| MASIOSARE/LA
JORNADA de México - 17 de Agosto de 2003
Sudeste asiático:
el próximo frente de la
Guerra contra el Terror
Soldados
rebeldes en Manila
Naomi
Klein *
Los gobiernos de Filipinas e Indonesia
usan la Guerra contra el Terror™ de Bush como el encubrimiento perfecto
de su brutal limpieza de los movimientos separatistas de las regiones ricas
en recursos.
Hace unos días, un grupo
de soldados filipinos amotinados acusó a uno de los más estrechos
aliados de Washington de hacer explotar sus propios edificios para atraer
dólares estadunidenses militares. Pero sus acusaciones no fueron
más que noticia por un día. Quizá simplemente parecía
demasiado estrafalario: un gobierno fuera de control soplándole
a las llamas del terrorismo para bombear su presupuesto militar, aferrarse
al poder y violar las libertades civiles.
¿Por qué habrían
de estar interesados los estadunidenses en algo así?
¿Qué
se necesita para ser historia de primera plana en el verano de Arnold y
Kobe, Ben y Jen?
Mucho, como recientemente lo descubrió
un grupo de jóvenes soldados filipinos. El 27 de julio, 300 soldados
ataviaron a un enorme centro comercial en Manila con explosivos C-4, acusaron
a uno de los más estrechos aliados de Washington de hacer explotar
sus propios edificios para atraer dólares estadunidenses militares
y aún así apenas lograron entrar en las noticias internacionales.
Una pérdida para nosotros,
porque tras el bombardeo del Marriot en Yakarta y la infiltración
de nuevos informes de inteligencia donde se afirmaba que los ataques del
11 de septiembre se incubaron en Manila, parece que el Sudeste asiático
está a punto de convertirse en el próximo frente principal
de la Guerra contra el Terror™ de Washington.
Puede ser que Filipinas e Indonesia
no hayan entrado al Eje del Mal, pero los dos países sí ofrecen
a Washington algo que Irán y Corea del Norte no hacen: gobiernos
amigables a Estados Unidos, dispuestos a ayudar al Pentágono a lograr
una fácil victoria. Tanto la presidenta filipina, Gloria Macapagal-Arroyo,
como el presidente de Indonesia, Megawati Soekarnaputri, usan la cruzada
de Bush como el encubrimiento perfecto de su brutal limpieza de los movimientos
separatistas de las regiones ricas en recursos –Mindanao en Filipinas,
Aceh en Indonesia–.
El gobierno filipino ya cosechó
ganancias de sus estatus como el aliado favorecido de Washington en la
lucha contra el terror en Asia. La ayuda militar estadunidense se incrementó
de 2 millones de dólares en 2001 a 80 millones al año, y
los soldados y Fuerzas Especiales estadunidenses inundaron Mindanao para
lanzar ofensivas contra Abu Sayyaf, un grupo que la Casa Blanca asegura
tiene ligas con Al Qaeda.
Esto continuó hasta mediados
de febrero, cuando la alianza Estados Unidos–Filipinas sufrió un
gran contratiempo. En la víspera de una nueva operación militar
conjunta, que involucraba a más de 3 mil soldados estadunidenses,
un vocero del Pentágono le dijo a los reporteros que las tropas
estadunidenses en Filipinas iban a "participar activamente" en los combates
–una desviación de la versión de la administración
Arroyo de que los soldados sólo llevaban a cabo "entrenamientos".
La diferencia es significativa: una
cláusula de la constitución filipina prohibe los combates
de soldados extranjeros en su suelo, una salvaguarda contra el retorno
de las extendidas bases militares estadunidenses que fueron desterradas
de Filipinas en 1992. El descontento popular fue tan grande que la operación
tuvo que ser cancelada, y todas las futuras operaciones conjuntas suspendidas.
Noticia de un día
Durante los seis meses que han transcurrido
desde entonces, mientras todos los ojos están sobre Irak, ha habido
un repunte en los bombardeos terroristas en Mindanao. Ahora, después
del motín, la pregunta es: ¿Quién lo hizo? El gobierno
culpa al Frente Moro Islámico de Liberación (MILF, por sus
siglas en inglés). Los soldados amotinados apuntan el dedo de regreso
a los militares y el gobierno, asegurando que al inflar la amenaza terrorista,
están reconstruyendo la justificación de más ayuda
e intervención estadunidense. Entre las afirmaciones de los soldados:
• que altos funcionarios militares,
en colusión con el régimen de Arroyo, llevaron a cabo el
bombardeo del pasado mes de marzo en el aeropuerto de la sureña
ciudad de Davao, así como otros ataques. Treinta y ocho personas
murieron en los bombardeos. El líder del motín, el teniente
Antonio Trillanes, asegura tener "cientos" de testigos que pueden declarar
en relación con el complot;
• que el gobierno ha estimulado
el terrorismo en Mindanao a través de la venta de armas y municiones
a las mismas fuerzas rebeldes a las que los jóvenes soldados son
enviados a enfrentar;
• que miembros de la fuerza
militar y policiaca ayudaron a prisioneros declarados culpables de crímenes
terroristas a escapar de la cárcel. La "confirmación final",
según Trillanes, fue el escape del 14 de julio de Fathur Rohman
al-Ghozi de una prisión fuertemente vigilada en Manila. Al-Ghozi
es un renombrado hacedor de bombas que está con la organización
Jemaah Islamiah, el cual fue vinculado con los ataques de Bali y el Marriot;
• que el gobierno estaba a
punto de llevar a cabo una nueva cadena de bombardeos para justificar una
declaración de ley marcial.
Arroyo niega las acusaciones y acusa
a los soldados de ser peones de sus opositores políticos sin escrúpulos.
Los amotinados insisten en que no intentaban tomar el poder, sino que sólo
querían sacar a la luz una conspiración de alto nivel. Cuando
Arroyo prometió iniciar una exhaustiva investigación respecto
a las acusaciones, el motín finalizó sin violencia.
A pesar de que las tácticas
de los soldados fueron ampliamente condenadas en Filipinas, hubo un reconocimiento
generalizado en la prensa y hasta en las filas militares, de que sus reclamos
eran "válidos y legítimos", como me dijo el retirado capitán
naval Danilo Vizmanos.
Los reportes locales de los diarios
describían la venta de armas de parte del ejército como "un
secreto a voces" y "de conocimiento público". El comandante de las
fuerzas armadas filipinas, el general Narciso Abaya, concedió que
hay "sobornos y corrupción en todos los niveles".
Y la policía admitió
que al-Ghozi no podía haber escapado de su celda sin la ayuda de
alguien adentro. Más significativo aún, Víctor Corpus,
jefe de inteligencia militar, renunció, aunque niega cualquier tipo
de participación en los bombardeos de Davao.
Además, los soldados no fueron
los primeros en acusar al gobierno filipino de bombardear a su propia gente.
Días antes del motín, una coalición de grupos eclesiásticos,
abogados y ONG lanzaron una "misión para develar hechos", para investigar
los persistentes rumores de que el Estado estuvo involucrado en las explosiones
de Davao. También investiga la posible participación de agencias
de inteligencia estadunidenses.
Estas sospechas provienen de un extraño
incidente ocurrido el 16 de mayo de 2002 en Davao. Michael Meiring, un
ciudadano estadunidense, supuestamente detonó explosivos en su cuarto
de hotel, lastimándose gravemente. Mientras se recuperaba en el
hospital, Meiring fue sacado de ahí por dos hombres –testigos dicen
que se identificaron como agentes de la FBI–, quienes se lo llevaron a
Estados Unidos. Funcionarios locales han demandado que Meiring regrese
para enfrentar los cargos, con poco resultado. BusinessWorld, uno de los
principales diarios filipinos, ha publicado artículos abiertamente
acusando a Meiring de ser un agente de la CIA involucrado en operaciones
encubiertas "para justificar las tropas y bases estadunidenses apostadas
en Mindanao".
Sin embargo, el caso Meiring no ha
sido reportado en la prensa estadunidense. Y las increíbles acusaciones
de los soldados amotinados no fueron más que noticia por un día.
Quizá simplemente parecía demasiado estrafalario: un gobierno
fuera de control soplándole a las llamas del terrorismo para bombear
su presupuesto militar, aferrarse al poder y violar las libertades civiles.
¿Por qué habrían
de estar interesados los estadunidenses en algo así?
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2003 Naomi Klein. Una versión de
este artículo fue publicado en The Nation, www.thenation.com).
* Naomi Klein es autora de No
Logo y Vallas y Ventanas.
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