Juan Cristóbal Juan Cristóbal - rodelu.net
18 de noviembre de 2007

Poderes celestiales I

El sufrimiento
Juan Cristóbal
Escritor peruano, premio nacional de poesìa 1971

Cristo moría en la cruz. Antes de hacerlo, miró el cielo, el sol que se ocultaba, las nubes que corrían, las estrellas que volaban. A la luna, la vio apenas, a través de una higuera, donde vivía, solitario, un gorrioncillo. Al pie de su calvario, su madre y su amada Magdalena, rezaban, acongojadas, el rosario.

De pronto, la madre estalló en llanto descontrolado. Entre tantas lágrimas se preguntaba, mirando al hijo en sus maderos: “¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Se merecen esto los malditos y pecadores?”.

Cristo bajó la vista. Vio infinidad de hormiguitas ir y venir detrás de las piedras y los matorrales secos del desierto. Cuando escuchó la voz ronca de su Padre: “¡Hijo, resiste, ten fe y vencerás a tus enemigos!”.

Cristo respiró hondo, miró al costado y le dijo a otro de los crucificados, a quien no había tenido el gusto de conocerlo, pero sabía que era un ladrón de sietesuelas: “No te preocupes, hermano mío, al tercer día nos encontraremos”. El ladrón no llegó a entenderlo. Pensó que hablaba solo. Entonces volvió a cerrar los ojos.

Cuando de pronto Cristo alzó la voz y gritó como nunca lo había hecho: “¡Tengo sed! ¡Tengo sed!”.

Los guardias, al principio, se asustaron. Luego de la sorpresa y de la tormenta que comenzaba a desatarse, de forma grotesca lo punzaron con sus lanzas a la altura del corazón, introduciéndole en la boca, instantes después, un pedazo negro de algodón con un poco de vinagre. Como Cristo rechazara violentamente dicho ofrecimiento, el guardia más viejo le preguntó, con su voz de emolientero envejecido: “¿O querrás un poco de yogurth?”.

Cristo alzó la vista nuevamente al cielo. No vio nada que lo preocupara. Solamente atinó a responder con esa voz que nos sale cuando la ternura se instala en nuestros ojos: “¿No tendrás una cervecita?”. Y murió.


El candidato

Creyó que podía ganar nuevamente la presidencia de su país en las próximas elecciones. Por lo que hizo nuevas aperturas ideológicas, nuevas interpretaciones de la realidad, nuevas alianzas institucionales. Hablaba que su sueño mayor era comandar un país justo, libre y solidario, que apareciera en todos los medios de comunicación.

Los obstáculos que se le presentaban para su reelección no los aceptaba. “Es preciso tener una gran idea crítica y una enorme imaginación para tirar por la borda todos los sinsabores que se pongan por delante”, decía a sus partidarios, quienes, felices, le daban palmaditas en el hombro, lo aplaudían, le ayudaban a repartir sus almanaques y se desvivían por él.

Por eso, cuando hablaba en las conferencias, se presentaba con una voz moderada y con un terno bien planchado, aunque algo gastadito, “para impresionar a las mayorías”, exclamaba, socarronamente, por lo bajo.

“Nuestra voz, es la única transparencia”, era su lema de campaña.

En las polémicas con sus opositores jamás presentó ofrecimientos inaceptables o argumentos mentirosos. Todos entendían su gran refinamiento político y su honestidad humana. Esa era la voz que querían escuchar con miras al futuro.

Hasta que llegó el día de su mitin mayor, donde plantearía todas sus decisiones últimas y la elaboración de un programa político a grandes plazos. Cuando entró a la plaza pública –ágora, repetía él, como los filósofos griegos- vio extendida varias banderolas de su partido que le dieron la impresión de cubrir el cielo como palomas. Pero cuando se puso los anteojos, se dio cuenta que eran pequeñas banderitas flotando como pedacitos de algodón en las manos de su esposa y de sus hijos.

Lima, 30 de octubre de 2007


Juan Cristóbal
juancristobal2001@yahoo.es
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