| La
Vanguardia de España
- 22 de Febrero de 2004
Allá
Bush con sus mentiras
LOS ARGUMENTOS
DE Bush para ir a la guerra se han evaporado; la única excusa que
le resta es la democratización de Iraq, pero es otra mentira
EE.UU. QUIERE
COLOCAR un equipo de transición con plenos poderes y que bloquee
las decisiones que afronte el gobierno elegido en las urnas
Naomi
Klein *
Si prefiere dar crédito a la
Casa Blanca, las líneas principales del futuro gobierno de Iraq
se diseñan en Iraq; si prefiere dar crédito al pueblo iraquí,
la tarea en cuestión corre a cargo de la Casa Blanca. Desde un punto
de vista metodológico, ninguna de ambas perspectivas se halla en
lo cierto: el futuro gobierno de Iraq se trama en un anónimo parque
científico a las afueras de una ciudad de Carolina del Norte.
El 4 de marzo del 2003, tan sólo
quince días antes del inicio de la invasión de Iraq, la Agencia
de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) solicitó
a tres empresas que concursaran por la adjudicación de un solo encargo:
una vez concluida la invasión y ocupación de Iraq, se encomendaría
a una de ellas la tarea de poner en marcha un total de 180 equipos de gobierno
de ámbito local y provincial a partir de los escombros.
Pero en este caso hay que habérselas
con un nuevo territorio imperial, panorama inédito para empresas
habituadas al lenguaje amistoso –típico de ONG– de la “colaboración
entre el sector público y el privado”, de modo que dos de las tres
empresas decidieron no presentar su propuesta. La concesión del
contrato relativo a la cuestión de la puesta en marcha del “gobierno
local”, por un monto de 167,9 millones de dólares en el primer año
y hasta un límite
superior total de 466 millones de
dólares, fue a parar al Research Triangle Institute (RTI), una institución
sin afán de lucro conocida sobre todo por su trabajo en el área
de desarrollo e investigación farmacéutica. Ningún
miembro de la plantilla de esta empresa había puesto los pies en
Iraq durante años.
En un principio, el encargo iraquí
del RTI apenas suscitó interés ni atención alguna.
Después de la incapacidad de Bechtel para lograr que las cosas echaran
a andar y del brutal sobreprecio intentado por Halliburton, las pretensiones
de los grupos de trabajo del RTI para poner en marcha la “sociedad civil”
parecían en cambio bastante moderadas y sensatas. Ya no es así.
Ha podido constatarse que los equipos municipales que el RTI ha estado
formando constituyen la pieza fundamental del plan de Washington para ceder
el poder a asambleas locales nombradas a dedo, un plan que ha concitado
un rechazo tan amplio en Iraq que en definitiva podría llegar a
doblegar a las fuerzas ocupantes.
A finales de enero del presente año
hablé con el vicepresidente del RTI, Ronald W. Johnson, en su oficina
de Durham (tras el edificio de IBM y a la vuelta de la esquina de la sede
de Glaxo SmithKline). Johnson reitera que sus equipos trabajan intensamente
en los aspectos prácticos del plan encomendado sin inmiscuirse en
absoluto en las espec-taculares batallas para dilucidar quién gobernará
Iraq.
Afirma Johnson que, “en realidad,
no existe una forma suní de recogida de basuras contrapuesta a una
chiita” (es posible, pero existen actuaciones públicas y actuaciones
privadas y, según un informe de la Coalición Provisional
del mes de julio pasado, el RTI fomenta las segundas mediante la puesta
en funcionamiento de “nuevos sistemas de recogida de basuras por barrios
a cargo de empresas de régimen privado que recorrerán las
aceras en cada vecindario”).
Tampoco ha dejado de suscitar polémica
la constitución de los equipos de gobierno local y provincial a
cargo del RTI. El 28 de enero, el mismo día en que Johnson y yo
debatíamos tranquilamente los aspectos más sutiles de la
democracia local, la sede del equipo de gobierno regional nombrado por
Estados Unidos en Nasiriya, a más de 300 kilómetros al sur
de la capital iraquí, fue rodeada por bandas armadas y aireados
manifestantes: unos diez mil manifestantes desfilaron en dirección
a las dependencias municipales con la intención de exigir elecciones
directas, así como la dimisión inmediata de todos los miembros
del equipo de gobierno. ¡Pobre RTI!: la intensidad con la que los
iraquíes ansían la democracia lleva la delantera a los laboriosos
planes de reconstrucción que trazó antes de la invasión.
En noviembre, el rotativo “The Washington
Post” informó de que cuando el RTI llegó a la provincia de
Taji, pudo constatar que el pueblo iraquí había constituido
“sus propios equipos de gobierno en esta región hace me-ses; se
trata de equipos elegidos en su mayoría y no nombrados como es el
criterio de la Coalición”.
Johnson niega que los equipos de
gobierno anteriores fueran elegidos, y añade que el RTI se limita
a “ayudar y asesorar a los iraquíes” sin decidir en su nombre. Es
posible, pero tampoco lo remedia el hecho de que Johnson compare a los
citados equipos de gobierno iraquíes con “un pleno municipal en
Nueva Inglaterra” o aduzca la observación de otro asesor del RTI
en el sentido de que los desafíos planteados en Iraq son “de la
misma naturaleza que los que tuve ocasión de conocer y afrontar
en Houston”. ¿Es que la soberanía iraquí se idea en
Washington, se subcontrata en Carolina del Norte, se organiza en Massachusetts
y en Houston y se impone por la fuerza en Basora y en Bagdad?
Washington quiere colocar en Bagdad
un equipo de transición dotado con los plenos poderes de un Gobierno
soberano y presto a bloquear las decisiones que ineludiblemente haya de
afrontar un Gobierno elegido en las urnas. A este propósito, la
Coalición Provisional encabezada por Paul Bremer sigue impulsando
sus reformas ilegales para la implantación del libre mercado, con
el supuesto de que un gobierno iraquí que pueda controlar ya ratificará
estos cambios en su día.
Paul Bremer, por ejemplo, el día
31 de enero anunció la concesión de las tres primeras licencias
para la implantación de sedes de banca extranjera en Iraq. Una semana
antes envió una delegación del Consejo de gobierno de Iraq
a la Organización Mundial de Comercio para solicitar la categoría
de observador, primer paso del proceso para ser miembro de este organismo.
Además, las fuerzas ocupantes
de Iraq acaban de negociar un préstamo por valor de 850 millones
de dólares ante el Fondo Monetario Internacional, y se prevé
la habitual posibilidad en estos casos de que la entidad prestataria proceda
a futuros “ajustes” económicos.
En otros países que han realizado
recientemente la transición a la democracia –de Sudáfrica
a Filipinas o Argentina–, este periodo entre cambios de régimen
es precisamente el que ha podido presenciar los mayores actos de traición
y perfidia: se trata de las clásicas operaciones de “fontanería”
destinadas a traspasar las deudas y mantener la “continuidad desde un punto
de vista macroeco- nómico”. Una y otra vez, el pueblo recién
liberado llega a las elecciones sólo para poder constatar que los
asuntos aún susceptibles de ser sometidos a votación son
realmente ínfimos.
Sin embargo, en Iraq no es demasiado
tarde para detener este proceso. La clave radica en limitar cualquier mandato
u orden del consejo de transición a los asuntos directamente relacionados
con las elecciones: el censo, la seguridad, la protección de la
mujer y de las minorías.
Y aquí estriba la parte de
la cuestión verdaderamente sorprendente: podría suceder así
en la realidad.
¿Por qué? Porque todos
los argumentos de Washington para ir a la guerra se han evaporado; la única
excusa que resta es el intenso deseo de Bush de llevar la democracia al
pueblo de Iraq. Por supuesto, se trata de una mentira como las demás,
pero es una mentira útil. Podemos utilizar la endeblez política
en el tema de Iraq para exigir que la mentira de la democracia se convierta
en realidad, para que Iraq sea verdaderamente un país soberano de
su destino: liberado de las cadenas de la deuda, libre de contratos y obligaciones
heredadas, de la imponente presencia de las bases estadounidenses y en
posesión del pleno control de sus propios recursos, del petróleo
a las indemnizaciones que correspondan.
La presa que ha hecho Washington
en Bagdad se debilita día a día mientras crece la energía
de las fuerzas favorables a la democracia en el seno del país. La
auténtica democracia podría llegar a Iraq no porque la guerra
de Bush sea justa, sino porque ha demostrado ser tan gravemente equivocada.
* N. KLEIN, periodista y autora
de “No logo”. Conferenciante en las universidades de Harvard y Yale y en
la London School of EconomicsTraducción: José María
Puig de la Bellacasa
© 2003 Naomi Klein
Distribuido por The New York
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