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en español - noviembre 2004
La resistencia
y la izquierda
Naomi
Klein *
La primera
vez que me topé con el ejército Mahdi de Muqtada al-Sadr
fue el 31 de marzo en Bagdad. El jefe de la ocupación de Estados
Unidos, Paul Bremer, acababa de enviar hombres armados para cerrar el periódico
del joven clérigo, Al Hawza, acusando que en sus artículos
se comparaba a Bremer con Saddam Hussein e incitaban a la violencia en
contra de los estadunidenses. En respuesta, Sadr convocó a sus partidarios
a protestar ante las puertas de la zona verde, exigiendo la reapertura
de Al Hawza.
Cuando supe de la protesta, decidí
ir, pero existía un problema: había estado visitando fábricas
estatales todo el día y no iba vestida adecuadamente para una muchedumbre
de fieles Chiítas. Pero, razoné, ¿no se trata acaso
de una demostración en defensa de la libertad de prensa? ¿Rechazarían
realmente a una periodista en pantalones flojos? Me eché una mantilla
encima y me puse en marcha.
Los manifestantes habían escrito
pancartas en inglés que decían: "dejen a los periodistas
trabajar sin terror" y "dejen a los periodistas hacer su trabajo". Qué
bueno, pensé, y me puse a trabajar. Sin embargo, un miembro del
ejército Mahdi vestido de negro enseguida me interrumpió:
quería hablar con mi traductor acerca de mi vestuario. Un amigo
y yo bromeamos que íbamos a hacer nuestra propia pancarta diciendo:
"dejen a los periodistas usar pantalones". Pero la situación en
seguida empeoró: Otro soldado de Mahdi agarró a mi traductor
y lo empujó contra una pared de concreto, lastimando su espalda
gravemente. Mientras tanto, una amiga iraquí llamaba para avisar
que estaba atrapada dentro de la zona verde y no podía salir: había
olvidado traer una mantilla y tenía miedo de toparse con una patrulla
Mahdi.
Fue una lección ejemplar sobre
quién es realmente Sadr: no un liberador antimperialista, como alguna
gente de la izquierda lo califica, sino que él desea expulsar a
los extranjeros para subyugar y controlar él mismo a gran parte
de la población Iraquí. Pero Sadr tampoco es el bandido unidimensional
que muchos describen en los medios, una representación que ha permitido
que muchos liberales permanezcan callados cuando a aquel se le excluyó
de participar en los comicios y hacen la vista gorda mientras Estados Unidos
bombardea cada noche la población civil de Ciudad Sadr, donde un
reciente ataque produjo un apagón durante un brote de hepatitis
tipo E.
La situación requiere una
actitud más ecuánime. Por ejemplo, los reclamos de Muqtada
al-Sadr por una libertad de prensa pueden no incluir la libertad de cobertura
para mujeres periodistas. Sin embargo él tiene derecho de publicar
su periódico político, no porque él crea en la libertad
sino porque supuestamente nosotros lo hacemos. Paralelamente, las peticiones
de Sadr exigiendo elecciones justas y un fin a la ocupación exigen
nuestro apoyo incondicional; no porque estemos ajenos a la amenaza que
él plantearía si realmente lo eligieran sino porque el concepto
de autodeterminación dictamina que los resultados de la democracia
no se deben manipular.
Estos tipos de matizadas distinciones
son comunes en Iraq: mucha gente que he conocido en Bagdad condena fuertemente
los ataques contra Sadr, lo cual evidencia que Washington nunca se propuso
defender la democracia en el país. El público apoya el reclamo
de Sadr por el fin de la ocupación y elecciones inmediatas. Pero
cuando se les pregunta si votarían por él en tales elecciones,
la mayoría de la gente simplemente se ríe.
Sin embargo aquí en Norteamérica,
la idea de que es posible apoyar el reclamo de Sadr sin apoyarlo como futuro
primer ministro de Iraq ha resultado más difícil de asimilar.
Por plantear dicha alternativa, Nick Cohen, en el London Observer, me ha
acusado de "inventar excusas para los teócratas y misóginos".
Frank Smyth, en Foreign Policy in Focus ha escrito que "he sido víctima
de la ingenuidad a favor del ejército de Al-Mahdi", mientras que
Christopher Hitchens, en la revista electrónica Slate, me califica
como una "socialista-feminista que ofrece un incondicional apoyo a los
teócratas fascistas".
Toda esta varonil defensa por los
derechos de la mujer basta para que una muchacha se ruborice. Pero antes
de que Hitchens se lance al rescate, es digno recordar la manera cómo
él racionalizó su apoyo a la guerra, lo cual arruinó
su reputación: aunque las fuerzas estadunidenses realmente estuvieran
allí para acaparar el petróleo e instalar bases militares,
escribió, la liberación del pueblo iraquí conlleva
un efecto secundario tan espléndido que los progresistas en todas
partes deberían aplaudir los misiles. Mientras que el feliz desenlace
de la liberación continúa siendo una broma cruel en Irak,
Hitchens ahora propone que la actual Casa Blanca, con sus preceptos en
contra de la mujer y de la homosexualidad, es la mejor alternativa con
que cuenta el pueblo iraquí, en comparación con el fanatismo
religioso de Sadr y sus preceptos en contra de la mujer y de la homosexualidad.
Una vez más se nos sugiere festejar el paso de los Bradleys, apretarnos
las narices y elegir el mejor de dos males.
No existe duda alguna que los iraquíes
enfrentan un caso extremo de fanatismo religioso, pero las fuerzas de Estados
Unidos no lograrán proteger a las mujeres iraquíes ni a las
minorías de tal amenaza, tomando en cuenta su notorio papel en Abu
Ghraib y los bombardeos en las ciudades de Faluja y Sadr. La liberación
nunca derivará de esta invasión ya que su objetivo fue siempre
la dominación. Aun considerando el desenlace más propicio,
la actual coyuntura en Iraq no radica en elegir entre el peligroso fundamentalismo
de Sadr y un gobierno laico y democrático compuesto por sindicalistas
y feministas. La elección es entre elecciones libres (con el el
riesgo de conceder el poder a los fundamentalistas, pero permitiendo que
las fuerzas laicas y religiosas moderadas se organicen) y unas elecciones
fraudulentas diseñadas para otorgar el poder a Iyad Allawi y sus
secuaces entrenados por la CIA y el Mujabarat, completamente subordinado
a Washington en cuestiones financieras y de poder.
Esta es la razón por la cual
se está buscando a Sadr, no porque él sea una amenaza a los
derechos de la mujer, sino porque él es la única y la mayor
amenaza al control militar y económico de Estados Unidos en Iraq.
Incluso después de que el gran ayatola Alí Al-Sistani, temiendo
una guerra civil, echara marcha atrás en su lucha contra los planes
del traslado de poder, Sadr continuó desafiando la constitución
dictada por Estados Unidos, continuó exigiendo el retiro de las
tropas extranjeras y continuó impugnando los planes de Estados Unidos
de designar un gobierno interino en vez de llamar a elecciones. Si se resuelven
las exigencias de Sadr y se deja en verdad el futuro del país en
las manos de la mayoría, las bases militares de Estados Unidos en
Iraq estarán en grave peligro, así como todos los estatutos
impulsados por Bremer en favor de la privatización.
Los progresistas deberían
oponerse a los ataques de Estados Unidos en contra de Sadr, ya que no constituyen
una ofensiva en contra de un hombre, sino en contra de la posibilidad de
un futuro democrático para Iraq. Existe también otra razón
para defender los derechos democráticos de Sadr: es la mejor manera
de luchar contra el auge del fundamentalismo religioso en Irak.
Lejos de reducir la atracción
del extremismo, las agresiones de Estados Unidos en contra de Sadr lo han
consolidado ampliamente. Sadr se ha cimentado hábilmente no como
un austero portavoz de los Chiítas radicales sino como un nacionalista
iraquí que defiende su país entero contra el invasor extranjero.
Por eso, cuando el ejército estadunidense lo atacó con ferocidad
y él se atrevió a defenderse, se ganó el respeto de
millones de iraquíes que viven bajo la humillación y la brutalidad
de la ocupación.
Los brutales intentos de subyugar
a Sadr también han servido para confirmar los peores temores de
muchos Chiítas: que están siendo traicionados una vez más
por los estadunidenses, los mismos estadunidenses que apoyaron a Saddam
durante la guerra de Irán contra Irak, que costó las vidas
de más de cien mil iraquíes; los mismos estadunidenses que
los incitaron a la insurgencia en 1991, para luego abandonarlos a su suerte.
Ahora, de nuevo bajo sitio, muchos se están refugiando bajo las
certezas del fundamentalismo y acuden a recibir servicios sociales de emergencia
en las mezquitas. Algunos incluso conjeturan que hace falta un caudillo
feroz y fundamentalista que haga frente a los otros cabecillas que intentan
controlar Iraq.
Tal cambio de actitud es evidente
en todas las encuestas. Una encuesta de la Autoridad Provisional de la
Coalición en mayo, después del primer embate estadunidense
en Nayaf, demostró que la opinión sobre Sadr había
mejorado entre el 81 por ciento de iraquíes sondeados. Una encuesta
del Centro para la Investigación y Estudios Estratégicos
de Iraq calificó a Sadr, un protagonista marginal apenas seis meses
antes, como la segunda figura política de mayor influencia en Iraq
después de Sistani.
Lo más alarmante es que los
ataques parecen aumentar la prominencia no solamente de Sadr personalmente
sino de la teocracia en general. En febrero, un mes antes de que Paul Bremer
cerrara el periódico de Sadr, una encuesta de Oxford Research International
encontró que la mayoría de los iraquíes deseaba un
gobierno laico: solamente 21 por ciento de los encuestados declararon preferencia
por un "estado islámico" y solamente 14 por ciento se alinearon
en apoyo de "políticos religiosos" como sus favoritos.
Volviendo a agosto, con Nayaf bajo
sitio por las fuerzas estadunidenses, el Instituto Republicano Internacional
(IRI) divulgó que un alarmante 70 por ciento de los iraquíes
desean que el Islam y la Shariah (Ley Islámica) constituyan las
bases del Estado. La encuesta no distinguió entre la interpretación
inflexible de la Shariah de Sadr y otras versiones más moderadas
practicadas por otros partidos religiosos. Con todo, está claro
que algunas de las personas que me dijeron en marzo que apoyaban a Sadr
pero nunca votarían por él están comenzando a cambiar
de opinión.
Naomi Klein es autora
de No Logo y Vallas y Ventanas
• Título
original: The Resistance and the Left
• Autora:
Naomi Klein
• Origen:
The Nation
• Traducido
por Miguel Alvarado y revisado por Juan Heguiabehere |