Juan Cristóbal - rodelu.net |
16 de septiembre de 2007
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Años después
“sieteraíces”
la memoria es para mi como la temerosa luz que alumbra
un sórdido museo de la vergüenza.
Ernesto Sábato (El túnel)
Años después
a Claudio Velando
Cuando Jorge se decidió a participar esa madrugada en el asalto a un Banco, para apoyar las guerrillas que se habían desatado en su país, aquel junio de 1965, no sospechaba lo que le ocurriría ocho años después.
Juan Cristóbal
Estudiante de los primeros años de Sociología, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Jorge había incursionado, por razones económicas, como redactor en un diario local, lo que no le complacía del todo, especialmente por el ambiente mediocre, parrandero y arribista en que se movía.
Jorge era nisei. De contextura gruesa y ligeramente alto, de huesos aparentemente fuertes, su mirada nos transmitía la sensación de un fuego lento, lleno de ingenuidad, inocencia y ternura. Tenía dos hermanas, con una de las cuales -la mayor- se llevaba muy bien, lo cual era notorio especialmente cuando lo llamábamos por teléfono. Sus padres eran propietarios de un pequeño restaurante, bastante deteriorado, ubicado en una antigua urbanización a la salida de Lima, donde a la vez, que trabajaban, vivían con sus tres hijos. Como buen oriental, Jorge era disciplinado y enemigo de la bohemia, pero, cuando por razones de amistad tenía que hacerlo, le agradaba divertir a los demás haciendo desaparecer moneditas y palitos de fósforos entre sus dedos, en medio de un silencio tenue e insospechado, ya que era tímido y de poco hablar, incluso con sus compañeros de militancia.
Por esos días, a sus 22 años, tuvo -¡cómo no recordarlo!- su primera enamorada, una joven andina de "junco y capulí", como le gustaba remarcar, recordando al poeta de Santiago de Chuco.
Cuando el líder del grupo dio la orden de conseguir un carro para el asalto -eran como las tres de la madrugada de ese recordado 15 de julio- Jorge se ofreció de inmediato. Junto a él, un argentino y un joven poeta de una provincia cercana a Lima. A las cinco de la mañana regresaron con el carro, no sin antes haber explicado al chofer el porqué de su acción y las guerrillas en el país. Por supuesto, le guardaron el reloj y otros objetos de valor en uno de los bolsillos del pantalón, le pusieron un esparadrapo en la boca y le amarraron las manos y los pies con una soguilla de encomienda, abandonándolo en una chacra a las afueras de Lima, dejándole cinco soles en su monedero para su regreso, advirtiéndole que a las once de la mañana podía recogerlo en las puertas del cine Roma, que por esos días estaba proyectando una película de Jean Paul Belmondo y Jean Gabin, "Un mono en invierno", la cual había desatado el entusiasmo y la delicia, especialmente de los jóvenes universitarios bohemios.
El asalto se efectuó a las 8.30 de la mañana. A las 10 ya estaba todo terminado. Tal vez en lo único en que no repararon fue, cuando antes de regresar al lugar convenido, una señora de unos 75 años, que iba con su canasta al mercado, pasó por el lugar mirando desaprensivamente las lunas delanteras del carro. Después diría a la policía: "lo que más me llamó la atención fueron los ojos almendrados del chofer". Sin darse cuenta había retratado al joven escritor, que luego se haría famoso en los diarios de la época como "el poeta de los ojos almendrados".
La alegría fue tanta que, las tres fracciones que habían participado en el asalto, se repartieron, con vivas a Marx y a las futuras huelgas obreras, el botín de la revoluciòn.
El chofer del carro asaltado, atado y abandonado en las afueras de Lima, se pudo liberar de las ataduras como a las seis de la mañana, dirigiéndose a la comisaría más cercana, con los cinco soles que le habían dejado, donde denunció lo acaecido. El comisario no le creyó en absoluto al principio y más bien ordenó detenerlo "por razones de seguridad". Pero cuando se enteró que el carro pertenecía a un coronel de la policía mandó investigar inmediatamente el caso y a dos subalternos indagar urgentemente sobre el paradero del vehículo.
En el interrogatorio al taxista se demostró lo inevitable: la participación de Jorge en el asalto al carro. Y es que el chofer lo reconoció -a pesar de la pequeña gorra verde que llevaba puesta y que él trataba que le cubriese el rostro- no porque eran amigos o conocidos, sino porque el chofer vivía cerca de la casa de Jorge y almorzaba todos los días, al comenzar el filo de la tarde, en el restaurante de sus padres, donde lo veía entrar todos los dìas apurado y lleno de libros a esa hora.
Con ese dato, la policía y el chofer se enrumbaron al restaurante de los padres de Jorge. Llegaron un poco antes de las dos y pidieron, para pasar inadvertidos, una cerveza. Al rato, con gran suerte para ellos, apareció, agitado, Jorge. Pensaba sacar algunas ropas y libros y pasar a la clandestinidad. Pero no pudo. La policía lo capturó antes de despedirse de sus padres.
Jorge fue reconocido repetidas veces por el chofer, esta vez, en las oficinas de la PIP, por lo que tuvo que aceptar su participación en el asalto al carro. Posteriormente, y sin prueba alguna, su complicidad en el asalto a la agencia bancaria, lo cual no era exacto, ya que no habìa sido parte del grupo que lo habìa realizado. Todo era una jugada de la propia policía, castigos fìsicos de por medio, para comprometerlo màs y para quedar bien frente a la opinión pùblica y los altos mandos de su instituciòn. De esta forma pasò al Poder Judicial con el atestado respectivo.
Después del juicio respectivo, Jorge pasó siete años en cárcel. Jamás se le desapareció, ni en sueños, el rostro del chofer. Y no habría de olvidársele jamás.
Cumplida la condena Jorge salió de prisión. Su primera enamorada, a propósito de los sucesos, lo había abandonado, pero como recibió visitas del Comité de Defensa de los Derechos Humanos, se habìa enamorado de una joven profesora que lo frecuentó religiosamente. Al año de salido le propuso matrimonio, el cual no fue rechazado. Todo lo contrario: fijaron inmediatamente la fecha: un sábado de ese año, del mes de noviembre, a las doce del día.
El día del matrimonio, el alcalde, amigo de los padres de la novia, los esperaba impaciente. En el momento de salir para la Municipalidad del distrito donde tenìan su negocio los padres del novio, Jorge le dijo a su futura cónyuge: "Apúrate, estamos sobre la hora", por lo que salieron casi corriendo de la casa, donde habìan convivido algunos meses.
Tomaron entonces un taxi -ella indicó dónde debían ir- y se fueron a la Municipalidad. Como el carro iba demasiado lento (el tránsito era insoportable pues incluso los sábados las oficinas públicas trabajaban) Jorge volvió a hablar, esta vez al taxista, con la misma pausa de siempre: "¿Podría apurarse un poco?". El taxista ni lo miró. Siguió manejando con la misma lentitud con que lo venía haciendo y que no era, por cierto, por su culpa.
Jorge optó por no volver hablar. Miró el sol tibio y las calles sucias de Lima, y comenzó a hacer lo que más sabía en esas circunstancias: trucos con algunas moneditas entre sus manos.
Cuando llegaron a la Municipalidad, Jorge volvió a dirigirse al taxista, con una voz casi displicente: "¿Cuánto le debo?", y bajó la vista como si algo se le hubiese extraviado. El taxista volteó su rostro sudoroso, lo miró y le dijo: "Nada". Jorge, sorprendido, fijó la vista en el chofer, entonces recién se percató que era el mismo hombre que había asaltado, esa madrugada del 15 de julio, hace ocho años, cuando se decidió apoyar las guerrillas que se habían desatado en su país, y que por su culpa había pasado siete años en cárcel.
Juan
Cristóbal
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