Naomi Klein - rodelu.net
5 de Octubre de 2004
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Masiosare/La Jornada de México - 3 de Octubre de 2004

El fundamentalismo religioso se fortalece en Irak

“Las creencias no se pueden bombardear”

Naomi Klein
“Lejos de reducir la atracción por el extremismo, el ataque estadunidense contra el clérigo iraquí Muqtada al-Sadr en gran medida la fortaleció”, afirma la autora. “Sadr se posicionó hábilmente no como una voz marginal de los estrictos chiítas, sino como un iraquí nacionalista que defiende a todo su país contra los invasores extranjeros. Así que cuando fue atacado por la fuerza militar estadunidense y se atrevió a resistir, se ganó el respeto de millones de iraquíes que viven bajo la humillación y brutalidad de la ocupación. 
“Ahora, muchos chiítas buscan refugio en las certidumbres del fundamentalismo, por no mencionar los servicios sociales de emergencia que proveen las mezquitas. Algunos incluso llegan a la conclusión de que necesitan un tirano propio, un feroz fundamentalista que luche contra los otros hombres fuertes que intentan controlar Irak”

MI PRIMER ENCUENTRO CON el ejército Mahdi de Muqtada al-Sadr ocurrió el 31 de marzo en Bagdad. El estadunidense jefe de la ocupación Paul Bremer había enviado hombres armados a clausurar Al Hawza, el periódico del joven clérigo, con el argumento de que los artículos que comparaban a Bremer con Saddam Hussein incitaban a la violencia contra los estadunidenses. Sadr respondió con un llamado a sus seguidores a protestar fuera de las rejas de la Zona Verde, demandando la reapertura de Al Hawza.

Cuando escuché sobre la manifestación, quise ir, pero había un problema: había estado visitando fábricas estatales durante todo el día y no estaba apropiadamente vestida para una muchedumbre de devotos chiítas. Pero, razoné, esta era a manifestación en defensa de la libertad periodística –¿realmente podrían oponerse a una periodista en pantalones holgados? Me puse una pañoleta y fui.

Los manifestantes habían impreso carteles en inglés que decían: "Dejen a los periodistas trabajar sin terror" y "Dejen que los periodistas hagan su trabajo". Sonaba bien, pensé, y comencé mi trabajo. Sin embargo, pronto fui interrumpida por un miembro del ejército Mahdi vestido de negro: quería hablar con mi traductor acerca de mis preferencias en cuanto a la moda. Un amigo y yo bromeamos y dijimos que íbamos a hacer nuestro propio cartel: "Dejen que los periodistas traigan pantalones", pero pronto la situación se tornó seria: otro soldado Mahdi agarró a mi traductor y lo empujó contra un muro de concreto antibombas, hiriéndole la espalda. Mientras, una amiga iraquí llamó para decir que estaba atrapada en la Zona Verde y no podía salir: había olvidado traer su pañoleta y tenía miedo de encontrarse con un patrullaje Mahdi.

Fue una lección sobre quién es en realidad Sadr: no un liberador anti-imperialista, como algunos en la extrema izquierda lo representan, sino alguien que quiere a los extranjeros fuera para que pueda restringir y controlar a grandes proporciones de la población iraquí. Pero Sadr tampoco es el villano unidimensional que tantos medios pintan, un retrato que ha permitido que muchos liberales guarden silencio sobre el hecho de que su participación en las elecciones es frenada y que volteen hacia el otro lado mientras las fuerzas estadunidenses bombardean la Ciudad de Sadr durante la noche, castigando a toda la población civil y, más recientemente, cortando la electricidad en medio de un brote de hepatitis E.

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La situación requiere una posición de más principios. Por ejemplo, los llamados de Muqtada al Sadr por una libertad de prensa pueden no incluir la libertad de las periodistas de cubrirlo. Sin embargo, merece tener el derecho a publicar un periódico político –no porque él crea en la libertad sino porque se supone que nosotros sí creemos en ella. De modo similar, los llamados de Sadr por unas elecciones justas y por el fin a la ocupación demandan nuestro apoyo inequívoco –no porque no veamos la amenaza que Sadr representa si en verdad resulta electo, sino porque creer en la autodeterminación implica admitir que el resultado de la democracia está fuera de nuestro control.

Este tipo de distinciones matizadas son comunes en Irak: conocí mucha gente en Bagdad que condenaba con severidad los ataques sobre Sadr y decía que eran evidencia de que Washington nunca tuvo la intención de traer la democracia a su país. Apoyaba los llamados del clérigo por un fin a la ocupación y por unas inmediatas elecciones abiertas. Pero cuando se le preguntaba si votaría por él en esas elecciones, la mayoría se reía de esa posibilidad.

Sin embargo, aquí en Norteamérica la idea de que puedas apoyar el llamado de Sadr a la realización de elecciones sin aprobar que sea el siguiente primer ministro iraquí es más difícil de comprender. Por argumentar a favor de esta postura, Nick Cohen, del London Observer, me acusó de "ofrecer pretextos a favor de los teócratas y misóginos"; Frank Smyth, en Foreign Policy in Focus, me acusó de "ingenuamente simpatizar con la milicia al-Mahdi"; y, Christopher Hitchens, en Slate, me acusó de ser "una socialista-feminista que ofrece un mareador apoyo a los fascistas teocráticos".

Toda esta viril defensa de los derechos de las mujeres definitivamente es capaz de hacer que una chica se maree. Sin embargo, antes de que Hitchens cabalgue al rescate, vale la pena recordar cómo racionalizó su reputación –destruyendo el apoyo a la guerra: aunque las fuerzas estadunidenses estuviesen realmente tras el petróleo y las bases militares, razonó, la liberación del pueblo iraquí sería un efecto secundario tan alegre, que los progresistas en todos lados deberían vitorear a los misiles Crucero. Con la perspectiva de la liberación aún como un chiste cruel en Irak, Hitchens ahora asegura que esta misma Casa Blanca anti-mujer, anti-homosexual es la mejor esperanza que tiene el pueblo iraquí contra el anti-mujer, anti-homosexuales fundamentalismo religioso de Sadr. Una vez más, se supone que debemos aguantarnos y vitorear a los Bradleys –por el bien mayor o el mal menor. No hay duda de que los iraquíes se enfrentan a una creciente amenaza del fanatismo religioso, pero las fuerzas estadunidenses no protegerán a las mujeres y minorías iraquíes frente al fanatismo religioso más de lo que han protegido a los iraquíes de ser torturados en Abu Ghraib o bombardeados en Falluja y la Ciudad de Sadr. La liberación nunca será un efecto de goteo de esta invasión porque la dominación, no la liberación, siempre fue la meta.

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Hasta en el mejor escenario, la actual elección en Irak no es entre el peligroso fundamentalismo de Sadr y un gobierno secular democrático compuesto por sindicalistas y feministas. Es entre elecciones abiertas –con el riesgo de entregar el poder a los fundamentalistas, pero que también permitirían que las fuerzas religiosas moderadas y seculares se organizaran– y elecciones manipuladas, diseñadas para dejar el país en manos de Iyad Allawi y el resto de sus malandrines entrenados por la CIA y Mukhabarat, completamente dependientes de Washington tanto en cuestión financiera como de fortaleza.

Por eso van tras Sadr –no porque sea una amenaza a los derechos de las mujeres sino porque es la mayor amenaza al control militar y económico estadunidense en Irak. Aún después de que el gran ayatola Ali al-Sistani dejó de oponerse a los planes de entrega del poder, por miedo a una guerra civil, Sadr continuó oponiéndose a la constitución elaborada por Estados Unidos, continuó llamando a un retiro de las tropas extranjeras y continuó su oposición a los planes estadunidenses de nombrar un gobierno interino en vez de llamar a elecciones. Si se cumplen las demandas de Sadr y se deja el destino del país realmente en manos de la mayoría, las bases militares estadunidenses en Irak estarán en serio peligro, así como todas las leyes pro-privatización empujadas por Bremer.

Los progresistas deberían de oponerse al ataque estadunidense a Sadr porque no se trata de un ataque a un solo hombre, sino a la posibilidad del futuro democrático de Irak. Hay otra razón: para defender los derechos democráticos de Sadr. Es la mejor manera de luchar contra el ascenso del fundamentalismo religioso en Irak.

Lejos de reducir la atracción por el extremismo, el ataque estadunidense contra Sadr en gran medida la fortaleció. Sadr se posicionó hábilmente no como una voz marginal de los estrictos chiítas, sino como un iraquí nacionalista que defiende a todo su país contra los invasores extranjeros. Así que cuando fue atacado con toda la fuerza militar estadunidense y se atrevió a resistir, se ganó el respeto de millones de iraquíes que viven bajo la humillación y brutalidad de la ocupación.

Los intentos por silenciar a Sadr también han servido para confirmar los peores miedos de muchos chiítas –que los estadunidenses los están traicionando de nuevo, los mismos estadunidenses que apoyaron a Saddam durante la guerra Irán-Irak, que acabó con las vidas de más de 100 mil iraquíes; los mismos estadunidenses que les dijeron que se rebelaran en 1991, y que los abandonaron para ser masacrados. Ahora, de nuevo bajo estado de sitio, muchos buscan refugio en las certidumbres del fundamentalismo, por no mencionar los servicios sociales de emergencia que proveen las mezquitas. Algunos incluso llegan a la conclusión de que necesitan a un tirano propio, un feroz fundamentalista que luche contra los otros hombres fuertes que intentan controlar Irak.

Este cambio de actitud es evidente en todas las encuestas. Una encuesta de la Autoridad Provisional de la Coalición, llevada a cabo en mayo, después de la primera toma estadunidense de Najaf, reveló que la opinión sobre Sadr había mejorado entre 81% de los iraquíes encuestados. Una encuesta del Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos iraquí colocó a Sadr –una figura marginal sólo seis meses antes– como el segundo actor político más influyente después de Sistani.

Aún más alarmante, los ataques parecen incrementar el apoyo no sólo a Sadr en lo personal, sino a la teocracia en general. En febrero, un mes antes de que Paul Bremer cerrara el periódico de Sadr, un sondeo de Investigación Internacional de Oxford reveló que la mayoría de los iraquíes quería un gobierno secular: sólo 21% de los encuestados dijo que su sistema político favorito era "un Estado islámico" y sólo 14% clasificó a los "políticos religiosos" como sus actores políticos favoritos.

Agosto, Najaf sitiado por las fuerzas estadunidenses: el Instituto Internacional Republicano informa que un asombroso 70% de iraquíes quieren al Islam y la Sharia como los fundamentos del Estado. La encuesta no diferenciaba entre la inquebrantable interpretación de la Sharia de Sadr y las versiones más moderadas representadas por otros partidos religiosos. Sin embargo, algunas de las personas que me dijeron en marzo que apoyaban a Sadr pero que nunca votarían por él, comienzan a cambiar de opinión.

En respuesta a mi columna "Llevar Najaf a Nueva York" [Masiosare, 29 de agosto de 2004], recibí una carta del mayor Glen Butler, un piloto de helicóptero de la Marina estadunidense en Najaf. El mayor Butler defiende la toma de la ciudad santa diciendo que él y sus compañeros marines trataban de prevenir que el "mal" de los "radicales musulmanes" se esparciera –"Nuestro deseo es que Najaf se quede en Najaf".

Bien, pues no está funcionando. Los helicópteros artillados son buenos para matar gente. En cambio, las creencias, bajo fuego, tienden a esparcirse.

(Traducción: Tania Molina Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein.
Una versión de este artículo fue publicado en The Nationwww.thenation.com)

 
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