| Masiosare/La
Jornada de México - 3 de Octubre de 2004
El fundamentalismo religioso se
fortalece en Irak
“Las
creencias no se pueden bombardear”
Naomi
Klein
“Lejos de reducir la atracción
por el extremismo, el ataque estadunidense contra el clérigo iraquí
Muqtada al-Sadr en gran medida la fortaleció”, afirma la autora.
“Sadr se posicionó hábilmente no como una voz marginal de
los estrictos chiítas, sino como un iraquí nacionalista que
defiende a todo su país contra los invasores extranjeros. Así
que cuando fue atacado por la fuerza militar estadunidense y se atrevió
a resistir, se ganó el respeto de millones de iraquíes que
viven bajo la humillación y brutalidad de la ocupación.
“Ahora, muchos chiítas
buscan refugio en las certidumbres del fundamentalismo, por no mencionar
los servicios sociales de emergencia que proveen las mezquitas. Algunos
incluso llegan a la conclusión de que necesitan un tirano propio,
un feroz fundamentalista que luche contra los otros hombres fuertes que
intentan controlar Irak”
MI PRIMER
ENCUENTRO CON el ejército
Mahdi de Muqtada al-Sadr ocurrió el 31 de marzo en Bagdad. El estadunidense
jefe de la ocupación Paul Bremer había enviado hombres armados
a clausurar Al Hawza, el periódico del joven clérigo,
con el argumento de que los artículos que comparaban a Bremer con
Saddam Hussein incitaban a la violencia contra los estadunidenses. Sadr
respondió con un llamado a sus seguidores a protestar fuera de las
rejas de la Zona Verde, demandando la reapertura de Al Hawza.
Cuando escuché sobre la manifestación,
quise ir, pero había un problema: había estado visitando
fábricas estatales durante todo el día y no estaba apropiadamente
vestida para una muchedumbre de devotos chiítas. Pero, razoné,
esta era a manifestación en defensa de la libertad periodística
–¿realmente podrían oponerse a una periodista en pantalones
holgados? Me puse una pañoleta y fui.
Los manifestantes habían impreso
carteles en inglés que decían: "Dejen a los periodistas trabajar
sin terror" y "Dejen que los periodistas hagan su trabajo". Sonaba bien,
pensé, y comencé mi trabajo. Sin embargo, pronto fui interrumpida
por un miembro del ejército Mahdi vestido de negro: quería
hablar con mi traductor acerca de mis preferencias en cuanto a la moda.
Un amigo y yo bromeamos y dijimos que íbamos a hacer nuestro propio
cartel: "Dejen que los periodistas traigan pantalones", pero pronto la
situación se tornó seria: otro soldado Mahdi agarró
a mi traductor y lo empujó contra un muro de concreto antibombas,
hiriéndole la espalda. Mientras, una amiga iraquí llamó
para decir que estaba atrapada en la Zona Verde y no podía salir:
había olvidado traer su pañoleta y tenía miedo de
encontrarse con un patrullaje Mahdi.
Fue una lección sobre quién
es en realidad Sadr: no un liberador anti-imperialista, como algunos en
la extrema izquierda lo representan, sino alguien que quiere a los extranjeros
fuera para que pueda restringir y controlar a grandes proporciones de la
población iraquí. Pero Sadr tampoco es el villano unidimensional
que tantos medios pintan, un retrato que ha permitido que muchos liberales
guarden silencio sobre el hecho de que su participación en las elecciones
es frenada y que volteen hacia el otro lado mientras las fuerzas estadunidenses
bombardean la Ciudad de Sadr durante la noche, castigando a toda la población
civil y, más recientemente, cortando la electricidad en medio de
un brote de hepatitis E.
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La situación requiere una
posición de más principios. Por ejemplo, los llamados de
Muqtada al Sadr por una libertad de prensa pueden no incluir la libertad
de las periodistas de cubrirlo. Sin embargo, merece tener el derecho a
publicar un periódico político –no porque él crea
en la libertad sino porque se supone que nosotros sí creemos en
ella. De modo similar, los llamados de Sadr por unas elecciones justas
y por el fin a la ocupación demandan nuestro apoyo inequívoco
–no porque no veamos la amenaza que Sadr representa si en verdad resulta
electo, sino porque creer en la autodeterminación implica admitir
que el resultado de la democracia está fuera de nuestro control.
Este tipo de distinciones matizadas
son comunes en Irak: conocí mucha gente en Bagdad que condenaba
con severidad los ataques sobre Sadr y decía que eran evidencia
de que Washington nunca tuvo la intención de traer la democracia
a su país. Apoyaba los llamados del clérigo por un fin a
la ocupación y por unas inmediatas elecciones abiertas. Pero cuando
se le preguntaba si votaría por él en esas elecciones, la
mayoría se reía de esa posibilidad.
Sin embargo, aquí en Norteamérica
la idea de que puedas apoyar el llamado de Sadr a la realización
de elecciones sin aprobar que sea el siguiente primer ministro iraquí
es más difícil de comprender. Por argumentar a favor de esta
postura, Nick Cohen, del London Observer, me acusó de "ofrecer
pretextos a favor de los teócratas y misóginos"; Frank Smyth,
en Foreign Policy in Focus, me acusó de "ingenuamente simpatizar
con la milicia al-Mahdi"; y, Christopher Hitchens, en Slate, me
acusó de ser "una socialista-feminista que ofrece un mareador apoyo
a los fascistas teocráticos".
Toda esta viril defensa de los derechos
de las mujeres definitivamente es capaz de hacer que una chica se maree.
Sin embargo, antes de que Hitchens cabalgue al rescate, vale la pena recordar
cómo racionalizó su reputación –destruyendo el apoyo
a la guerra: aunque las fuerzas estadunidenses estuviesen realmente tras
el petróleo y las bases militares, razonó, la liberación
del pueblo iraquí sería un efecto secundario tan alegre,
que los progresistas en todos lados deberían vitorear a los misiles
Crucero. Con la perspectiva de la liberación aún como un
chiste cruel en Irak, Hitchens ahora asegura que esta misma Casa Blanca
anti-mujer, anti-homosexual es la mejor esperanza que tiene el pueblo iraquí
contra el anti-mujer, anti-homosexuales fundamentalismo religioso de Sadr.
Una vez más, se supone que debemos aguantarnos y vitorear a los
Bradleys –por el bien mayor o el mal menor. No hay duda de que los iraquíes
se enfrentan a una creciente amenaza del fanatismo religioso, pero las
fuerzas estadunidenses no protegerán a las mujeres y minorías
iraquíes frente al fanatismo religioso más de lo que han
protegido a los iraquíes de ser torturados en Abu Ghraib o bombardeados
en Falluja y la Ciudad de Sadr. La liberación nunca será
un efecto de goteo de esta invasión porque la dominación,
no la liberación, siempre fue la meta.
uuu
Hasta en el mejor escenario, la actual
elección en Irak no es entre el peligroso fundamentalismo de Sadr
y un gobierno secular democrático compuesto por sindicalistas y
feministas. Es entre elecciones abiertas –con el riesgo de entregar el
poder a los fundamentalistas, pero que también permitirían
que las fuerzas religiosas moderadas y seculares se organizaran– y elecciones
manipuladas, diseñadas para dejar el país en manos de Iyad
Allawi y el resto de sus malandrines entrenados por la CIA y Mukhabarat,
completamente dependientes de Washington tanto en cuestión financiera
como de fortaleza.
Por eso van tras Sadr –no porque
sea una amenaza a los derechos de las mujeres sino porque es la mayor amenaza
al control militar y económico estadunidense en Irak. Aún
después de que el gran ayatola Ali al-Sistani dejó de oponerse
a los planes de entrega del poder, por miedo a una guerra civil, Sadr continuó
oponiéndose a la constitución elaborada por Estados Unidos,
continuó llamando a un retiro de las tropas extranjeras y continuó
su oposición a los planes estadunidenses de nombrar un gobierno
interino en vez de llamar a elecciones. Si se cumplen las demandas de Sadr
y se deja el destino del país realmente en manos de la mayoría,
las bases militares estadunidenses en Irak estarán en serio peligro,
así como todas las leyes pro-privatización empujadas por
Bremer.
Los progresistas deberían
de oponerse al ataque estadunidense a Sadr porque no se trata de un ataque
a un solo hombre, sino a la posibilidad del futuro democrático de
Irak. Hay otra razón: para defender los derechos democráticos
de Sadr. Es la mejor manera de luchar contra el ascenso del fundamentalismo
religioso en Irak.
Lejos de reducir la atracción
por el extremismo, el ataque estadunidense contra Sadr en gran medida la
fortaleció. Sadr se posicionó hábilmente no como una
voz marginal de los estrictos chiítas, sino como un iraquí
nacionalista que defiende a todo su país contra los invasores extranjeros.
Así que cuando fue atacado con toda la fuerza militar estadunidense
y se atrevió a resistir, se ganó el respeto de millones de
iraquíes que viven bajo la humillación y brutalidad de la
ocupación.
Los intentos por silenciar a Sadr
también han servido para confirmar los peores miedos de muchos chiítas
–que los estadunidenses los están traicionando de nuevo, los mismos
estadunidenses que apoyaron a Saddam durante la guerra Irán-Irak,
que acabó con las vidas de más de 100 mil iraquíes;
los mismos estadunidenses que les dijeron que se rebelaran en 1991, y que
los abandonaron para ser masacrados. Ahora, de nuevo bajo estado de sitio,
muchos buscan refugio en las certidumbres del fundamentalismo, por no mencionar
los servicios sociales de emergencia que proveen las mezquitas. Algunos
incluso llegan a la conclusión de que necesitan a un tirano propio,
un feroz fundamentalista que luche contra los otros hombres fuertes que
intentan controlar Irak.
Este cambio de actitud es evidente
en todas las encuestas. Una encuesta de la Autoridad Provisional de la
Coalición, llevada a cabo en mayo, después de la primera
toma estadunidense de Najaf, reveló que la opinión sobre
Sadr había mejorado entre 81% de los iraquíes encuestados.
Una encuesta del Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos
iraquí colocó a Sadr –una figura marginal sólo seis
meses antes– como el segundo actor político más influyente
después de Sistani.
Aún más alarmante,
los ataques parecen incrementar el apoyo no sólo a Sadr en lo personal,
sino a la teocracia en general. En febrero, un mes antes de que Paul Bremer
cerrara el periódico de Sadr, un sondeo de Investigación
Internacional de Oxford reveló que la mayoría de los iraquíes
quería un gobierno secular: sólo 21% de los encuestados dijo
que su sistema político favorito era "un Estado islámico"
y sólo 14% clasificó a los "políticos religiosos"
como sus actores políticos favoritos.
Agosto, Najaf sitiado por las fuerzas
estadunidenses: el Instituto Internacional Republicano informa que un asombroso
70% de iraquíes quieren al Islam y la Sharia como los fundamentos
del Estado. La encuesta no diferenciaba entre la inquebrantable interpretación
de la Sharia de Sadr y las versiones más moderadas representadas
por otros partidos religiosos. Sin embargo, algunas de las personas que
me dijeron en marzo que apoyaban a Sadr pero que nunca votarían
por él, comienzan a cambiar de opinión.
En respuesta a mi columna "Llevar
Najaf a Nueva York" [Masiosare, 29 de agosto de 2004], recibí
una carta del mayor Glen Butler, un piloto de helicóptero de la
Marina estadunidense en Najaf. El mayor Butler defiende la toma de la ciudad
santa diciendo que él y sus compañeros marines trataban
de prevenir que el "mal" de los "radicales musulmanes" se esparciera –"Nuestro
deseo es que Najaf se quede en Najaf".
Bien, pues no está funcionando.
Los helicópteros artillados son buenos para matar gente. En cambio,
las creencias, bajo fuego, tienden a esparcirse.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein.
Una versión de este artículo
fue publicado en The Nation –www.thenation.com) |