Poderes celestiales III
El dueño de TV
JuanCristóbal
Escritor peruano, premio nacional de poesìa 1971
Era
el dueño de un importante canal de tv., por lo que estaba siempre en infinitas fiestas y agasajos oficiales. Pero, por su comportamiento con los trabajadores, parecía el dueño de un bar de un prostíbulo barato, pues trataba mal y botaba a quien quería, incluso a su jefe de producción, el brazo derecho de su empresa, lo trataba como a hijo desconocido.
Con una enorme experiencia en el universo de sus labores, tenía deudas con todo el mundo, pero nadie, por temor a sus represalias, se las cobraba. Aprovechándose que era descendiente de una familia poderosa, tenía gran influencia en todos los poderes del estado, a los cuales los compraba, lo que lo hacía sumamente intratable y vanidoso.
No le importaba que los trabajadores renunciaran o denunciaran todas sus tropelías. Se jactaba, sin embargo, frente a las mujeres, que ninguna podía decir las cosas más oscuras de su vida, pues de hacerlo, él las amenazaba con enseñar los videos más comprometedores que tenía de ellas. En cuanto a los hombres, tampoco podían abrir la boca, ya que estaba dispuesto a mostrar, papeles de por medio, todos las coimas y chantajes que le habían ayudado a realizar.
Por todo ello, se sentía el más poderoso e invencible de los empresarios.
Hasta que una noche, un grupo subversivo lo raptó, saliendo de una cita (amorosa) clandestina. La familia no solo pagó lo que le exigían, sino que tuvo que repartir, por una cantidad considerable, víveres de primera necesidad, a cerca de un millón de personas, por el lapso de tres años. Tarea que la realizó con la puntualidad de un reloj suizo.
Cuando regresó a su hogar, una noche de hallowen, sus familiares se sorprendieron: era otro, a pesar de las canas que le habían salido. Le encantaba ver telenovelas, dormirse con el dedo en la boca, orinarse en la cama, y cuando se despertaba en las mañanas, sin recordar exactamente su nombre, pedía a gritos su biberón.
La traición
“He
recibido con profunda tristeza y enorme dolor, la noticia de su muerte. El hecho es lamentable e irreparable. Era un hombre valiente, un luchador consecuente con sus ideas. La noticia me ha llegado hasta lo más encendido y profundo de mi alma.
Me sentí hermano de él en todos sus actos y decisiones.
Compartí todo lo que tenía que compartir. Y decir todo lo que había que decir. Su muerte me desgarra.
Era un ejemplo diario de conducta y sacrificio. De desprendimiento y convicción.
He leído algunas noticias y correos que lo tratan de presentar como un traidor y aventurero. Pero los que hablan y escriben no saben lo que dicen.
Cuando fui joven, participé con él en dos levantamientos populares, y los medios y también alguna gente me acusaban de lo mismo. Pero ahora que he cerrado el duelo y estoy en el lado correcto de la verdad, hago oídos sordos a la cosa, dejo que el tiempo pase, incólume, como una mariposa”.
Lima, 12 de noviembre de 2007