Los nuevos conquistadores
Cuando llegaron los conquistadores españoles, aparte de expropiarnos las
riquezas materiales, nos expropiaron también, como dijera Manuel Scorza, una
enorme riqueza espiritual: la palabra. Lo cual significó, entre otras cosas,
manipularnos (deformándonos) el pasado y la memoria. Cosa que siguen
haciendo, como veremos, por otros métodos, pero con los mismos objetivos,
los nuevos conquistadores.
Juan
Cristóbal
Escritor peruano, premio nacional de poesìa 1971
Pero, ¿por qué es importante luchar por la palabra? Porque es recuperar
nuestra identidad. Nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestras utopías.
Porque la palabra, en la actualidad, y eso lo saben los nuevos
conquistadores (y si no lo reconocen, se hacen los olvidadizos), es
imaginar, con nuestras obras, nuestro futuro y, de igual manera, poder
corroer y denunciar, como lo hace Galeano o Mafalda, el poder globalizador
del imperio y sus infernales circuitos financieros y comerciales, tan
metidos en las decisiones políticas del mundo entero, junto con sus aparatos
de espionaje y militares.
Esto significa que, desde nuestro trabajo literario, es posible cuestionar
el sistema explotador y desarrollar una literatura popular y nacional, sin
ningún tipo de recetas, en contraste con la literatura antinacional que
producen los nuevos conquistadores con el adalid Vargas Llosa a la cabeza, y
sus magros servidores como Ampuero, Roncagliolo, Bayly, entre otros.
Este trabajo de formar la conciencia de nuestro pueblo es clave para el
futuro, por varios motivos: porque es educar y sensibilizar a las grandes
mayorías de la explotación a que hemos sido y somos sometidos (tal como lo
hicieron Arguedas, Ciro Alegría y Vallejo), porque nos permite poner sobre
el tapete los intereses de los antinacionales, y porque nos permite ligar el
descontento de las luchas populares contra las clases dominantes y la
ambigüedad de tantos progresistas que se dicen de izquierda.
Y esto no es nuevo. Se dio desde comienzos del siglo XX, cuando Mariátegui,
y antes los anarcosindicalistas, y después los intelectuales y literatos,
estaban en el campo popular, defendiendo no sólo con su obra, sino también
con sus vida sus ideas. Basta recordar al grupo Orkopata, a los Poetas del
Pueblo, por los años 40, que, si bien, militaban en el APRA, cuando se decía
antiimperialista, luego muchos se separaron y pasaron a diversas filas de la
izquierda, y cómo no, al Grupo Primero de Mayo, y después al poderoso grupo
Narración, de los años 70, con el que algunos fundadores ahora discrepan,
finalmente tenemos a Gleba, Piélago, Estación Reunida, Hora Zero, grupos
pequeños pero que no estuvieron al margen de las ideas socialistas.
Recordar, igualmente, a poetas del 50 como Gustavo Valcárcel, Alejandro
Romualdo, Juan Gonzalo Rose, Paco Bendezú quienes militaron o estuvieron
cerca del PC, a Washington Delgado, Sebastián Salazar Bondy, que
desarrollaron una labor creativa en las filas de la izquierda, si bien no
orgánicamente, pero si en favor de los derechos humanos, de la amnistía a
los presos políticos, en la lucha por el petróleo y en su labor
antiimperialista verdadera. En algunos casos no sólo acompañaron, sino
estuvieron en la vanguardia de esas luchas. Recuerdo, por los 80, a don
Mario Florián expulsado del magisterio por participar en las luchas del
SUTEP. Y antes, a Carlos Oquendo de Amat, comunista de carne y hueso,
muriendo pobre en París, con su camisa roja, por sus ideas, y a Xavier
Abril, olvidado por la crítica y la historia. Y a muchos más.
Y cómo no rememorar a Javier Heraud, Edgardo Tello, asesinados por ser
guerrilleros, paradigmas de nuestra época. A Leoncio Bueno, asaltando bancos
para el levantamiento de Hugo Blanco. Al suscrito, haciendo lo mismo, para
las guerrillas del 65. A Juan Ojeda, preso en Brasil, por cooperar con los
guerrilleros brasileños. A Cesáreo y Gregorio Martínez, Jorge Luis Roncal,
Gonzalo Espino, Esteban Quiroz (de la editorial Lluvia), Hildebrando
Pérez Grande, haciendo huelga de hambre a favor del SUTEP. Y así podríamos hacer citas
interminables de diversos intelectuales y artistas en actividades a favor de
la causa popular. Nombres como Rodrigo Montoya, Delfina Paredes, Manuel
Acosta Ojeda, no pueden pasar desapercibidos en esta causa que tanto
condenan y asustan a los nuevos conquistadores.
Es decir, la relación de los intelectuales y literatos con la izquierda no
es reciente, ha sido histórica desde los años 20 por lo menos, sin mencionar
a Mariano Melgar. Ha existido siempre una vinculación con la clase obrera y
la mayoría explotada. Y esto, por una sencilla razón. Porque en el Perú,
como en otros países, hay dos grandes cosmovisiones, producto de la lucha de
clases (que tanto atemorizan a los nuevos conquistadores): la del
mantenimiento del sistema y la del cambio y la rebeldía. Si tuviésemos que
graficar en nombres estas cosmovisiones diríamos que Vargas Llosa y sus
adláteres pertenecen a la primera y Vallejo, Arguedas y los actuales
socialistas a la segunda.
Todo lo cual significa que algunos intelectuales y artitas se la jugaron
para construir una patria justa, humana y solidaria. Mientras otros, bien
gracias. En sus torres de marfil, escapándose de la realidad. O, como en la
hora presente, tratando de idear una cultura transnacional, marginando o
ninguneando a las culturas nacionales. Como bien lo expresa en un artículo
anterior Fernández Cozman, cuando se refiere a Vargas Llosa y lo trata de
"intolerante". Yo diría, fundamentalista de derecha.
Papel de los nuevos conquistadores
El papel de Vargas Llosa y sus seguidores es legitimar, pues, la cultura y
la literatura imperial globalizadora, robándonos la palabra (como los
antiguos expoliadores) a través de los diversos medios de comunicación y
editoriales, para imponer de manera imperiosa una visión maniqueísta y
antihistórica.
Y esto lo hacen, según sea el autor, de diversas maneras. Vargas Llosa lo
hace abiertamente, mientras los suyos congelan el sistema manteniendo un
perfil bajo o no cuestionándolo abiertamente (Iván Thays), cuestionándolo en
el bar o en los cafetines, exponiendo mentiras respecto a las luchas
populares y su violencia revolucionaria (Roncagliolo y Cueto), avalando el
arribismo, la frivolidad, el individualismo (Bayly, Ampuero). Y todos ellos,
distorsionando y caricaturizando la ideología del socialismo y entregándose
totalmente al enemigo, ya alquilándose y vendiéndose (como Thorndike, en
tiempos de Fujimori), en soledad (o en la cocina, como Hinostroza), en
angustia permanente o en un infinito pesimismo.
De donde se desprende que, la lucha contra esta cosmovisión e intelectuales
y literatos, tiene que ser permanente, justa y necesaria. Respetando,
evidentemente, las formas de respuesta, porque son polos contradictorios de
nuestro proceso cultural y literario (como lo fueron Sánchez y Mariátegui).
Pero confrontándola permanentemente, aun cuando nos nieguen, bajo diversas
modalidades, las posibilidades de respuesta en sus blogs o portales
respectivos. Mantener la llama viva de esta respuesta es ser consecuentes
con la historia del país, con el futuro de nuestro pueblo y con tantos
mártires que murieron y desaparecieron. Porque cuando llegue "la hora de los
hornos" no quisiéramos festejar la Toma de la Bastilla, sino la Toma del
Poder por los Bolcheviques.
Lima, 6 de noviembre de 2007