| La
Vanguardia de España - 1 de Julio de 2004
Sinvergüenzas
en Iraq
Naomi
Klein *
| EL 25% DEL DINERO
DE la reconstrucción no se gasta en hospitales, sino en contratar
agentes para garantizar la seguridad de sus edificios |
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| EE.UU. HA TRANSFERIDO
184 millones de dólares, destinados al suministro de agua potable,
a su nueva suntuosa embajada en Iraq |
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Llegan buenas noticias de Bagdad:
la oficina de planificación de la autoridad provisional de la coalición,
que supervisa la gestión de los 18.400 millones de dólares
de los fondos estadounidenses destinados a la reconstrucción del
país, ha fijado por fin un objetivo que considera alcanzable. El
suministro eléctrico, por supuesto, tiene una cobertura inferior
a la de antes de la guerra, las calles son alcantarillas a cielo abierto
y el número de ciudadanos iraquíes en paro supera al de contratados.
No obstante, la citada oficina ha firmado un contrato con la firma concesionaria
británica Aegis para proteger al personal de la coalición
frente a posibles actos de “asesinato, secuestro, lesiones y –tomen nota–
situaciones desairadas o bochornosas de todo género”.
Desconozco si Aegis logrará
proteger al personal de la autoridad provisional de la coalición
frente a actos de violencia, pero ¿del bochorno y la vergüenza
pública? Me atrevería a decir que ya está sobradamente
protegido: los responsables de la reconstrucción de Iraq no pueden
verse abochornados... por la sencilla razón de que evidentemente
han perdido la vergüenza.
En la fase previa de lo que calificaré
de maniobra sibilina que ha tenido lugar en Iraq esta semana (no me avengo
a llamar a esto una transmisión de poderes), las autoridades de
ocupación estadounidenses se han afanado sin pestañear en
robar un dinero que se suponía destinado a ayudar a un pueblo devastado
por la guerra.
El Departamento de Estado ha transferido
184 millones de dólares destinados a proyectos de suministro de
agua potable al presupuesto de la nueva suntuosa embajada de Estados Unidos,
situada en el mismo emplazamiento de la antigua residencia palaciega de
Saddam Hussein. El subsecretario de Estado estadounidense, Richard Armitage,
al comprobar que le faltaban mil millones de dólares para la embajada,
dijo impertérrito que tal vez habría de “transferir ciertas
partidas presupuestarias”. En realidad, roba al pueblo de Iraq, que, según
un reciente estudio de la asociación de defensa de los consumidores
Public Citizen, corre el peligro de sufir “brotes de cólera, diarrea,
vómitos y cálculos en el riñón” por la ingesta
de agua contaminada.
Si el responsable de las fuerzas
de ocupación, Paul Bremer, y su equipo pudieran realmente sentirse
abochornados, deberían haberse ruborizado, siquiera levemente, por
haber gastado solamente 3.200 millones de dólares de los 18.400
millones de dólares que tenían asignados por el Congreso.
La razón: un retraso realmente desastroso en el cumplimiento de
los planes previstos. En un principio, Paul Bremer afirmó que el
dinero se invertiría cuando Iraq fuera un país soberano,
pero –según parece– alguien tuvo una idea mejor: asignarlo a lo
largo de cinco años para que el embajador John Negroponte pudiera
emplearlo como recurso estratégico y baza de negociación.
Ante una deuda de 15.000 millones de dólares, ¿cómo
van a plantearse siquiera los iraquíes la posibilidad de rechazar
las solicitudes estadounidenses relativas a la instalación de bases
militares y la aplicación de reformas económicas?
Escasamente dispuestos a aligerar
su propia cartera, los sinvergüenzas no han vacilado en meter las
manos en los fondos pertenecientes a los iraquíes. Teniendo en perspectiva
la pérdida del control del dinero procedente del petróleo
iraquí y tras decidir emprender la maniobra sibilina a la que antes
me he referido, las autoridades de ocupación se apropiaron de 2.500
millones de dólares de esos ingresos y proceden a gastar actualmente
el dinero en proyectos cuyo coste estaba previsto cubrir mediante dinero
procedente, en realidad, de impuestos estadounidenses.
Pero, acto seguido –y por si los
escándalos económicos les subieron a ustedes los colores–
lo cierto es que toda la empresa de la reconstrucción de Iraq puede
ser sin duda de lo más vergonzoso y humillante. Desde un principio,
sus nuevos arquitectos rechazaron la idea de que a la hora de reconstruir
Iraq debería aplicarse una especie de experiencia de planificación
del estilo del New Deal. Al contrario, la operación se concibió
como una iniciativa privatizadora. Fue, sí, un sueño, pero
un sueño para que las empresas multinacionales –la mayoría
estadounidenses– pudieran abatirse sobre su presa y deslumbrar a los iraquíes
con su celeridad y eficiencia.
Pero los iraquíes fueron testigos
de algo más: los puestos de trabajo que necesitaban perentoriamente
iban a parar a manos de norteamericanos y las carreteras estaban atestadas
de camiones que transportaban incesantemente suministros de productos fabricados
en naves industriales extranjeras, mientras que las fábricas iraquíes
no contaban siquiera con generadores eléctricos de emergencia. En
consecuencia, constataron que la reconstrucción no era una recuperación
tras los estragos de la guerra, sino una prolongación de la ocupación
del país. Y así, en tanto aumentaba la resistencia, la propia
reconstrucción se convirtió en objetivo primordial.
La respuesta de las firmas concesionarias
ha consistido en actuar aún más en calidad de ejército
de ocupación, construyendo aquí y allá complejos y
estudiados edificios fortaleza en el perímetro de la zona verde
de Bagdad, defendidos por agentes que han sido especialmente contratados
para tal fin. Téngase en cuenta, además, que ser odiado resulta
bastante caro. Según los cálculos más recientes, los
costes de la seguridad se tragan hasta un 25% de los contratos de reconstrucción,
de modo que el dinero no se gasta en hospitales, plantas de tratamiento
de aguas o centrales telefónicas.
Entre tanto, los agentes de seguros
que venden en Iraq pólizas de seguros que cubren la muerte repentina
han duplicado el coste de esas pólizas, de forma que llegan a alcanzar
hasta un 30% de la nómina de los empleados de las empresas concesionarias.
Ello significa que numerosas empresas gastan la mitad de sus presupuestos
en armarse y asegurarse frente a quienes se daba por sentado que iban a
ayudar en Iraq.
Los contratistas privados se han
visto asimismo mezclados en las acusaciones relativas a los casos de tortura
en la cárcel de Abu Ghraib. Una denuncia –que constituye en sí
misma un hito histórico– interpuesta por el Center for Constitutional
Rights, organización estadounidense sin afán de lucro, sostiene
que las empresas estadounidenses Titan y CACI International concibieron
de acuerdo con funcionarios estadounidenses la comisión de acciones
conducentes a “vejar, torturar y maltratar personas” para incrementar la
demanda de “servicios y agentes para los interrogatorios”.
Si los ocupantes de Iraq fueran capaces
de experimentar el sentimiento de vergüenza, podrían haber
reaccionado mediante la imposición de nuevas normas más estrictas.
Por el contrario, los senadores republicanos abortaron el intento de impedir
que los contratistas privados pudieran interrogar a los prisioneros, votando
contra la propuesta de imponer sanciones más enérgicas contra
las empresas contratistas que hinchan las facturas.
Entre tanto, la Casa Blanca intenta
asimismo obtener la inmunidad frente al procesamiento de contratistas estadounidenses
en Iraq, medida que ya ha solicitado al nuevo primer ministro, Iyad Alaui.
Parece probable que Alaui accederá a la petición, dado que,
al fin y al cabo, él mismo es una especie de contratista por cuenta
de Estados Unidos: antiguo espía de la CIA, ya amenaza con la imposición
de la ley marcial, en tanto que su ministro de Defensa señala cuando
alude a los combatientes de la resistencia: “Les cortaremos las manos y
les decapitaremos”.
Cabe señalar que, en una hazaña
definitiva y concluyente en materia de concesión de servicios, la
gobernación de Iraq ha sido subcontratada a concesionarios aún
más brutales y crueles.
¿Resulta concebible que toda
esta vergüenza sea susceptible de provocar el derribo de una dictadura,
tras una invasión? En absoluto: es lo que los ocupantes califican
de soberanía. Los muchachos de Aegis pueden dormir tranquilos: la
vergüenza no constituirá ningún problema.
* N. klein, periodista y autora de
‘No logo’ y ‘Vallas y ventanas’. Conferenciante en Harvard, Yale y en la
London School of Economics © 2004 Naomi Klein
Distribuido por The New York Times
Syndicate
Traducción: José María
Puig de la Bellacasa |