| Masiosare/La
Jornada de México - 5 de diciembre
de 2004
De ciudadano
de segunda a factor de paz
La disyuntiva
canadiense
Naomi
Klein *
Jeremy Hinzman
se unió a las protestas el 30 de noviembre, en Ottawa, contra George
W. Bush. Pero no dio ningún apasionado discurso. "No es un buen
momento para eso", explica.
Es una sabia decisión. La
semana que entra, el joven de 25 años se presentará ante
la Junta de Inmigración y Refugiados de Canadá. Argumentará
que como soldado de la 82 División del Aire que se rehusó
a luchar en Irak, debería de otorgársele en Canadá
el estatus de refugiado. El abogado de Hinzman, Jeffry House, había
planeado centrar el caso en el argumento de que la guerra era ilegal porque
carecía de la aprobación de la ONU. Tenían un ejército
de expertos listos, pero la semana pasada les dieron las malas noticias:
el gobierno canadiense intervino y la junta dictaminó que la legalidad
de la guerra es "irrelevante" para el caso.
Ahora, House va a argumentar que
Hinzman es un refugiado político porque se rehúsa a pelear
en una guerra en la cual las violaciones a la legislación internacional
son sistemáticas, desde la tortura en Abu Ghraib hasta los ataques
a zonas civiles.
El ex sargento de la Marina Jimmy
Massey, quien prestó sus servicios en Irak durante la invasión
inicial, va a dar su testimonio a favor de Hinzman. Massey dirá
ante la audiencia que cuando su batallón entraba a Bagdad, se asumía
que todos los vehículos civiles eran blancos enemigos. Si los coches
no se paraban en los puestos de revisión estadunidenses, "los alumbrábamos...
y descargábamos nuestras armas, 50 Cals y M’16, sobre
los vehículos civiles". En mayo, Massey le contó al programa
estadunidense de radio y televisión Democracy Now! que los marines
revisaban los coches que atacaban pero "no encontrábamos armas...
diría que sólo mi sección mató al menos 30
civiles inocentes". Massey también recuerda haber abierto fuego
contra una manifestación cerca del aeropuerto internacional de Bagdad
y luego haber caído en cuenta de que, "dios mío, acabamos
de abrir fuego contra un grupo de manifestantes pacíficos". Insiste
que estos no fueron hechos aislados, sino que la guerra "violó cada
una de las reglas de la Convención de Ginebra que me han enseñado".
Cada semana emergen más hechos
que respaldan el caso de Hinzman. El 13 de noviembre, durante la toma de
Fallujah,
The New York Times informó que las fuerzas estadunidenses
estaban enviando a todos los hombres "en edad de pelear" de regreso a la
ciudad tomada, aunque estuvieran desarmados y salieran negativos en la
prueba de residuos explosivos. James Ross, alto consejero legal de Human
Rights Watch, le dijo a The New York Times que "si eso fue lo que
ocurrió, sería un crimen de guerra". Al día siguiente,
The
Washington Post citó al sargento de la Marina Aristotel Barbosa,
quien dijo que "básicamente cada una de las casas [en Fallujah]
tiene un agujero que la atraviesa". Cada uno de los hombres es un enemigo
y cada una de las casas es un blanco –eso significa castigo colectivo y
está prohibido por las Convenciones de Ginebra.
Pero debido a que el gobierno estadunidense
se excluyó de la Corte Penal Internacional, estos crímenes
no pueden ser juzgados. Lo cual hace que el caso de Jeremy Hinzman sea
tan importante: va a poner a la administración de Bush en juicio
por crímenes de guerra. Si gana, nadie irá a la cárcel,
pero tendrá consecuencias. Y eso es lo que pone tan nervioso al
gobierno canadiense. Nuestra postura respecto a la guerra en Irak no ha
sido sumarnos a la cruzada. Nos mantuvimos al margen, como si la ilegalidad
de la guerra la hiciera opcional –pero no odiosa. E intentamos ayudar donde
pudiéramos: enviando tropas a Afganistán y Haití,
empresas a Irak y entrenadores de policías a Jordania. Y ahora muchos
intentan mantener ambas cosas a la vez: está bien criticar a Bush,
se nos dice –nomás que se haya ido, cuando nadie esté escuchando.
La fatiga causada por esta duplicidad
moral es la que llevó a muchos de nosotros a las calles de Ottawa
los días 30 de noviembre y 1 de diciembre: no sólo para protestar
contra Bush sino para demandar que Canadá viva a la altura de su
retórica como una alternativa genuina, en vez de un ciudadano de
segunda clase en la Fortaleza de Norteamérica. Hasta ahora, hemos
justificado nuestras débiles posturas diciéndonos a nosotros
mismos que nadie espera fortaleza de nosotros. Mientras países como
Francia y Alemania anden por el mundo como los imperios que alguna vez
fueron, Canadá tiende a hacer menos su propia importancia, y niega
el verdadero poder que tiene.
La audiencia de Jeremy Hinzman ilustra
el caso. Las tropas estadunidenses y británicas están tan
esparcidas que recientemente un batallón de infantería tuvo
que ser llevado de Mosul a Fallujah y luego nuevamente de regreso a Mosul.
El senador John McCain pidió 40 a 50 mil más soldados y la
coalición sufre una hemorragia con Hungría, Polonia y Holanda
que recientemente anunciaron sus planes de retiro.
Y si Hinzman obtiene el estatus de
refugiado, podría ser la última gota, y podría abrir
las compuertas para otros soldados estadunidenses que no quieren pelear.
Durante la guerra de Vietnam, 50 mil estadunidenses en edad de reclutamiento
vinieron a Canadá; una fracción de éstos quebraría
la columna vertebral de la guerra. Si una vez más Canadá
se volviera un refugio para los que se resisten a pelear, significaría
que no sólo estamos decidiendo de manera callada no participar en
la guerra ilegal e inmoral en Irak. Estaríamos ayudando a ponerle
fin.
*Autora de No Logo y Vallas y
ventanas.
(Traducción: Tania Molina
Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein. |