Juan Cristóbal Juan Cristóbal - rodelu.net
25 de noviembre de 2007

Poderes celestiales II

El imperio
Juan Cristóbal
Escritor peruano, premio nacional de poesìa 1971

Antes que nuestros recuerdos nacieran y las lluvias y estrellas fecundaran los huertos y los campos de los abuelos, ya existían muchas máquinas, grandes empresas financieras, ganancias celestiales y hartos esclavos y cárceles. A esto se le conocía como el Paraíso de la Tierra.

Los campesinos, obreros y artesanos, mujeres, niños y ancianos se morían de frío y hambre en sus casas, cuando sembraban sus semillas o cuando hacían juguetes para sus nietos, pero jamás podían denunciar lo que les pasaba en sus centros de trabajo. Ni siquiera podían contar las historias que se les presentaban en sus sueños, pues si lo hacían los echaban a las jaulas de las fieras.

“Dejar hacer y dejar pasar”, era la voz de orden del sistema.
Hoy, con el transcurso de los años, es: “El mercado lo resuelve todo”.

De allí que jamás se habla de las vacas que tienen pus y sangre en sus entrañas y que esa leche que toman los más pobres de la tierra les produce cáncer a los niños. Como tampoco se dijo nada cuando pusieron inmensos cercos de púas a los campos y metieron a los hombres a trabajar de sol a sol hasta la muerte. O cuando pusieron cámaras de gas en cada barrio. Y menos, cuando pateaban o violaban o asesinaban a las mujeres en los carros, por tener un color parecido al de la tierra. Y jamás se alzó la voz cuando el exterminio de los bosques, la corrupción en los colegios o la pedofilia de los curas. Porque el mercado tenía que resolverlo todo, y no la voz o la obra solidaria de los hombres.

Como se ve, no hubo ni hay grandes diferencias con los años y siglos anteriores. Los grandes palacios siempre existieron para unos, y los sueños para otros.

Lo que nos hace comprender, en la actualidad, por qué dejan que los bosques se exterminen y los glaciales se derritan, inexorablemente, por el mundo: porque debajo de ellos hay grandes riquezas de oro y petróleo acumuladas. Y allí el mercado y las grandes empresas también mandan. Y al Vaticano no se le escucha decir, ni por asomo, una oración en las mañanas.

Pero lo más triste (o cómico, según sea el cristal con que se mire) es que los presidentes que terminan su mandato, cobran ingentes cantidades de dinero por cada conferencia que dictan, por orden de las poderosas empresas financieras, a los asesores de sus amos o a los nuevos dictadores de la tierra, haciéndose llamar “los profetas de la luna”, “la conciencia verde de los ríos”, seguramente porque todas las historias y fábulas que cuentan se convierten dólares contantes y sonantes.

Mientras nosotros, como pobres pescaditos, sin decir una palabra, nos morimos sancochados y pobres en la tierra.


El dictador

Entraba y hacía lo que quería, y cuando menos se lo pensaba. “El Señor –decía muy orondo- me acompaña a todas partes y jamás me abandona, por eso nadie me puede cerrar las puertas o ventanas del camino o dejar que la lluvia o la luna me sofoque”.

Se ufanaba de ser un ángel. De ir a la iglesia, comulgar los primeros viernes y rezar el rosario todas las noches como el más tierno y laborioso de los mejores monaguillos.

Le encantaba ir al teatro, a los conciertos de música y a los recitales de poesía, “jamás a las discotecas donde las tentaciones pueden colmarme de halagos y peligros”, decía seriamente a su familia.

Pero lo que más repetía y alababa entre su público oyente era el haber llegado casto al matrimonio, ya que la Biblia, lo decía firmemente, “enseña que el verdadero amor se encuentra en la noche de bodas, cuando la sangre cambia el rumbo de las vidas”.

Por eso, la gente lo quería y adoraba. Y él adoraba y quería los aplausos y los besos de la gente.

Hasta que un día, acucioso un periodista descubrió que, aparte de las más crueles y crudas amenazas a sus opositores y enemigos, de hacer pasar hambre y frío a sus más cercanos seguidores, y dar permiso para matar, por celular, a los verdugos, había invertido una gran cantidad de dinero en un club de fútbol recientemente ascendido a primera división y lo había hecho amañando partidos, comprado jugadores, árbitros y dirigentes deportivos. Y no sólo eso. Había falsificado balances financieros, evasiones fiscales y promovido dopajes, partidas de nacimiento y pasaportes falsos para ganar todo tipo de competencias.

Pero el periodista descubrió aun cosas peores. Se enteró que el investigado había participado directamente en matanzas y desapariciones, en reglajes y chuponeos telefónicos. Y que aparte de sus cuatro hijos, tenía una hija no reconocida con una congresista de su partido, a la que había extorsionado, con ocho vacas de por medio, para que no dijera nada en los medios de comunicación.

Su esposa, al enterarse de esto, le planteó el divorcio y lo echó de la casa con todas sus maletas. Pero no del Palacio de Gobierno. Pero al verlo por las noches, en el patio de su casa -lo contó a una emisora-, le daba lástima y vergüenza, ya que sus ojos, antes de dormir, eran presas de miedo y grandes desconfianzas, por lo que volvió admitirlo, por sus hijas, al hogar, a pesar que ella había sufrido maltratos y amenazas incontables.

Los escándalos y descubrimientos llegaron a tanto -a pesar que él seguía haciéndose el importante con “el poder de su lamparita mágica en la noche”-, que el pueblo propuso medidas radicales e indefinidas para sacarlo del poder.

Antes que se produjera, él optó por marcharse del país, aduciendo “razones de seguridad nacional, pues pretendían atentar contra su vida”. Pero antes de hacerlo, prendió fuego a todas las instituciones de su patria (las legales e ilegales), afirmando que el Apocalipsis había llegado a la tierra y que él trataba de salvarlos. Como la treta no le dio resultados –seguramente pensó que el tiempo era eterno-, renunció, no se sabe exactamente si desde la India o de una de las cuevas de los osos polares, vía fax, con señales de humo, a la presidencia del país.

Lima, 5 de noviembre de 2007


Poderes celestiales I


Juan Cristóbal
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