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JORNADA de México - 22 de Febrero de 2004
En el escándalo de Irak,
¿dónde están los iraquíes?
Perdidos
en la acción
Hablar del
precio de la guerra en Irak estrictamente en términos de las bajas
y dólares de impuestos estadunidenses es una obscenidad. Sí,
los políticos les mintieron a los estadunidenses. Sí, les
deben respuestas. Pero le deben mucho más al pueblo iraquí,
y esa enorme deuda debe estar en el centro de cualquier debate civilizado
sobre la guerra
Naomi
Klein
Fue
Mary Vargas, una ingeniera de 44 años de Renton, Washington, la
que llevó la cultura de la terapia estadunidense a su nuevo zenit.
Al explicar por qué la guerra en Irak ya no era su primordial asunto
electoral, le dijo a Salon que, "cuando no encontraron las armas de destrucción
masiva, sentí que también me podía enfocar en otras
cosas. Me validé".
Sí,
correcto: la oposición a la guerra como autoayuda. El fin último
no es buscar justicia para las víctimas, o castigo para los agresores,
sino "validación" para los críticos de la guerra. Una vez
validado, es el momento de buscar el talismán de la autoayuda: "la
clausura". En este panorama mental, el grito salvaje de Howard Dean, más
que una metida de pata, mostró la segunda de los cinco etapas del
duelo: el enojo. El grito fue un momento de desfogue incontrolable, una
catarsis, que permitió a los estadunidenses liberales externar su
enojo y seguir su camino, transfiriendo sus afectos a candidatos más
apropiados.
Todos los principales
contendientes en la carrera demócrata toman prestado el lenguaje
de la terapia pop para discutir sobre la guerra y su número de víctimas
–no sobre Irak (un país tan ausente de sus campañas que bien
podría estar en otro planeta), sino sobre los estadunidenses. Al
escuchar a John Kerry, John Edwards y Howard Dean parece que la invasión
fue menos una guerra de agresión contra una nación soberana
que una guerra civil dentro de Estados Unidos, un evento traumático
que lesionó a los estadunidenses en su fe en los políticos,
en su lugar correcto en el mundo y en su bolsillo.
"El precio
del unilateralismo es demasiado alto y los estadunidenses están
pagando en recursos que podrían ser utilizados para los servicios
de salud, la educación, y nuestra seguridad aquí en casa",
dijo Kerry el pasado 16 de diciembre. "Estamos pagando ese precio a cambio
de la pérdida de respeto en el mundo... Y, lo más importante,
ese precio se paga con las vidas de los jóvenes estadunidenses que
se ven obligados a cargar con el peso de la misión solos".
Las vidas de
los civiles iraquíes que se perdieron como un resultado directo
de la invasión están conspicuamente ausentes de la cuenta
de Kelly. Incluso Dean, el "candidato antiguerra" hasta su retiro de la
contienda, regularmente sufre de la misma matemática miope. "Hay
casi 400 personas muertas que no estarían muertas si no hubiéramos
ido a guerra", dijo en noviembre. El 22 de enero, actualizó el número
de pérdidas a "500 soldados y 2 mil 200 heridos".
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Pero el 8 de febrero, mientras Kerry
estaba en campaña en Virginia y Dean estaba en Maine, el número
de civiles iraquíes muertos desde la invasión alcanzó
la cifra de 10 mil. Ese número es el más autorizado disponible,
ya que las autoridades de la ocupación en Irak se niegan a tener
estadísticas de las bajas civiles. El número proviene de
la Cuenta de Cuerpos en Irak, un grupo de respetados académicos
británicos y estadunidenses que basan sus cifras en un cruce de
reportes de periodistas y grupos de derechos humanos en el campo de acción.
John Sloboda, cofundador de la Cuenta
de Cuerpos en Irak, me dijo que cuando se rebasó la cruda marca
de 10 mil, la noticia llegó a los diarios británicos y la
BBC, pero recibió "escandalosamente poca atención en Estados
Unidos", incluso de los principales candidatos demócratas, que no
usaron el argumento, ni siquiera cuando hablaban de la defectuosa inteligencia
de Bush. "Si la guerra se peleó por pretextos falsos", dice Sloboda,
"entonces, cada muerte provocada por esta guerra es una muerte por pretextos
falsos".
Y si ese es el caso, la pregunta
más urgente no es "¿Quién sabía qué
cuándo?", sino, "¿Quién le debe qué a quién?"
En la legislación internacional, los países que libran guerras
de agresión deben pagar reparaciones como multa por sus crímenes.
Sin embargo, en Irak esta lógica
está de cabeza. No sólo no hay multa por su guerra ilegal,
hay premios. Estados Unidos activa y abiertamente se recompensa con enormes
contratos de reconstrucción. "Nuestra gente arriesgó la vida.
La gente de la coalición, de la coalición amiga, arriesgó
sus vidas y por lo tanto los contratos van a reflejar eso", dijo Bush el
pasado 11 de diciembre.
Y cuando el gasto de reconstrucción
atrajo escrutinio, no fue por lo que se le debe a los iraquíes por
sus tremendas pérdidas, sino por lo que se le debe a los contribuyentes
estadunidenses. "Estas ganancias obtenidas por la guerra son veneno para
Estados Unidos, veneno para la fe de los estadunidenses en el gobierno
y veneno para la percepción de nuestros aliados de nuestros motivos
en Irak", dijo John Edwards en diciembre. Es verdad, pero de algún
modo logró no mencionar que también envenena a los iraquíes,
no su fe o sus percepciones, sino sus cuerpos.
Cada dólar gastado en un contratista
estadunidense que cobra de más, con un bajo desempeño, representa
un dinar que no se gasta en reconstruir las plantas de electricidad y de
tratamiento de agua que fueron bombardeadas. Y son los iraquíes,
no los contribuyentes estadunidenses, los que tienen que tomar agua infestada
de tifoidea y cólera, y luego buscar tratamiento en hospitales aún
inundados con aguas residuales, donde la provisión de medicamentos
está aún más mermada que durante la época de
las sanciones.
Actualmente no hay ningún
plan para compensar a los civiles iraquíes por las muertes causadas
por la intencional destrucción de su infraestructura básica,
o como resultado del combate durante la invasión. Las fuerzas de
ocupación sólo pagarán compensación por "situaciones
en las que los soldados actuaron con negligencia o erróneamente".
Según las últimas cifras, las tropas estadunidenses han distribuido
aproximadamente 2 millones de dólares en compensaciones por muertes,
heridas y daños materiales. Eso es menos que el precio de dos de
los 800 misiles crucero Tomahawk que fueron lanzados durante la guerra
y un tercio de lo que Halliburton admite que dos de sus empleados aceptaron
en sobornos de un contratista kuwaití.
Hablar del precio de la guerra en
Irak estrictamente en términos de las bajas y dólares de
impuestos estadunidenses es una obscenidad. Sí, los políticos
les mintieron a los estadunidenses. Sí, les deben respuestas. Pero
le deben mucho más al pueblo iraquí, y esa enorme deuda debe
estar en el centro de cualquier debate civilizado sobre la guerra.
En Estados Unidos, un buen comienzo
sería que los candidatos demócratas reconocieran un poco
de la responsabilidad colectiva. Puede ser que Bush haya sido el iniciador
de la guerra, pero, hablando en términos de autoayuda, tuvo muchos
facilitadores. Incluidos Kerry y Edwards, entre otros 27 senadores demócratas
y 81 miembros demócratas de la Cámara de Representantes que
votaron a favor de la resolución que autorizó a Bush a ir
a la guerra. También está incluido Howard Dean, quien creyó
y repitió las afirmaciones de Bush de que Irak tenía armas
de destrucción masiva. También actuó su parte una
prensa crédula y porrista, que vendió estas afirmaciones
a un público estadunidense demasiado confiado, del cual 76% apoyaba
la guerra, según un sondeo de CBS dado a conocer dos días
después del comienzo de la invasión.
¿Por qué importa este
asunto de historia antigua? Porque mientras los opositores de Bush continúen
poniéndose en el papel de las principales víctimas de su
guerra, las verdaderas víctimas permanecerán invisibles,
incapaces de reclamar justicia. A la hora de develar las mentiras de Bush,
la atención se pone en buscar absolver a aquellos que creyeron en
las mentiras, no en compensar a aquellos que murieron por culpa de ellas.
Si la guerra fue errónea,
entonces Estados Unidos, como el principal agresor, debe enfocarse en corregir
las cosas.
En las cinco etapas del duelo, hay
un paso después del coraje. Es la culpa, cuando la parte en duelo
comienza a preguntarse si hizo lo suficiente, si la pérdida es de
alguna manera su culpa, si puede reparar el daño. Se supone que
la última etapa –la superación– sólo llega después
de este reconocimiento.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein |