| Masiosare/La
Jornada de México - 31 de Octubre de 2004
El enviado de Bush a Irak
Un rey
del conflicto de intereses
Naomi
Klein *
El Grupo Carlyle, escribe la autora,
intenta encubrir el evidente conflicto de interés entre la participación
de Baker en la compañía y su puesto como enviado especial
de George W. Bush en materia de deuda iraquí
MENOS DE
24 HORAS después
de que The Nation reveló que el ex secretario de Estado James
Baker y el Grupo Carlyle estaban involucrados en un acuerdo secreto para
obtener ganancias de la deuda que tiene Irak con Kuwait, NBC informaba
que el acuerdo había "muerto". En The Nation comenzamos a
recibir llamadas de felicitación por haberle infligido un daño
por mil millones de dólares al Grupo Carlyle, suma que la compañía
hubiera recibido en inversión del gobierno de Kuwait a cambio de
ayudar a sacarle 27 mil millones de dólares en deudas no cubiertas
de Irak.
Nos halagaron (de cierta manera)
hasta que nos dimos cuenta de que Carlyle acababa de llevar a cabo un gran
golpe de relaciones públicas. Cuando la historia salió, el
banco mercantil, notorio por su secrecía, necesitaba encontrar una
manera de evadir todo un escándalo político. Escogió
una estrategia audaz: Enfrentados a la aplastante evidencia de un conflicto
de interés entre la participación de Baker en Carlyle y su
puesto como enviado especial de George W. Bush en materia de deuda iraquí,
Carlyle simplemente negó todo. La compañía emitió
una declaración diciendo que no quiere estar involucrada en el acuerdo
de Kuwait "de ninguna manera o forma y no va a invertir dinero recaudado
con los esfuerzos del Consorcio" y, más aún, que "Carlyle
nunca fue miembro del Consorcio". Un vocero le dijo a The Financial
Times que Carlyle se había salido en cuanto James Baker fue
nombrado enviado en materia de deuda, porque su nuevo puesto hacía
que la participación de Carlyle fuese "indeseable". Misteriosamente,
no hubo ningún documento que dejara evidencia –sólo la palabra
de Carlyle de que había informado a sus socios de negocios "oralmente".
Admitámoslo: fue una movida
audaz. En la filtrada propuesta de negocios del consorcio al gobierno kuwaití
–presentado casi dos meses después de que Baker fue postulado–,
el Grupo Carlyle es mencionado no menos de 47 veces; es la primera en la
lista de las compañías involucradas en el consorcio; y su
socio James Baker es mencionado al menos 11 veces. En entrevistas, otros
miembros del consorcio, incluyendo la consultoría de Madeleine Albright,
confirmaron que Carlyle aún estaba involucrada, también lo
confirmó la oficina del primer ministro de Kuwait. Shahameen Sheik,
director ejecutivo del consorcio, me dijo que cuando Baker fue nombrado,
Carlyle fue "muy claro con nosotros de que querían restringir su
papel a ser los administradores del fondo", pero añadió que
la empresa aún era parte del trato.
Eso fue exactamente lo que me dijo
el vocero de Carlyle, Christopher Ullman. También admitió
que, si aceptaban la propuesta, Carlyle se quedaría con mil millones
de dólares en inversión. Tras reportar estos datos, Ullman
hasta me llamó para agradecerme que lo hubiera citado con precisión.
Así que cuando escuché
que Carlyle se echaba para atrás, le llamé a Ullman para
ver qué pasaba. Sentí como si estuviera hablando con uno
de los personajes con el cerebro lavado del Candidato de Manchuria, la
nueva versión de Jonathan Demme sobre una compañía
al estilo Carlyle que conspira para poner a un candidato con la mente controlada
en la oficina Oval. "Hoy nos enteramos que ni siquiera formamos parte de
consorcio", me dijo Ullman, en un tono monótono. "Cuando hablé
contigo ayer, no lo sabía".
Sorprendentemente, funcionó.
La historia –que llegó a los titulares en todo el mundo– desapareció
prácticamente al mismo tiempo en que apareció en la prensa
en casa. The New York Times no ha publicado una sola palabra sobre
el conflicto de Baker, a pesar de que cuando lo nombraron como enviado,
publicó un editorial pidiendo que renunciara de Carlyle para poder
"desempeñarse honorablemente en su nuevo empleo". El equipo de Kerry
también ha mantenido el silencio, temeroso de que cualquier crítica
se le revierta a causa de Albright. Esta fue la brillante puntada de Carlyle:
cuando Baker fue asignado, el consorcio reclutó a Albright para
llevar a cabo el acuerdo; cuando los cacharon, Carlyle negó toda
participación en esta actividad "no deseable" y dejó a una
prominente demócrata con la responsabilidad. Conforme desaparecía
la historia gracias al embrujo de Carlyle, fue como si les hubieran implantado
a todos los medios masivos estadunidenses chips de memoria manchurianos.
Aquí había evidencia dura de que el Grupo Carlyle –el "club
de los ex presidentes", se maneja tanto como una sociedad secreta que Charles
Lewis, del Centro de Integridad Pública, una vez explicó
que investigar a la empresa era como "boxear con la sombra de un fantasma"–
había participado en una estratagema para usar a Baker y socavar
la política estadunidense, posiblemente violando múltiples
regulaciones en materia de conflicto de intereses. Carlyle se le estaba
yendo otra vez.
***
La cuestión central permanece
sin respuesta de la Casa Blanca: los intereses de Baker, ¿han comprometido
su actuación como enviado en materia de deuda? Esa pregunta no se
diluye simplemente porque mil millones de dólares permanecerán
en los fondos de un rico emirato petrolero en vez del fondo de inversión
de Carlyle. La semana posterior a que perdió el acuerdo, Carlyle
entregó un pago récord de 6.6 mil millones de dólares
a los inversionistas. "Son los mejores 18 meses que hemos tenido jamás",
presumió el funcionario en jefe de inversiones, de Carlyle, Bill
Conway, a The Financial Times. "Hicimos dinero y lo hicimos rápido".
En Irak, los pasados 18 meses han
sido marcadamente peores, y lo que está en juego en la labor de
Baker es considerablemente más alto. Esto fue subrayado el 13 de
octubre, cuando el ministro de Salud iraquí publicó un espantoso
reporte sobre la crisis de salud tras la invasión, incluyendo brotes
de tifoidea y tuberculosis y crecientes tasas de mortalidad infantil y
materna. Una semana después, Irak desembolsó otros 195 millones
de dólares por reparaciones de guerra, sobre todo a Kuwait. Mientras
tanto, el Departamento de Estado anunció que 3.5 mil millones asignados
a proyectos de agua potable, sanidad y electricidad serán transferidos
a seguridad en Irak, y aseguró que, según el secretario de
Estado adjunto Richard Armitage, un alivio a la deuda está en camino.
¿Lo está? De hecho,
Irak se está hundiendo en una deuda peor, con 836 millones de dólares
en nuevos préstamos y subvenciones que ahora fluyen del FMI y del
BM. Mientras tanto, Baker no ha logrado que un solo país se comprometa
a erradicar las deudas iraquíes. Los acreedores de Irak saben que
mientras Baker les pedía que fueran compasivos, su compañía
le ofrecía a Kuwait empujar a Irak a pagarle. No es el tipo de noticias
que suele generar generosidad y buena voluntad. El momento no podía
ser peor: el club de París está a punto de definir un acuerdo
final sobre la deuda iraquí.
Pero eso no pasará hasta el
12 de noviembre. Y si el 2000 tiene algo que enseñarnos, para entonces
Baker ya podría tener negocios mayores. Si otra elección
necesita ser robada, sigan a Baker con atención.
(Tradución: Tania Molina
Ramírez. Copyright Naomi Klein 2004. Una versión de
esta columna primero apareció en The Nation) |