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JORNADA de México - 14 de Setiembre de 2003
Convergencia de movimientos en
Cancún
El libre
comercio es la guerra
Naomi
Klein *
Tras el 11 de septiembre, los expertos
de derecha estaban ansiosos por enterrar al movimiento globalizador. Se
nos informó que en tiempos de guerra a nadie le importaban asuntos
frívolos como la privatización del agua. Gran parte del movimiento
estadunidense contra la guerra cayó en la trampa: este no era el
momento para enfocarse en debates económicos divisores, era tiempo
de unirse para hacer un llamado a la paz.
Toda esta tontería termina
en Cancún esta semana, cuando miles de activistas convergen para
declarar que el brutal modelo económico impulsado por la Organización
Mundial del Comercio es, en sí mismo, una forma de guerra
EL LUNES, SIETE ACTIVISTAS
contra la privatización fueron arrestados en Soweto por bloquear
la instalación de medidores de agua prepagados. Los medidores son
una respuesta al hecho de que millones de sudafricanos pobres no pueden
pagar sus cuentas de agua.
Los nuevos aparatos funcionan como
teléfonos celulares de llamadas prepagadas, sólo que en vez
de tener un teléfono muerto cuando se te acaba el dinero, tienes
a personas muertas, enfermas por tomar agua infestada de cólera.
El día en que encarcelaron a los "guerreros del agua", las negociaciones
de Argentina con el Fondo Monetario Internacional se estancaron. El punto
de desacuerdo eran los aumentos de niveles de tarifas para las empresas
de servicios públicos privatizadas. En un país donde 50%
de la población vive en la pobreza, el FMI demanda que se le permita
a las compañías multinacionales de agua y electricidad incrementar
sus tarifas en un asombroso 30%.
En las cumbres comerciales, los debates
sobre la privatización pueden parecer abstractos y elevados. A nivel
del suelo, son tan claros y urgentes como el derecho a sobrevivir.
Tras el 11 de septiembre, los expertos
de derecha estaban ansiosos por enterrar al movimiento globalizador. Con
alegría se nos informó que en tiempos de guerra, a nadie
le importaban asuntos frívolos como la privatización del
agua. Gran parte del movimiento estadunidense contra la guerra cayó
en la trampa: este no era el momento para enfocarse en debates económicos
divisores, era tiempo de unirse para hacer un llamado a la paz.
Toda esta tontería termina
en Cancún esta semana, cuando miles de activistas convergen para
declarar que el brutal modelo económico impulsado por la Organización
Mundial del Comercio es, en sí mismo, una forma de guerra.
Guerra porque la privatización
y la desregulación matan –al aumentar los precios de los artículos
de primera necesidad, como el agua y las medicinas, y al bajar los precios
de materias primas, como el café, haciendo que las pequeñas
granjas se vuelvan insostenibles. Guerra porque aquellos que resisten y
se "niegan a desaparecer", como dicen los zapatistas, son rutinariamente
arrestados, golpeados y hasta asesinados. Guerra porque cuando este tipo
de represión de baja intensidad no logra despejar el camino para
la liberación empresarial, las verdaderas guerras comienzan.
uuu
Las protestas globales contra la
guerra que sorprendieron al mundo el 15 de febrero crecieron a partir de
las redes que se construyeron a través de años de activismo
de la globalización, desde Indymedia hasta el Foro Social Mundial.
Y a pesar de los intentos por mantener a los movimientos separados, su
único futuro está en la convergencia mostrada en Cancún.
Los pasados movimientos han intentado luchar contra las guerras sin confrontar
los intereses económicos detrás de ellas, o de lograr justicia
económica sin confrontar al poder militar. Los activistas de hoy,
ya expertos en seguir el hilo del dinero, ya no están cometiendo
el mismo error.
Pensemos en Rachel Corrie. A pesar
de que quedó grabada en nuestras mentes como la chica de 23 años
en una chamarra anaranjada, con la valentía de enfrentar los bulldozers
israelíes, Corrie ya se había asomado a la mayor amenaza
tras la hardware militar. "Creo que es contraproducente sólo
atraer la atención a los puntos de crisis –la demolición
de casas, balaceras, la violencia al descubierto", escribió en uno
de sus últimos correos electrónicos. "Mucho de lo que pasa
en Rafah está relacionado con la lenta eliminación de la
habilidad de la gente para sobrevivir... El (tema del) agua, en específico,
parece ser crítico e invisible". La Batalla de Seattle de 1999 fue
la primera gran protesta de Corrie. Cuando llegó a Gaza, ya se había
entrenado para ver la represión no sólo en la superficie,
sino a escarbar más profundo, a buscar los intereses económicos
a los que los ataques israelíes sirven. Este escarbar –interrumpido
por su asesinato– llevó a Corrie a los pozos cercanos a los asentamientos,
los cuales sospechaba que desviaban agua preciosa de Gaza a las tierras
agrícolas de Israel.
De manera similar, cuando Washington
comenzó a repartir contratos de reconstrucción en Irak, los
veteranos del debate de la globalización se dieron cuenta de la
agenda subyacente al ver los conocidos nombres de los impulsores de la
desregulación y la privatización, Bechtel y Halliburton.
Si estos tipos llevan la delantera, significa que están rematando
Irak, no reconstruyéndolo. Hasta aquellos que se opusieron exclusivamente
a la guerra por la manera en que fue librada (sin el consentimiento de
la ONU, con insuficiente evidencia de que Irak representaba una inminente
amenaza), ahora no pueden más que ver por qué fue librada:
para poner en práctica las mismas políticas contra las que
protestan en Cancún –privatización masiva, acceso irrestricto
de las multinacionales y dramáticos recortes al sector público.
Como escribió Robert Fisk en The Independent, el uniforme
de Paul Bremer lo dice todo: "un traje de negocios y unas botas de combate".
El Irak ocupado es transformado en
un torcido laboratorio de economía de libre mercado, libre de base,
muy parecido a lo que fue Chile para los Chicago boys de Milton
Friedman tras el golpe de 1973. Friedman lo llamó "terapia de shock",
sin embargo, así como en Irak, se trató de un asalto a mano
armada a la gente que está bajo los efectos de una guerra.
Hablando de Chile, la administración
Bush ha hecho saber que si las reuniones en Cancún fracasan, simplemente
seguirá adelante con más acuerdos bilaterales de libre comercio,
como el que acaba de firmar con el país andino.
Insignificante en términos
económicos, el poder real del acuerdo consiste en funcionar como
una cuña: Estados Unidos ya lo está usando para amenazar
a Brasil y Argentina de que o apoyan el Area de Libre Comercio de las Américas
o se arriesgan a quedar rezagados.
Han pasado 30 años desde aquel
otro 11 de septiembre, cuando el general Augusto Pinochet, con la ayuda
de la CIA, trajo el libre mercado a Chile "con sangre y fuego", como dicen
en América Latina. Aquel terror paga dividendos hasta la fecha:
la izquierda nunca se recuperó, y Chile sigue siendo el país
más maleable de la región, dispuesto a hacer la voluntad
de Washington aún cuando sus vecinos rechazan el neoliberalismo
a través de las urnas y en las calles.
En agosto de 1976, apareció
un artículo en una revista, escrito por Orlando Letelier, ex ministro
de Asuntos Exteriores del gobierno de Salvador Allende. Letelier estaba
frustrado con la comunidad internacional que decía estar horrorizada
por los abusos a los derechos humanos de Pinochet, pero que apoyaba sus
políticas de libre mercado, rehusándose a ver "la fuerza
brutal requerida para lograr estas metas. La represión de las mayorías
y la ‘libertad económica’ para unos pequeños grupos privilegiados
son, en Chile, dos lados de la misma moneda". Menos de un mes después,
Letelier fue asesinado con un coche bomba en Washington, DC.
Los mayores enemigos del terror nunca
pierden de vista los intereses económicos a los que sirve la violencia,
o la violencia del capitalismo en sí misma. Letelier lo entendía.
También Rachel Corrie. Al converger nuestros movimientos en Cancún,
también nosotros debemos entenderlo.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2003 Naomi Klein.
Una versión de este artículo
fue publicado en The Nation).
*Naomi Klein es autora de No
Logo y Vallas y Ventanas. |