| MASIOSARE/LA
JORNADA de México - 7 de Marzo de 2004
“Por 50 dólares, aviento
una granada”
Libre
comercio y terrorismo
Naomi
Klein *
Thomas Friedman
(columnista de The New York Times) asegura que la subcontratación
de empresas extranjeras, la “deslocalización” (outsourcing), lucha
contra el terrorismo: al trasladar trabajos “de baja paga y bajo prestigio”
a “lugares como la India o Pakistán... no sólo creamos un
mundo más próspero, sino también un mundo más
seguro para nuestros jóvenes veinteañeros”.
Pero, ¿estos
empleos –muchos de los cuales requieren que los trabajadores disimulen
su nacionalidad, adopten acentos falsos del Oeste Medio y trabajen toda
la noche– son los reforzadores de la autoconfianza que Friedman asegura?
THOMAS
FRIEDMAN
no ha estado así
de exaltado respecto al libre comercio desde las protestas contra la OMC
en Seattle. En aquel entonces, le dijo a los lectores de The New York
Times que el ambiente de trabajo en una planta de Victoria’s Secret
en Sri Lanka era tan maravilloso “que en términos de las condiciones,
dejaría que mis propias hijas trabajaran” ahí.
Nunca actualizó a sus lectores
sobre cómo las chicas disfrutaban del tiempo que dedicaron a coser
ropa interior, pero Friedman ya pasó a otra cosa –ahora está
en el tema de los placeres de los centros de atención telefónica
en Bangalore. Estos empleos, escribió el 29 de febrero, le dan a
los jóvenes “confianza en sí mismos, dignidad y optimismo”
–y eso no sólo es bueno para los indios, sino también para
los estadunidenses. ¿Por qué? Porque trabajadores contentos
a quienes se les paga para que ayuden a los turistas estadunidenses a localizar
su equipaje perdido en vuelos de Delta son menos propensos a amarrarse
dinamita y hacer explotar esos mismos aviones.
¿Confundido? Friedman explica
la conexión: “Al escuchar a estos jóvenes indios tuve un
déjà
vu. Hace cinco meses estaba en Ramallah, en la Costa Occidental, hablando
con tres jóvenes palestinos, también veinteañeros...
hablaban de no tener esperanza, ni empleos, ni dignidad, y cada uno asintió
cuando uno de ellos dijo que todos eran ‘bombas suicidas en espera’”. De
ahí concluye que la subcontratación de empresas extranjeras,
la “deslocalización” ( ), lucha
contra el terrorismo: al trasladar trabajos “de baja paga y bajo prestigio”
a “lugares como la India o Pakistán... no sólo creamos un
mundo más próspero, sino también un mundo más
seguro para nuestros jóvenes veinteañeros”.
Ante tal argumento, ¿por dónde
comenzar? India no ha estado vinculado en ningún incidente importante
de terrorismo internacional desde el bombardeo de Air India en 1985 (los
sospechosos de haber llevado a cabo el bombardeo son principalmente ciudadanos
canadienses nacidos en India). Tampoco es, este país 81% hindú,
un semillero de Al Qaeda; de hecho, India fue nombrada por la red terrorista
“enemigo del Islam”. Pero omitamos los detalles. En el mundo de Friedman,
los centros de atención telefónica son los frentes de batalla
de la Tercera Guerra Mundial: La Lucha por la Modernidad para, valientemente,
mantener a los jóvenes de tez morena alejados de las garras de Hamas
y Al Qaeda.
Pero, ¿estos empleos –muchos
de los cuales requieren que los trabajadores disimulen su nacionalidad,
adopten acentos falsos del Oeste Medio y trabajen toda la noche– son los
reforzadores de la autoconfianza que Friedman asegura? No, según
Lubna Baloch, una mujer paquistaní subcontratada para transcribir
archivos médicos dictados por doctores en el Centro Médico
de San Francisco, de la Universidad de California. El hospital le paga
a los estenógrafos en Estados Unidos 18 centavos por línea,
pero a Baloch sólo le pagaron una sexta parte de esa suma. De todos
modos, su empleador estadunidense –un subcontratista de un subcontratista
de un contratista– no logró pagar la nómina, y Baloch asegura
que le deben 100 dólares en salarios atrasados.
En octubre, frustrada porque su patrón
no respondía a sus correos electrónicos, Baloch se contactó
con el Centro Médico UCSF y amenazó con “dar a conocer todos
los archivos de voz y los expedientes de los pacientes... en el Internet”.
Luego se retractó de su amenaza, y explicó: “Me siento violada,
desamparada... la más sin suerte de las personas en este mundo”.
Adiós “la confianza en sí misma, la dignidad y el optimismo”
–parece ser que no todos los empleos tecnológicos “deslocalizados”
son seguros contra actos de desesperación.
uuu
Friedman tiene razón en reconocer,
finalmente, que hay una clara conexión entre luchar contra la pobreza
y luchar contra el terrorismo (un paso adelante de su práctica habitual
de culpar a “la locura colectiva” de las bombas suicidas). Se equivoca,
claro, en argumentar que las políticas de libre comercio aliviarán
esa pobreza: de hecho, son un motor altamente eficiente para la desposesión,
empuja a los pequeños agricultores de sus tierras y deja sin trabajo
a los trabajadores del sector público, y, por lo tanto, hace que
crezca la desesperada necesidad de empleos en Victoria’s Secret y los centros
de atención telefónica de Delta.
Pero aunque Friedman genuinamente
cree que los trabajos de exportación con bajo salario son la llave
al desarrollo económico, defenderlos como la cura contra la desesperanza
en Ramallah raya en lo obsceno. Todos los estudios creíbles sobre
la economía en los territorios ocupados han concluido que la principal
causa del desempleo palestino –ahora en 50%– es la ocupación misma.
El brutal sistema israelí de bloquear a pueblos y aldeas palestinas
–a través de retenes, cierres carreteros, toques de queda, vallas
y ahora la vil pared de “seguridad”– “prácticamente ha destruido
la economía palestina”, declara un Informe de Amnistía Internacional
de septiembre de 2003. “Los cierres y los toques de queda han provocado
que los palestinos no puedan llegar a sus lugares de trabajo... hay fábricas
y granjas que se han quedado en la bancarrota”.
En otras palabras, el desarrollo
económico no llegará a Palestina a través de los centros
de atención telefónica sino a través de la liberación.
El argumento de Friedman es igual de absurdo cuando se aplica al país
en el que el terrorismo está creciendo más rápidamente:
Irak. Así como en Palestina, Irak enfrenta una crisis de desempleo,
alimentada por la ocupación. Y no es para sorprenderse: la primera
movida
de Paul Bremer como enviado principal de Estados Unidos fue despedir a
400 mil soldados y otros trabajadores del Estado. Su segunda
movida
fue
abrir las fronteras a importaciones baratas, predeciblemente sacando del
negocio a cientos de compañías locales.
Por lo general, los trabajadores
despedidos que buscaban conseguir un empleo participando en la reconstrucción
de su país deshecho no tuvieron suerte: La reconstrucción
de Irak es un amplio programa de creación de empleos para estadunidenses,
con Halliburton y los demás importando trabajadores estadunidenses,
no sólo como ingenieros, sino también como choferes y estilistas.
Los empleos de segunda categoría se destinan a los migrantes de
Asia y los iraquíes recogen la basura. Es importante señalar
que John Kerry y John Edwards, si bien condenan enérgicamente la
pérdida de empleos estadunidenses por el traslado de los empleos
al extranjero, no han dicho nada respecto a la masiva “deslocalización”
realizada por empresas estadunidenses de empleos desesperadamente necesitados.
Sin embargo, estas políticas,
quizá más que cualquier otra, han alimentado la violencia
que ahora amenaza a llevar a Irak a una guerra civil. Los hombres que Bremer
despidió son “el agua de la llave que mantiene a la insurgencia
andando. Es el empleo alternativo”, le dijo el empresario iraquí
Hussain Kubba a Asian Times. Es un punto de vista apoyado por Hassam
Kadhim, un residente de 27 años de la Ciudad de Sadr, quien recientemente
le dijo a The New York Times que está tan desesperado por
un empleo que “si alguien llega con 50 dólares y me pide que les
aviente una granada a los estadunidenses, lo haré con placer” .
La brillante idea de Friedman de
luchar contra el terrorismo con empleos estadunidenses “deslocalizados”
es sumamente complicado. Un mejor plan sería acabar con la ocupación
y dejar de enviar trabajadores estadunidenses a robarse los empleos iraquíes.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein. Una versión de
este artículo fue publicado en The Nation)
*Naomi Klein es autora de No
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