| LaVanguardia.es
- 17 de Noviembre de 2003
Traigan
a Halliburton a casa
INCLUSO
SI LA VENTA DE Iraq al mejor postor se hubiese llevado a cabo con plena
transparencia, seguiría siendo ilegal: Iraq no es de EE.UU.
Naomi
Klein *
Cancelen
los contratos. Pongan fin a los acuerdos. Hagan trizas las normas. Esas
son algunas de las sugerencias para lemas que podrían ayudar a unificar
el creciente movimiento contra la ocupación en Iraq.
Hasta ahora,
los debates de los activistas se han concentrado en si debe exigirse una
retirada total de las tropas, o si Estados Unidos debe entregar el poder
a las Naciones Unidas. Pero el debate para “sacar a las tropas” descuida
un factor importante. Si son sacados todos los soldados norteamericanos
de Iraq y un gobierno soberano asume el poder, esa nación seguirá
bajo la ocupación extranjera. Se han redactado leyes en favor de
otro país. Corporaciones extranjeras controlan sus servicios esenciales.
Y hay un 70 por ciento de desempleo causado por despidos en el sector público.
Cualquier movimiento
serio por la autodeterminación de Iraq debe exigir no sólo
el fin de la ocupación militar, sino también el cese de su
colonización económica. Eso significa revertir la “terapia
de shock” que el jefe civil de las fuerzas ocupantes, Paul Bremer, ha hecho
pasar de manera fraudulenta por tareas de “reconstrucción”, y cancelar
todos los contratos privados surgidos de esas reformas.
¿Cómo
puede lograrse un objetivo tan ambicioso? Es fácil. Basta demostrar
que las reformas de Bremer son ilegales, pues violaron la convención
internacional que gobierna la conducta de las fuerzas ocupantes, las convenciones
de La Haya de 1907 (complementaria de la convención de Ginebra de
1949, ambas ratificadas por Estados Unidos) así como el código
de guerra del ejército norteamericano.
Las regulaciones
de La Haya señalan que una potencia ocupante debe respetar “las
leyes vigentes en el país”. La Autoridad Provisional de la coalición
ha destruido esa simple norma. La constitución de Iraq prohíbe
la privatización de importantes bienes del Estado o la posesión
de empresas iraquíes por parte de extranjeros. Y sin embargo, hace
dos meses, la Administración liderada por Bremer acabó con
esas disposiciones de manera unilateral.
El 19 de septiembre,
Bremer puso en vigor la orden 39, que autorizó la privatización
de 200 empresas estatales. Además, se decretó que las empresas
extranjeras podían retener un ciento por ciento de la propiedad
de bancos, minas y fábricas. Y se permitió a esas firmas
sacar de Iraq un ciento por ciento de sus ganancias.
La revista
“The Economist” dijo que las nuevas normas eran “el sueño de todo
capitalista”. La orden 39 violó las regulaciones de La Haya también
de otras maneras. La convención señala que las potencias
ocupantes deben “ser consideradas sólo como administradoras y usufructuarias
de edificios públicos, bosques y propiedades agrícolas pertenecientes
a un país hostil, y situadas en una nación ocupada. Debe
amparar el capital de esas propiedades y administrarlas según las
normas del usufructo”.
El usufructo
es un acuerdo por el cual una persona puede utilizar y obtener beneficios
de la propiedad de otro “sin alterar la sustancia de la cosa”. Por ejemplo,
si una persona está cuidando una vivienda, puede comer los alimentos
que hay en la nevera, pero no vender la casa. Y sin embargo, eso es lo
que Bremer está haciendo.
En caso de
que la Autoridad Provisional de la coalición desconociera este detalle,
la ley sobre guerra terrestre de las fuerzas armadas norteamericanas señala
que “el ocupante no tiene el derecho de vender o de utilizar de manera
descalificada la propiedad (civil)”. Eso es bastante claro. El hecho de
que se bombardee un territorio no da derecho a los atacantes a que lo vendan.
Existen varias
indicaciones de que la Administración encabezada por Bremer sabe
bien que el plan de privatización es ilegal. En un memorándum
escrito el 26 de marzo, el procurador general de Gran Bretaña, Peter
Goldsmith, advirtió al primer ministro británico, Tony Blair,
de que “la imposición de reformas económicas estructurales
no está autorizada por la ley internacional”.
Hasta ahora,
la mayor parte de la controversia que rodea la reconstrucción de
Iraq se ha concentrado en el despilfarro y en la corrupción al otorgar
contratos. Pero inclusive si la venta de Iraq al mejor postor se hubiese
llevado a cabo con plena transparencia y en licitaciones abiertas, seguiría
siendo ilegal, por la simple razón de que Iraq no pertenece a Estados
Unidos. Es un país soberano.
El reconocimiento
por parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de la auto-ridad
de ocupación no ofrece cobertura legal. La resolución de
la ONU aprobada en mayo pasado exige a las potencias ocupantes “acatar
a plenitud sus obligaciones bajo la ley internacional”.
Según
varios expertos en legislación inter-nacional, eso significa que
si el próximo gobierno iraquí decide no ser una subsidiaria
de Bechtel y Halliburton, tendrá poderosos argumentos legales para
volver a nacionalizar los bienes privatizados por los ocupantes.
Juliet Blanch,
directora de arbitraje internacional para la firma de abogados Norton Rose,
dice que las reformas de Bremer violan la Constitución de Iraq,
y que la Autoridad Provisional de la coalición “no tiene la autoridad
o capacidad para firmar esos contratos (de privatización)”. Un gobierno
iraquí soberano “tendrá una razón muy seria para volver
a nacionalizar sin pagar compensación alguna”.
La única
forma de que la Administración se salga con la suya es asegurarse
de que el próximo gobierno de Iraq no sea soberano. Debe ser lo
bastante sumiso para ratificar las leyes ilegales de las autoridades de
ocupación, que entonces serán celebradas como el feliz matrimonio
del mercado libre y del pueblo libre. Una vez eso ocurra, será demasiado
tarde. Los contratos serán sellados, los convenios firmados, y la
ocupación de Iraq se hará permanente.
Es por eso
que las fuerzas pacifistas deben usar esta ventana que se está cerrando
rápidamente para exigir que el próximo gobierno iraquí
no sea encadenado por esas reformas.
Es demasiado
tarde para poner fin a la guerra, pero no para negar a los invasores los
premios de índole económica que incentivaron la invasión
de Iraq. No es demasiado tarde para cancelar los contratos y sepultar los
convenios.
* NAOMI
KLEIN, periodista y autora de “No logo”, ha dado conferencias en las universidades
de Harvard y Yale y en la London School of Economics
©
2003 Naomi Klein
Distribuido
por The New York Times Syndicate |