| Masiosare/La
Jornada de México - 24 de abril
de 2005
En busca
de la terra nullius
El capitalismo
del desastre
Naomi
Klein *
Desde Irak hasta Indonesia, los fanáticos
del libre mercado usan la guerra
y los desastres naturales para
privatizar el mundo
El l verano pasado, en la calma de la modorra de agosto de los medios de comunicación, la doctrina de guerra preventiva de la administración de Bush dio un enorme salto hacia adelante. El 5 de agosto de 2004, la Casa Blanca creó la Oficina del Coordinador para la Reconstrucción y la Estabilización, encabezado por el ex embajador estadunidense en Ucrania, Carlos Pascual. Su mandato es preparar elaborados planes "post-conflicto" para hasta 25 países que no están, hasta ahora, en conflicto. Según Pascual, también podrá coordinar los esfuerzos de tres operaciones a gran escala de reconstrucción "al mismo tiempo", cada una con una duración de "cinco a siete años".
La campaña de Bush de destrucción preventiva perpetua ahora tiene una oficina permanente dedicada a la reconstrucción preventiva.
Los planes que el equipo de Pascual ha estado preparando en su poco conocida oficina en el Departamento de Estado van mucho más allá de reparar puentes y entrenar a la policía local. Por ejemplo (y sin duda este ejemplo se le ocurrió en ese momento), sus equipos podrían ayudar a vender "las empresas estatales que crearon una economía inviable". La reconstrucción, explicó, no sólo se trata de reconstruir, sino también de "destrozar lo viejo".
Pocos ideólogos pueden resistir la atracción de una pizarra en blanco esa fue la seductora promesa del colonialismo: "descubrir" nuevas y abiertas tierras en las cuales parecía posible la utopía. Pero el colonialismo está muerto, o al menos eso nos dicen; no hay lugares nuevos por descubrir, ninguna terra nullius (nunca la hubo). Sí hay, sin embargo, mucha destrucción países virtualmente erradicados, ya sea por las llamadas Acciones de Dios o por Acciones de Bush (siguiendo órdenes de Dios). Y donde hay destrucción, hay reconstrucción. "Antes teníamos al vulgar colonialismo", dice Shalmali Guttal, un investigador en Bangalore que trabaja con Focus on the Global South. "Ahora tenemos un colonialismo sofisticado, y lo llaman reconstrucción".
Definitivamente parece que porciones cada vez más grandes del planeta están bajo una reconstrucción activa; son reconstruidas por un conocido elenco de lucrativas firmas consultoras, compañías de ingeniería, mega-ONG, agencias de ayuda gubernamentales y de las Naciones Unidas e instituciones financieras internacionales. Y en todos estos lugares de reconstrucción de Irak a Aceh, de Afganistán a Haití se escucha un similar coro de quejas. El trabajo es demasiado lento, si es que se lleva a cabo, para empezar. Los consultores extranjeros viven con lujo gracias a los viáticos pagados y a salarios de mil dólares diarios, mientras que los locales son excluidos de los empleos, el entrenamiento y la toma de decisiones.
Los expertos "constructores de democracia" sermonean a los gobiernos acerca de la importancia de la transparencia, sin embargo la mayoría de los contratistas y las ONG se rehusan a abrir sus libros de contabilidad a esos mismos gobiernos, y más se niegan a entregarles el control de cómo se gasta el dinero.
Pero si la industria de la reconstrucción es asombrosamente inepta para reconstruir, quizá sea porque reconstruir no es su propósito principal. Según Gutall, "no se trata de reconstruir se trata de reorganizar todo". Las historias de corrupción e incompetencia sirven para enmascarar un peor escándalo el ascenso de un tipo depredador de capitalismo del desastre que aprovecha la tragedia para imponer radicales políticas pro-corporativas a gente que está demasiado débil para poder resistirlas. Y en este frente, la industria de la reconstrucción es mareadoramente eficiente. Poco después del tsunami, Herman Kumara, quien encabeza el National Fisheries Solidarity Movement (Movimiento de Solidaridad de la Pesca Nacional) en Negomo, Sri Lanka, envió un correo electrónico de mal agüero a colegas en todo el mundo. Los pobres de Sri Lanka ahora se enfrentaban "a un segundo tsunami de globalización empresarial y militarización" potencialmente hasta más devastador que el primero. "Lo vemos como un plan de acción en medio de la crisis del tsunami para entregar el mar y la costa a las empresas extranjeras y al turismo, con la asistencia militar de los marines estadunidenses".
En su papel de subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz diseñó y supervisó un proyecto asombrosamente similar en Irak: los fuegos aún ardían en Bagdad cuando los funcionarios de la ocupación estadunidense anunciaron que las compañías estatales serían privatizadas y estrenaron las regulaciones de inversión extranjera más laxas del mundo. Algunos han señalado esta controversia para argumentar que Wolfowitz no es apto para dirigir el Banco Mundial; de hecho, nada lo podría haber preparado mejor para su nuevo trabajo. En Irak, Wolfowitz sólo hacía lo que el Banco Mundial ya hace en prácticamente todo país desgarrado por la guerra y golpeado por el desastre aunque con menos exquisiteces burocráticas y más bravuconería ideológica.
Los países "post-conflicto" ahora reciben entre 20 y 25% de los préstamos totales del Banco Mundial (en 1998, recibían 16% de 1980 a este año, la cifra se incrementó en 800%), según un estudio del Servicio de Investigación del Congreso. Los países desgarrados por la guerra y el desastre apelan al Banco Mundial, en parte, por otra razón: son buenos para seguir órdenes. Los gobiernos que se enfrentan al prospecto de una reconstrucción masiva harán lo que sea por conseguir dólares de ayuda aunque signifique acumular enormes deudas y estar de acuerdo con estrictas condiciones.
Así que en Timor del Este, el Banco reparte dinero de ayuda al gobierno siempre y cuando demuestre que ejerce una disciplina fiscal. Aparentemente, esto significa recortar empleos en el sector público (el gobierno de Timor tiene la mitad del tamaño que tenía bajo la ocupación de Indonesia), pero, a la vez, gastar enormes cantidades de dinero en consultores extranjeros contratados por el gobierno a insistencia del Banco (el investigador Ben Moxham escribe que "en un departamento gubernamental, un solo consultor internacional gana en un mes lo mismo que 20 de sus colegas timorenses ganan juntos en todo un año"). En Afganistán, donde el Banco Mundial también administra la ayuda al país a través de un fideicomiso, el Banco ha pedido "un papel más relevante para el sector privado" en el sistema hidráulico, telecomunicaciones, petróleo, gas y minería, y ha exigido al gobierno que "se retire" del sector eléctrico y que se lo deje a los "inversionistas extranjeros privados". Estas profundas transformaciones de la sociedad afgana fueron aprobadas dos años antes de que Afganistán tuviera un gobierno electo.
Ha sido más o menos la misma historia en Haití, en donde, después de que el presidente Jean-Bertrand Aristide fue removido con un golpe militar, el Banco descendió con dinero y sus usuales metas en mente. La principal, según el informe del "Economic Governance Reform Operation Project" (Proyecto de Reforma del Sistema Regulatorio)" del Banco, es promover "asociaciones entre el sector público y el privado y mejoras regulatorias en los sectores educativos y de salud". En un país con una base socialista poderosa, estos planes son extraordinariamente controversiales, y el Banco abiertamente admite que precisamente por eso los impulsa ahora que Haití vive bajo un mandato casi militar. "El gobierno transitorio provee una ventana de oportunidad para llevar a cabo reformas al sistema regulatorio que sería difícil que un futuro gobierno deshaga", apunta el Banco en el mismo documento en el que hace un llamado a las privatizaciones.
Ahora el Banco ejerce una presión similar sobre países que fueron golpeados por el tsunami del 26 de diciembre. Los países peor golpeados han visto casi nada del prometido alivio de la deuda, y la mayor parte de la asistencia de emergencia del Banco Mundial llegó en forma de préstamos, no de subvenciones. En vez de enfatizar la necesidad de ayudar a las pequeñas comunidades pesqueras artesanales, que representan más de 80% de las víctimas de las olas, empuja por una expansión del sector turístico y de las granjas pesqueras industriales. En cuanto a la infraestructura pública que fue dañada, como las carreteras y las escuelas, los documentos del Banco reconocen que reconstruirlos "podría forzar las finanzas públicas" y sugiere que los gobiernos piensen en privatizar (sí, sólo tienen una idea).
En enero, Condoleezza Rice despertó una pequeña controversia al describir al tsunami como "una magnífica oportunidad" que "nos ha dado grandes dividendos". Muchos se horrorizaron con la idea de usar una masiva tragedia humana como una oportunidad para sacar ventaja para Estados Unidos. Pero Rice subestima el caso. Un grupo que se autoproclama Sobrevivientes del Tsunami y Apoyadores, en Tailandia, dicen que para "los políticos-hombres de negocio, el tsunami fue la respuesta a sus rezos, ya que literalmente limpió estas áreas costeras de las comunidades que antes se habían opuesto a sus planes de centros vacacionales, hoteles, casinos y granjas de camarones. ¡Para ellos, estas áreas costeras ahora son terreno libre!"
El desastre, parece ser, es la nueva terra nullius.
*Autora de No Logo y Vallas
y ventanas.
(Traducción:
Tania Molina Ramírez. Copyright 2005 Naomi Klein.
Este texto fue publicado en The
Nation.)
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