| MASIOSARE/LA
JORNADA de México - 31 de Agosto de 2003
La herencia del 11 de septiembre:
la guerra como franquicia
El limpiador
multiusos de oposiciones
Naomi
Klein *
La guerra contra el terror nunca
fue una guerra en el sentido tradicional de la palabra, carecía
de un blanco específico o una locación fija. Es, más
bien, una especie de marca, una idea que fácilmente puede ser hecha
franquicia, como un limpiador multiusos de oposiciones, por cualquier gobierno
en el mercado.
Ya sabemos que la Guerra contra
el Terror™; funciona con grupos internos que usan tácticas terroristas,
como Hamas o las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Pero esa
es sólo su aplicación más básica. La GcT™ puede
ser usada contra cualquier movimiento de liberación u oposición.
También puede ser aplicada liberalmente contra inmigrantes no deseados,
latosos activistas de derechos humanos y hasta contra periodistas de investigación
que sea difícil quitarse de encima
El
hotel Marriot en Yakarta aún ardía cuando Susilo Bambang
Yudhoyono, el ministro coordinador para asuntos políticos y de seguridad
de Indonesia, explicaba las implicaciones del ataque de ese día.
“Aquellos que critican y dicen que
se violan los derechos humanos deben entender que todas las víctimas
del bombardeo son más importantes que cualquier asunto de derechos
humanos”.
En una frase obtuvimos el mejor resumen,
hasta la fecha, de la filosofía que subyace bajo la llamada “guerra
contra el terror” de Bush. El terrorismo no sólo vuela edificios;
vuela cualquier otro asunto del mapa político. El espectro del terrorismo,
el real y el exagerado, se ha convertido en un escudo de la impunidad,
protegiendo a los gobiernos de todo el mundo de un escrutinio a sus violaciones
a los derechos humanos.
Muchos argumentan que la Guerra contra
el Terror (GcT) es la débil excusa del gobierno estadunidense para
construir un imperio clásico, siguiendo el modelo de Roma o Bretaña.
A dos años de la cruzada, queda claro que esto es un error: la pandilla
de Bush no tiene la suficiente consistencia como para exitosamente ocupar
un país, y mucho menos una docena.
Bush y la pandilla sí tienen,
sin embargo, el empuje de buenos comerciantes, y saben cómo hacer
contratos. Lo que Bush ha creado con la GcT™; no es una “doctrina”
hacia la dominación mundial, sino más bien un estuche de
herramientas fácil de ensamblar para cualquier mini-imperio que
busca deshacerse de su oposición y expandir su poder.
La guerra contra el terror nunca
fue una guerra en el sentido tradicional de la palabra, carecía
de un blanco específico o una locación fija. Es, en vez,
una especie de marca, una idea que fácilmente puede ser hecha franquicia,
como un limpiador multiusos de oposiciones, por cualquier gobierno en el
mercado.
Ya sabemos que la GcT™; funciona
con grupos internos que usan tácticas terroristas, como Hamas o
las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Pero esa es sólo
su aplicación más básica. La GcT™; puede ser
usada contra cualquier movimiento de liberación u oposición.
También puede ser aplicada liberalmente contra inmigrantes no deseados,
latosos activistas de derechos humanos y hasta contra periodistas de investigación
que sea difícil quitarse de encima.
El primer ministro israelí,
Ariel Sharon, fue el primero en adoptar la franquicia de Bush, arremedando
las promesas de la Casa Blanca de “extirpar desde las raíces estas
plantas silvestres, destruir su infraestructura”, mientras enviaba bulldozers
a los territorios ocupados a arrancar árboles de olivo y tanques
para arrasar con las casas de civiles. Pronto, la “infraestructura del
terror” de Sharon incluía a observadores de derechos humanos que
atestiguaban los ataques, así como a trabajadores sociales y periodistas.
Pronto se abrió una nueva
franquicia en España, con el primer ministro José María
Aznar extendiendo su GcT™ del grupo guerrillero vasco ETA a todo el movimiento
separatista vasco, cuya mayoría es completamente pacífica.
Aznar ha resistido los llamados a negociar con el gobierno autónomo
vasco y prohibió el partido político Batasuna (a pesar de
que, como apuntó The New York Times en junio, “no se ha establecido
ningún vínculo directo entre Batasuna y los actos terroristas”).
También cerró grupos de derechos humanos vascos, revistas,
y el único periódico completamente en vasco. El pasado febrero,
la policía incursionó en la Asociación de Colegios
Vascos, acusándola de tener ligas terroristas.
Parece ser que este es el verdadero
mensaje de las franquicias de guerra de Bush: ¿por qué negociar
con tus opositores políticos cuando los puedes aniquilar? En los
tiempos de la GcT™, pequeñas preocupaciones como los crímenes
de guerra y los derechos humanos simplemente no se registran.
Entre los que cuidadosamente han
tomado nota de las nuevas reglas está el presidente de Georgia,
Eduard Shevardnadze. El pasado octubre, cuando extraditó a cinco
chechenos a Rusia (sin haber seguido el proceso legal), como parte de su
GcT™, declaró que “los compromisos internacionales en derechos humanos
pueden palidecer en comparación con la importancia de la campaña
contra el terrorismo”.
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La presidenta de Indonesia, Megawati
Sukarnoputri, recibió el mismo memorándum. Ella llegó
al poder prometiendo limpiar el corrupto y brutal sector militar y traer
la paz al convulsionado país. En vez, suspendió el diálogo
con el Movimiento por un Aceh libre, y en mayo invadió esta provincia,
rica en petróleo, en lo que ha sido la mayor ofensiva militar del
país desde la invasión de Timor en 1975. La organización
de derechos humanos TAPOL describe la situación en Aceh como “un
infierno, un cotidiano repaso del trauma y el mayor miedo, un cotidiano
peinar pueblos, captura de personas al azar y, horas después, sus
cuerpos son abandonados a la orilla de los caminos”.
¿Por qué creyó
el gobierno de Indonesia que se podía salir con la suya en la invasión
después de la indignación internacional que lo forzó
a salirse de Timor del Este? Fácil: tras el 11 de septiembre, el
gobierno catalogó al movimiento por la liberación de Aceh
como “terrorista”, lo cual implica que las preocupaciones respecto a los
derechos humanos ya no aplican. Rizal Mallarangeng, un alto consejero de
Megawati, lo llamó la “bendición del 11 de septiembre”.
Parece que la presidenta de Filipinas,
Gloria Arroyo, se siente similarmente bendecida. No perdió el tiempo
y lanzó su batalla contra los separatistas islámicos en la
sureña región Moro. Como parte de su GcT™, Arroyo, al igual
que Sharon, Aznar y Megawati, abandonó las negociaciones de paz
y se enfrascó en una cruenta guerra civil, desplazando a 90 mil
personas el año pasado.
Pero ahí no paró. El
pasado agosto, al dirigirse a soldados en una academia militar, Arroyo
expandió la guerra más allá de los terroristas y separatistas
armados para que también incluyera a “aquellos que aterrorizan las
fábricas que proveen trabajo”, o sea, los sindicatos. Los grupos
laborales en las zonas de libre comercio de Filipinas reportan que los
organizadores sindicales se enfrentan a crecientes amenazas y las huelgas
son disueltas usando una extrema violencia policiaca.
En Colombia, la guerra del gobierno
contra las guerrillas izquierdistas ha sido usada durante mucho tiempo
como pretexto para asesinar a cualquiera que tenga lazos izquierdistas,
ya sean activistas sindicales o campesinos indígenas. Pero hasta
en Colombia, las cosas se han puesto peores desde que el presidente Alvaro
Uribe asumió el poder en agosto de 2002, bajo una plataforma de
GcT™. El año pasado, 150 activistas sindicales fueron asesinados.
Como Sharon, Uribe rápidamente se movió para deshacerse de
los testigos, expulsó a observadores extranjeros y subestimó
la importancia de los derechos humanos. Sólo después de que
“las redes terroristas sean desmanteladas... veremos un completo acatamiento
de los derechos humanos”, dijo Uribe en marzo.
A veces, la GcT™ no es una excusa
para iniciar una guerra, sino para prolongarla. El presidente mexicano
Vicente Fox llegó al poder en 2000 prometiendo arreglar el conflicto
zapatista “en 15 minutos” y atacar los extendidos abusos a los derechos
humanos cometidos por militares y policías. Ahora, tras el 11 de
septiembre, Fox abandonó ambos proyectos. El gobierno mexicano no
ha tomado ninguna iniciativa por reiniciar el proceso de paz con los zapatistas
y la semana pasada, Fox cerró la publicitada oficina de la Subsecretaría
de Derechos Humanos.
Esta es la era a la que el 11 de
septiembre le dio la bienvenida: la guerra y la represión andan
sueltas, no gracias a un solo Imperio, sino a una franquicia global de
ellos. En Indonesia, Israel, España, Colombia, Filipinas y China,
los gobiernos se han agarrado de la mortal GcT™ de Bush y la están
usando para erradicar a sus opositores y para afirmar su poder.
La semana pasada, otra guerra llegó
a las noticias. En Argentina, el senado anuló las dos leyes que
otorgaban inmunidad a los sádicos criminales de la dictadura de
1976-1983. En aquel momento, los generales llamaban a su campaña
de exterminio una “guerra contra el terror”, y usaban una serie de secuestros
y ataques violentos a grupos izquierdistas como un pretexto para tomar
el poder.
Pero la mayoría de las 30
mil personas que “desaparecieron” durante la dictadura no eran terroristas,
eran líderes sindicales, artistas, maestros, psicólogos.
Como todas las guerras contra el terror, el terrorismo no era el blanco,
era la excusa para librar la verdadera guerra: contra aquellos que se atrevieran
a disentir.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez.
Copyright 2003 Naomi Klein.) |