Que un gorila se había escapado de una jaula y había comenzado a contarles mentiras a los niños en el pueblo.


(aventura ocho)

Un conejito cayó a la tierra desde un árbol. El león y la florcita que estaban conversando en cómo hacer comprender a los hombres para que no maten más animales en el bosque, al comienzo se asustaron. Pero luego se rieron, porque el conejito había caído dando vueltas como un trompo.

Cuando el león y la florcita hablaron con el conejito éste temblaba como una hojita de laurel en las manos de la madre. Pero luego se tranquilizó porque el león y la florcita le dijeron que no se asustara, que con ellos nada le pasaría.

El conejito les contó que había subido al árbol para llevar algunas frutas a sus hijos, pero tropezó con una ramita puntiaguda y no pudo sostenerse y se cayó.

El león miró a la florcita de reojo y le dijo: “¿Le crees lo que cuenta?”. La florcita movió la cabeza y respondió: “No le creo. Creo que nos miente”.

El conejito se puso de rodillas y comenzó a pedir perdón por su familia. El león gruñó y le dijo: “Está bien, te dejaremos ir, sobre todo por tus hijos, pero no vuelvas a mentirnos”.

“¿Y cómo te has dado cuenta que te he mentido?”, dijo el conejito. A lo que la florcita respondió; “Porque los conejitos no se suben a los árboles, sólo las ardillas y los lobos hacen tales cosas, y los lobos lo hacen para comerse a las florcitas”.

Entonces el lobo, disfrazado de conejo, partió tan veloz que ni un rayo lo alcanzaba. Mientras el león y la florcita, comiéndose un mango, se mataban de la risa.


(aventura nueve)

El león recordó que había dejado a su cachorro entre unos matorrales y que habían pasado unas horas y no había regresado. Por lo que salió a buscarlo a pesar de la lluvia tan fuerte que caía. Pero se había olvidado que la florcita se había quedado dormida en su melena.

De pronto escuchó un ruido y creyó que era su cachorro, pero no, era una gaviota que tiritaba de frío entre las hojas de unos árboles. Entonces movió la cabeza tan fuerte que la florcita cayó contra una piedra y casi se desmaya.

La florcita lo reprendió y le dijo: “Los amigos no se portan de esa forma”. El león agachó la cabeza y no respondió nada, pero aturdido por todo lo que le pasaba, quiso atrapar un venado que corría entre los matorrales del camino. Pero no pudo, pues sus pisadas y su cólera lo delataron.

Preso de fastidio, el león que había vivido años por esos sitios, no podía darse una respuesta de dónde podía estar su hijo. Y era tanta su molestia que comenzó a maltratar a la florcita con la lluvia que caía.

Fue entonces cuando se dio cuenta que su cachorro estaba jugando en una colina con la sombra de su cola y que la florcita estaba sin poder hablar entre sus garras, por lo que la soltó y le pidió perdón por todo lo que le había hecho. Y fue tanta su rabia con él mismo que su corazón comenzó a sonar como los tambores de la selva.

Entonces la florcita miró el vuelo de una estrella, los ojos de los ciegos y sin decirle nada se dejó caer, nuevamente, en la melena de su amigo.


(aventura diez)

“¿Qué noticias nos traerán los arroyos y los ríos?”, dijo el león, al ver miles de mariposas de todos colores por el viento. La flor contestó: “¿No te das cuenta? Es la primavera que acaba de asomarse en la mañana”. Y el león se alegró, movió su enorme cola y sonriendo respondió: “Pero tú serás la única reina de este día”.

El corazón de la florcita saltó como las liebres en el campo y no supo qué decirle. Era tanta la dicha que tenía. Solamente atinó a mirar a las aves en el techo, las cosechas en el campo, los trigos en la aldea y dijo en voz alta: “Todos somos reyes y reinas este día”.

Luego le pidió al león que no se olvidara de los peces, del rocío de la tarde, del canto de los gallos, de los colores de las playas y del silencio de los zorros, porque ellos también ayudan a florecer la primavera, a traernos el mensaje de felicidad que todos deseamos en la tierra.

Y señalando la escuela de los niños, añadió: “Sin embargo, allí se encuentra la mejor primavera de la vida”.

Entonces todos los animales salieron y bailaron junto al arcoris que crecía y crecía por los puentes. Hasta las tortugas, que nunca salen de sus casas. se animaron a bailar con las luciérnagas y abuelitas en el bosque.


(aventura once)

El león, esa noche, pensó que era el final de su vida, pues el frío era intenso y creía que algún malvado se aprovecharía para matarlo.

Entonces se durmió y el sueño fue tan espantoso como el golpe de una piedra. Soñó que agonizaban perdices en el techo, que las palomas se ahogaban en el agua, que los caracoles se perdían entre las hojas de los árboles y que los gorriones se olvidaban de sus nombres en el viento.

Hasta que llegó la aurora en su sueño. Pero sucedió algo imprevisto, en vez de aparecer el sol o volar las aves, comenzó a crecer una inmensa llamarada por todos los lados de la tierra. Entonces el león llamó a la florcita para que lo acompañara, pero como el fuego no pasaba, decidieron esconderse en una cueva, esperando sobrevivir a tal desastre.

Así pasaron algunos años y el desastre no pasaba.

Pero cuando todo se calmó (se habían quemado miles de árboles y flores, habían desaparecido las escuelas y las casas de los niños), el león y la florcita salieron de la cueva y vieron que todo había cambiado en el camino. El bosque ya no era un bosque, sino era un barco destrozado. El viento ya no era el viento, sino una mariposa muriendo entre las zanjas. Y así sucesivamente.

El león no comprendía lo que veía, pues todo le parecía oscuro y misterioso. Cuando de repente escuchó unos pasitos lentos a su espalda. Se volteó y se quedó paralizado: era la florcita que llegaba bailando alegremente hasta sus ojos para despertarlo de su horrible pesadilla.

El león sintió, recién en ese instante, que sus ojos y su alma se habían vuelto más alegres. Entonces abrazó a la florcita y comenzó hacerle chistes y a bailar con ella en todas las calles y arroyos de su pueblo.


(aventura doce)

El león lloraba como nunca porque no había podido ver al sol asomarse en la mañana, por eso la florcita también estaba acongojada, sin embargo se mantenía fresca y llena de esperanzas. “¿Qué milagro es este –se preguntaba- que la tristeza de mi amigo me da fuerzas para vivir?” Porque cada vez que el león derramaba una lágrima, la florcita crecía y se ponía más fuerte y más hermosa.

Y esto era así, porque la florcita había nacido y vivido en un lugar lleno de pobreza, donde la basura y los mendigos crecían y morían por las calles, y eso le daba ánimos para comprender lo que es la tristeza en la tierra y saber cómo enfrentarla sin llenarse de amarguras ni rencores.

Entonces ¿entonces, cómo es que llegó a ser amiga del león si eran tan diferentes? Esto sucedió porque cierta vez el león la ayudó cuando más lo necesitaba: cuando en un día de invierno un viento terrible y muy helado estuvo a punto de ahogarla en una charca de su pueblo, y el león que pasaba en ese momento por allí la salvó con sus potentes patas. Allí comprendió que el león era bueno y luego se enteró que le tenía mucho cariño a las plantitas y que le gustaba ver paisajes y mares de todos los colores. Pero lo que no sabía el león era que, para vivir tranquilamente, no tenía que llorar, sino enfrentarse a la tristeza de la vida, a los malvados de la tierra, a esos que no nos dejan ver las playas o los caballitos cuando queremos jugar con los niños en vacaciones.

Y eso se lo explicó la florcita al león y éste comprendió lo que le decía su amiguita. Desde ese día el león ya no llora más cuando no ve el sol en la mañana, sino que canta con las abejitas en el campo. o baila con las palomitas en el parque y les da de comer a sus hijitos en el nido.

Desde entonces, el león parece vivir en el reino de los cielos.


(aventura trece)

Era una mañana tibia, los vientos se colaban suavemente por todas las hojas de los árboles, cuando el león rugió con toda su furia. Al parecer le molestaba que los niños jugasen a los trompos y a las escondidas en las calles pues no lo dejaban descansar. Pero no sólo era eso. También le mortificaba que la lluvia cayera haciendo huecos en el techo de su casa. Por lo que decidió caminar, para que se le pasara la cólera, un largo trecho,. con sus ojos molestos y encendidos.

La florcita, que estaba en su ventana viendo cómo comía lechuga la tortuga, se dio cuenta que su amigo estaba lleno de rencores contra todo lo que sentía y escuchaba, entonces lo llamó y trató de calmarlo con algunas palabras cariñosas, pero el león no entendió, volteó la cabeza y se puso más furioso.

La florcita se asustó un tanto porque jamás lo había visto en este estado y pensó que podía volver a matar a las mariposas o venados, por lo que decidió acompañarlo a dar unas vueltas por el bosque. Pero el león no quiso. Decidió irse y caminar solo.

Estaba por un lugar desconocido cuando se encontró con un conejo que había caído en una trampa. Entonces pensó; “A este me lo como”. El conejo, al ver los ojos llenos de fuego del león, le dijo: “Señor, Rey de todos los animales de la selva, los hombres, me han hecho caer en esta trampa y yo quisiera, como tú eres poderoso, me salvaras, para vivir con mi familia”. El león no supo qué hacer al escuchar estas palabras. Dudó por un instante. Pero, finalmente, a pesar que estaba furioso y muy hambriento, sacó al conejito de la trampa.

Como la florcita era muy astuta, había seguido al león desde que había salido de su casa y al ver lo que había hecho lo llenó de besos y caricias, y desde entonces caminaron juntos para siempre.


(aventura catorce)

El león se sacó las legañas de los ojos, trató de mirar el horizonte, pero no pudo, porque las luciérnagas y los miles de bichitos que hay en el aire se lo impedían. Y cuando se enteró de esto el avestruz, el caimán y el canguro se rieron del rey de la selva, porque creían que se había quedado ciego, y ya no podría caminar ni bailar más con las tortolitas en el día.

Entonces el león trató de mirar de nuevo el horizonte, pero esta vez era la florcita la que le impedía ver el cielo, al pararse delante de sus ojos y abrir sus pétalos como un abanico gigantesco. El león, furioso, trató de arrancarla de un zarpazo. Pero se detuvo, porque sabía que podía hacerle daño.

Decepcionado de no poder mirar bien el mundo, el león se marchó de su cueva y comenzó a pensar cómo podía deshacerse de su amiga, la florcita, y de los miles de bichitos que no lo dejaba mirar bien el horizonte.

Hasta que llegó la noche y el león no tenía ninguna respuesta a su pregunta. Solamente recordaba que todos los animales, incluso su amiguita, se habían burlado de él todo el día. Por lo que desesperado comenzó a correr por los caminos más sombríos de la tierra. Pero en vez de sentirse mejor sentía que su alma y su corazón se desmayaban, y que la confusión lo ponía más nervioso.

En esa loca carrera tropezó con un espantapájaros, de donde brotaron miles de abejitas que también se burlaban del león, diciéndole: “¡Tú no puedes ver el mundo!”. Pero antes que el león reiniciara su carrera, el espantapájaros lo cogió del hombro y le dijo: “Amigo mío, ten paciencia, corriendo no vas a resolver los problemas de tu vida”. El león hecho una furia le contestó: “¡Y tú qué sabes de la vida, si no eres más que un muñeco de trapo lleno de paja quemada que no sirves para nada, sólo para asustar a las moscas y gorriones!”.

El espantapájaros, alzando aún más sus brazos, le respondió: “Eso es lo que tú crees, pero no te olvides, yo antes fui un jardinero y llené de alegría la vida de los hombres”. El león, esta vez, se mató de la risa , tanto que no sabía cómo detener su enorme melena que parecía se le iba por los árboles del bosque. Cuando de pronto, de los ojos del espantapájaros salió la florcita y comenzó a cantar las canciones más hermosas aprendidas en la infancia.

El león, asombrado, no supo qué hacer ni decir. Sólo pidió perdón y se metió al río para que se le pasara la cólera y la molestia que tenía.


(aventura quince)

Caminaban cerca de unos cerros el león y la florcita, conversando sobre los últimos día del colegio y cómo habían podido resistir tanto al profesor de Matemáticas, cuando de pronto vieron encenderse algo entre unos arbustos de los cerros, tanto que la florcita dijo: “Parece un dragón vomitando fuego a las estrellas”. Y el león contestó: “No, parece un ángel enfurecido”.Para salir de dudas, el león y la florcita, en vez de correr, se acercaron hasta donde salía esa luz potente que parecía quemar todos los nidos de las palomas.

No bien llegaron al lugar, la luz comenzó a reflejar sus rostros en el viento. De pronto salió un hombrecito, que mirándolos les dijo: “¿Qué hacen por estos lares?”. El león y la florcita se quedaron asustados un instante pues el hombrecito tenía un solo ojo en la cara, seis manos y ocho pernas y tres cabecitas tan grandes como una sandía, pero luego de respirar tranquilamente respondieron: “¿Y tú, quién eres?”. “Yo me llamo Luciano”, contestó el hombrecito, “¿y ustedes, tienen nombre?”.

Ni el león ni la florcita respondieron. Más bien la florcita dijo: “Pareces muy cansado, ¿vienes de muy lejos?”.Luciano contestó: “Sí, vengo de muy lejos”. “¿Y no tienes miedo de perderte?”, preguntó el león. “No”, le dijo el hombrecito, “estoy acostumbrado a estas largas caminatas, pues hace trescientos mil años viajo por todo el universo, y lo que veo es que la tierra no ha cambiado mucho, más bien hay más niños pobres y desnutridos y muchas guerras entre ustedes”. Y comenzó a dar unos saltitos y unos grititos muy graciosos de los cuales parecían salir caracoles y limones en el alba.

El león y la florcita también rieron. Pero pensaron: “Este hombrecito nos quiere tomar el pelo”. Por lo que la florcita le preguntó: “¿Y qué haces en la tierra?”. Luciano se acomodó una especie de corbata que tenía de varios colores y respondió: “Hace tres años que ando buscando a un amigo por estos sitios, pero lamentablemente no lo encuentro. ¿No pueden ustedes ayudarme a encontrarlo?”.

El león y la florcita le dijeron: “No podemos, tenemos que darle de comer a nuestros padres”. Luciano comprendió, y antes de despedirse les dijo: “No importa. Pero no se olviden que vendré dentro de otros trescientos años y ojalá esa vez si puedan ayudarme”. Y mirando su reloj cuadrado como un huevo se marchó en una motocicleta que se parecía al platillo volador de los marcianos.


(aventura dieciséis: las cartitas)

Estimada Florcita:

El otro día te vi correr por el parque, parecías un pajarito persiguiendo gusanitos en el viento. Después te soñé jugando a las escondidas con las nubes. Después recogiendo naranjas y melocotones en el río. Luego te vi pasar otra mañana en medio de la lluvia: ibas con tus amiguitas a la iglesia, parecías una ovejita asustada. Sé que te gusta la danza, las estampitas de mil colores y los payasitos de los circos, y de vez en cuando, mirar el mar y bailar con todas las gotitas de rocío. A mi me gusta el fútbol y ver cómo crece el arcoiris por el cerro y perderme por los arroyos de la selva. Algún día debemos ir al cine y después bailar en las casas de los hombres.

Querido Leoncito:

Me gustó mucho tu carta, me parecía que estaba saboreando un helado de fresas. De noche, para que mi abuelita no la encuentre, la guardo debajo de mi almohada, y en las mañanas las llevo entre mis pétalos amarillos. Estoy a punto de dormirme y siento que mi corazón se llena de conejitos bailando por el viento. Es verdad, me gusta la danza, la lluvia y los payasitos de los circos, los recreos y los pasteles se chocolate en la tarde, pero también salir algún día reina de la primavera par que todos los canarios y canguros bailen en el bosque. Pero hay algo que odio con todas mis fuerzas: las mentiras y los chistes malos en la noche.


(aventura diecisiete)

El león se encontró una tarde con la florcita a la orilla del río, tratando de cruzar el puente, y después de mirarla dulcemente le preguntó: “¿Dónde vas mi buena y hermosa amiga?”.

La florcita respondió: “Voy al más bello de los mares, donde los barcos se parecen a la luna”.

“¿Y qué vas a hacer allí?”, preguntó el león todo intrigado. “Voy a cantar para que todos los niños puedan vivir y soñar como los más hermosos pescaditos en el agua”, respondió la florcita, mientras se le encendían los ojitos de alegría.

“Te felicito”, le dijo el león. “Pero te falta algo que seguramente no has pensado”. “¿Qué cosa?”, dijo la florcita.

“Cuando cantes –dijo el león- no dejes que los niños caminen por las caminos solitarios de la tierra, ni que se sientan solos en los muelles de la tarde, ni que sus canarios se mueran en las jaulas, porque si no consigues nada de esto, el cielo no será nuevamente dichoso por los campos, y yo jamás volveré a conversar contigo y me convertiré en el mendigo más pobre de este mundo”.

La florcita no contestó nada, pero comenzó a saltar como una loca de contenta, pues todo eso lo iba a hacer, pues ya se lo había imaginado.


(aventura dieciocho)

Después de beber un poco de agua, mirar la luna ocultarse entre los árboles del bosque y los frutos que comenzaban a dormirse en la casa de su abuela, la florcita le dijo al león: “El sol va a salir este día de noche”.

El león la miró asombrado, al principio no le dijo nada, pero después le respondió: “Eso me lo dijiste el año pasado y nada sucedió”. La florcita miró la ventana por donde pasaban unas perdices y sin mover su cabecita le dijo: “Los gallos están cantando por el cielo”.

El león se sorprendió aún más y le preguntó: “Amiguita mía, ¿estás loca o estás soñando con los duendes”. La florcita siguió mirando la ventana por donde caminaban unas arañitas, y con cara de pocos amigos, contestó: “Escucha a las palomas, están descubriendo las playas y dándole de comer a los caracoles”.

El león ya no sabía qué hacer ni decir. Sólo atinó a preguntarle; “¿No será que todavía sigues durmiendo o tal vez viajando por el espacio?”. La florcita no hizo caso. Entonces comenzó a limpiar unos limones y exclamó: “Amiguito león, mira las nubes, están naciendo gordas y rosadas”. Y comenzó a masticar unas hojitas de coca mientras leía una revista.

El león no aguantó más, porque creías que se estaba burlando de él. Agarró unas manzanas y se marchó de la casa sin despedirse.

Pero sucede que el sol salió, efectivamente, ese día de noche. Y los gallos cantaron en el cielo. Y las palomas descubrieron las playas y les daban de comer a los caracoles. Y las nubes nacían gordas y rosadas. Pero lo más curioso fue que los fantasmas se parecían a los perros y los sapos cantaban en las aguas más lejanas de los bosques.

Entonces el león corrió donde la florcita, que estaba jugando a las escondidas con los enanitos en el circo, y la abrazó cariñosamente, diciéndole. “Te felicito, florcita, eres la más sabia del universo, porque todo lo que has dicho se ha cumplido”. Y luego de un momento le preguntó: “Ahora, querida amiguita, ya que sabes tanto de la vida, podrías decirme ¿cuál va a ser mi futuro?”.

La florcita sonrió como si no escuchara nada, devolvió el abrazo a su amigo el león y le invitó una copita de guinda, que bebieron con los enanitos del circo, mientras seguía leyendo el libro de cuentos y adivinanzas que le había regalado su abuelo en la mañana.


(aventura diecinueve)

En la puerta de su casa una niña llamaba a la gente: “¡Vengan, vengan, miren este gatito de mil colores!”. La gente comenzó a acercarse y también la florcita y su amigo el león, para ver si era verdad. Pero al llegar no vieron más que una simple pulguita saltando entre las manos de la niña. Para seguirle la corriente la florcita le dijo: “¡Qué hermoso gatito, y sus colores qué bellos!”. A lo que la niña respondió: “Y eso que no han visto la tortuga que camina parada por mis sueños”.

El león preguntó: “¿Y puedes contarnos tu sueño?”. La niñita contestó: “Por supuesto, y gracias leoncito por hacerme esa pregunta”. Y comenzó a contarles la historia de su sueño.

“Era una mujer muy hermosa y la dueña de todos los animales del bosque. Un día, caminando por un río se encontró con una tortuga que le dijo ser hermanita de la luna y las estrellas y que para llegar a ese río había tenido que luchar contra miles de tigres y dragones”.

La niña calló de pronto y muy seria les dijo: “Mejor les cuento otro sueño, porque éste es muy largo y triste”. Y dejando de comer su caramelito de limón comenzó a decir: “Iba por un camino y me encontré con una luz que brillaba en el fondo del mar, cuando me acerqué a ver esa luz me di cuenta que eran miles de caracoles naciendo…”.

La niña hizo un silencio nuevamente, comenzó a bañar a sus perritos, acomodó unas revistas que tenía a su costado, y comenzó a sonreirse con las sombras de los árboles. “Disculpen, amiguitos míos, dijo, este sueño no lo recuerdo bien. Pero ahora si les prometo contarles la verdadera historia de mi sueño”. Y mientras daba de comer a sus pollos y pulguitas, dijo:

“Era una noche muy negra, cuando detrás de la puerta de mi casa se me apareció una bruja. Parecía sumamente cansada, como si hubiese perseguido gatitos y ratones en el techo, entonces…”. Y volvió a quedarse callada.

Entonces la gente comenzó a irse y el león y la florcita le dijeron: “Niñita, eres una gran mentirosa. Tú no has soñado nada. Y no lo has hecho porque tú eres la misma bruja de tus sueños”. La niñita desapareció por encanto de la calle. Entonces el león y la florcita se marcharon a darle de comer a sus canarios que habían comenzada a cantar entre los manzanos de sus casas.


(aventura veinte)

El león estaba asombrado por el aroma que emanaba de las rosas, por lo que decidió coger una de ellas y llevársela como regalo a su amiga, la florcita, la cual estaba descansando en uno de los árboles del huerto de su abuelo.

Después de saludarla, le dijo: “Hace lunas que no nos vemos”, y la invitó a dar un paseo por el río. Cuando estuvieron en el puente, el león le dijo: “Te obsequio esta rosa”.

La florcita le agradeció, pero un poco molesta le dijo: “Así que ahora miras a otras niñas”. El león trató de explicarle cuanto la estimaba y qué significaba ese regalito. Pero la florcita miraba a otro lado y no entendía nada.

Entonces el león se fue entristecido, mientras la florcita discutía hasta con su sombra.

Estaba en esa pelea, cuando escuchó unas pisadas sospechosas. Era el león que tranquilamente regresaba. La miró, la besó dulcemente en la frente y le dijo: “No seas boba, mi querida amiga, tú eres la florcita más maravillosa del planeta y a la que querré todos los días de mi vida”.

La florcita se puso colorada y no teniendo nada que decirle le dijo al oído: “Creo que se acerca la noche y vienen unos cazadores”. El león comprendió lo que trataba de decirle la florcita, la agarró de las manos y se fueron al cine y después visitaron al viejo canguro, a quien invitaron un helado en el parque, donde conversaron largamente de todas las cosas que sucede en la vida. De este modo el león le hizo olvidar a su amiga, la florcita, su tonta molestia.

Lima, 2006


Juan Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
http://es.geocities.com/juancristobal2001

 
PORTADA JUAN CRISTOBAL