Naomi Klein - rodelu.net |
3 de octubre de 2005
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Znet
en español - Setiembre de 2005
El motín es la única salida
Naomi
Klein*
¿Podemos por favor dejar de hablar de un cenagal cuando nos
referimos a Irak? En Irak, los Estados Unidos no se están hundiendo en un
pantano, ni en una ciénaga: están en caída libre de un precipicio. Lo único que
cabe preguntarse ahora es: ¿quién seguirá a Bush en este precipicio, y quién se
negará a saltar?
Afortunadamente, cada vez son más los que eligen la
segunda opción. El último mes de la agresión estadounidense en Irak ha inspirado
lo que sólo puede ser descrito como un motín: de repente, oleadas de soldados,
de trabajadores y de políticos bajo el mando de las autoridades de ocupación
estadounidenses han empezado a negarse a obedecer las órdenes y a abandonar sus
puestos. Primero fue España quien anunció que retiraría sus tropas, después
Honduras, República Dominicana, Nicaragua y Kazajstán. Las tropas de Corea del
Sur y Bulgaria se replegaron en sus bases, y Nueva Zelanda está retirando a sus
ingenieros. Es muy probable que El Salvador, Noruega, los Países Bajos y
Tailandia sean los próximos en seguir sus pasos.
Y está también el
ejército iraquí, controlado por EEUU. Desde la última oleada de combates, sus
soldados están entregando las armas a los combatientes de la resistencia del sur
y se niegan a luchar en Faluya. A fines de abril, el comandante general Martin
Dempsey, comandante de la 1ª División Acorazada, informó de que “cerca de un 40%
han abandonado sus puestos de trabajo debido a la intimidación. Y, de hecho, más
o menos un 10% ha estado trabajando en contra de nosotros”.
Y no son sólo
los soldados iraquíes lo que han estado abandonando la ocupación. Cuatro
ministros del consejo de gobierno iraquí han dimitido como protesta; y la mitad
de los iraquíes que trabajan en la impenetrable “zona verde” –como traductores,
conductores, personal de limpieza– no acuden a sus puestos. Pequeños signos de
amotinamiento están apareciendo incluso entre los rangos del ejército
estadounidense: los soldados Jeremy Hinzman y Brandon Hughey han solicitado
asilo en Canadá como objetores de conciencia, y el sargento Camilo Mejía se
enfrenta a un consejo de guerra por negarse a volver a Irak alegando que ya no
sabía para qué se estaba luchando.
Rebelarse contra la autoridad
estadounidense en Irak no es un acto de traición, ni supone dar “un falso
consuelo a los terroristas”, tal como George Bush advirtió recientemente al
presidente español. Es una respuesta totalmente racional y de principios a las
políticas que han puesto a todos los que viven y trabajan bajo el mando
estadounidense en una situación de peligro muy grave e inaceptable. Esta visión
la comparten los 52 ex-diplomáticos británicos que, en una carta a Tony Blair,
afirmaron que aunque respaldaban sus intentos de influir sobre la política
estadounidense en Oriente Medio, “no hay nada que justifique apoyar políticas
que están condenadas al fracaso”.
Y cuando sólo ha pasado un año, la
ocupación estadounidense parece estar condenada en todos los frentes: político,
económico y militar. En el frente político, la idea de que los EEUU podían
llevar la verdadera democracia a Irak está ahora irremediablemente
desacreditada: demasiados parientes del consejo de gobierno iraquí han recibido
chollos y contratos a dedo, demasiados grupos que exigían elecciones directas
han sido suprimidos, demasiados periódicos se han cerrado y demasiados
periodistas árabes han sido asesinados. Las bajas más recientes han sido las de
dos empleados de la televisión Al-Iraqiya, asesinados por la balas de soldados
americanos mientras grababan un puesto de control en Samarra. Al-Iraqiya es el
canal de propaganda controlado por EEUU que tenía que debilitar a Al-Jazeera y
Al-Arabiya, que también han perdido a varios reporteros por la acción de las
armas y cohetes estadounidenses durante el último año.
El plan de la Casa
Blanca de convertir Irak en una economía de libre mercado modélica tampoco pasa
por su mejor momento, asolado por los escándalos de corrupción y la rabia de los
iraquíes, que no han visto ningún beneficio -ni en los servicios ni en el
empleo- de la reconstrucción. Las exposiciones comerciales se han cancelado en
todo el país, los inversores se están trasladando a Amman y el ministro de
vivienda iraquí calcula que más de 1.500 contratistas extranjeros han abandonado
Irak. Mientras tanto, Bechtel ha admitido que ya no puede operar “en los puntos
calientes” (los fríos son pocos), los camioneros tienen miedo de viajar con
mercancías valiosas y General Electric ha suspendido el trabajo en centrales
eléctricas clave. El momento no podía ser peor: se acercan los calores del
verano y la demanda de electricidad está a punto de aumentar.
A medida
que este desastre predecible (y predicho) se hace evidente, muchos recurren a
las Naciones unidas en busca de ayuda. Ya en enero, el Gran Ayatollah Ali
al-Sistani pidió a la ONU que apoyara su demanda de elecciones directas. Más
recientemente, pidió a la ONU que se negara a ratificar la odiada constitución
provisional, que la mayoría de iraquíes ve como un intento estadounidense de
seguir controlando el futuro de Irak mucho después del “traspaso” del 30 de
junio, dando, entre otras medidas, un total poder de veto a los kurdos, el único
aliado que les queda a los estadounidenses. Antes de retirar sus tropas, José
Luis Rodríguez Zapatero, el presidente español, pidió a la ONU que ocupara el
lugar de EEUU. Hasta Moqtada al-Sadr, el clérigo chiíta “prófugo”, ha pedido a
la ONU que evite un baño de sangre en Nayaf.
¿Y cual ha sido la respuesta
de la ONU? Peor que el silencio: se ha alineado con Washington en todas estas
cuestiones clave, haciendo añicos cualquier esperanza de que pueda proporcionar
una verdadera alternativa a la ilegalidad y brutalidad de la ocupación
estadounidense. Primero se negó a apoyar la exigencia de elecciones directas,
alegando motivos de seguridad, una respuesta que debilitó al moderado Sistani y
reforzó a al-Sadr, cuyos partidarios siguieron exigiendo elecciones directas.
Esto es lo que provocó la decisión de Paul Bremer de eliminar a al-Sadr, lo que
a su vez llevó a la provocación que incitó el levantamiento chiíta.
La
ONU ha hecho los mismos oídos sordos a las peticiones de sustituir la ocupación
militar estadounidense por una operación de pacificación. De hecho, ha dejado
claro que sólo volverá a Irak si los EEUU son los que garantizan la seguridad de
su personal, ignorando, aparentemente, que estar rodeado de guardaespaldas
americanos es la mejor forma de asegurar que la ONU se convierta en un
objetivo.
La mayor traición de la ONU está en la forma en que está
volviendo a entrar en Irak: no como agente independiente, sino como un
pretencioso subcontratista de EEUU, el brazo político de la ocupación
estadounidense. El gobierno de transición post-30 de junio que está organizando
el enviado de la ONU Lakhdar Brahimi estará sujeto a todas las limitaciones de
la soberanía de Irak que provocaron la rebelión actual. EEUU mantendrá el
control total de la “seguridad”. Controlará los fondos de
reconstrucción.
Y lo que es peor, el gobierno de transición estará sujeto
a las leyes establecidas por la constitución provisional, incluyendo la cláusula
que dice que debe hacer cumplir las órdenes escritas por los ocupantes
estadounidenses. La ONU debería estar defendiendo a Irak de este intento ilegal
de socavar su independencia. En cambio, vergonzosamente, lo que está haciendo es
ayudar a Washington a convencer al mundo de que un país bajo una ocupación
militar permanente por parte de una potencia extranjera es en realidad
soberano.
Pero la ONU podría redimirse: podría decidir sumarse al motín,
aislando aún más a EEUU. Esto ayudaría a obligar a Washington a entregar el
poder real, en última instancia a los iraquíes, pero en primer lugar a una
coalición multilateral que no hubiera participado en la invasión y ocupación, y
que tuviera la credibilidad suficiente para supervisar unas elecciones directas.
Esto podría funcionar, pero sólo a través de un proceso que protegiera
encarnizadamente la soberanía de Irak. Esto supondría:
- Deshacerse de la
constitución provisional: es tan odiada, que cualquier entidad gobernante que
estuviera sujeta a sus disposiciones sería considerada ilegítima. Algunos dicen
que Irak necesita esta constitución provisional para evitar que unas elecciones
abiertas entreguen al país a los extremistas religiosos; sin embargo, según una
encuesta reciente de Oxford Research International, los iraquíes no tienen
ningún deseo de ver como su país se convierte en otro Irán.
También hay
formas de proteger los derechos de las mujeres y de las minorías sin obligar a
Irak a aceptar una constitución escrita bajo una ocupación extranjera. La
solución más simple sería recuperar ciertos pasajes de la constitución
provisional iraquí de 1970, que, según Human Rights Watch, “garantizaba
formalmente la igualdad de derechos de las mujeres y aseguraba explícitamente su
derecho a votar, ir a la escuela, ser candidatas en las elecciones y tener
propiedades”. Además, esta constitución consagraba la libertad religiosa, las
libertades civiles y el derecho a organizarse en sindicatos. Estas cláusulas
pueden rescatarse sin ninguna dificultad, eliminando las partes del documento
diseñadas para reforzar el dominio del Baaz.
- Poner el dinero en
fideicomiso; uno de los puntos clave de la gestión de la transición de Irak
hacia su soberanía es la protección de sus activos: los ingresos del petróleo,
lo que queda del dinero del programa petróleo por alimentos y lo que queda de
los 18,4 mil millones de los fondos de reconstrucción. Actualmente, los EEUU
planean seguir controlando este dinero hasta mucho después del 30 de junio. La
ONU debería insistir en que se pusiera en fideicomiso, para que lo gastara un
gobierno iraquí elegido en las urnas.
- Deschalabizar Irak: hasta
ahora, los EEUU no han sido capaces de instalar a Ahmed Chalabi como el próximo
líder de Irak (su historial de corrupción y de falta de base política son prueba
de ello). Y sin embargo, los miembros de la familia Chalabi han recibido,
sigilosamente, el control de todas las áreas de la vida política, económica y
judicial.
Fue un extraño proceso en dos fases. En primer lugar, como jefe
de la comisión de desbaazización, Chalabi purgó a sus rivales. Después,
como director del comité económico y financiero del consejo gobernante, colocó a
sus amigos y aliados en los puestos clave de ministro del petróleo, ministro del
comercio, ministro de finanzas, gobernador del banco central, etc. Ahora, el
sobrino de Chalabi, Salem Chalabi, ha sido nombrado por EEUU presidente del
tribunal encargado de juzgar a Saddam Hussein. Y una empresa muy cercana a
Chalabi ha recibido el contrato para custodiar las infraestructuras petrolíferas
de Irak, lo que esencialmente supone un permiso para crear un ejército privado.
Dejar a Chalabi fuera del gobierno provisional no es suficiente. La ONU debe
desmantelar el estado a la sombra creado por Chalabi iniciando un proceso de
deschalabización igual al ahora abandonado proceso de
desbaazización.
- Exigir la retirada de las tropas
estadounidenses: al exigir a EEUU que actúe como su guardaespaldas como
condición de su reentrada en Irak, la ONU ha hecho lo contrario de lo que
debería hacer. Debería entrar sólo si EEUU se retira. Las tropas que
participaron en la invasión y la ocupación deberían ser sustituidas por fuerzas
de pacificación de los países árabes vecinos encargados de crear las condiciones
de seguridad necesarias para las elecciones generales.
El 25 de abril, el
editorial del New York Times exigió exactamente lo contrario, afirmando
que sólo una gran inyección de tropas estadounidenses y un “aumento real y a
largo plazo de las fuerzas en Irak” podía garantizar la seguridad. Pero estas
tropas, si llegan, no proporcionarán seguridad a nadie, ni a los iraquíes, ni a
sus soldados, ni a la ONU. Los soldados americanos se han convertido en una
provocación directa de violencia, no sólo por la brutalidad de la ocupación,
sino también debido al apoyo estadounidense a la mortífera ocupación israelí del
territorio palestino. En las mentes de muchos iraquíes, las dos ocupaciones se
han fusionado para convertirse en una única atrocidad anti-árabe.
Sin las
tropas estadounidenses, desaparecería la mayor incitación a la violencia, lo que
permitiría al país ser estabilizado con muchos menos soldados y una muy menor
utilización de la fuerza. Irak seguiría enfrentándose a desafíos a su seguridad,
y seguirían habiendo extremistas dispuestos a morir por imponer la ley islámica,
e intentos de los leales a Saddam de recuperar el poder. Pero por otra parte,
con los sunnitas y los chiítas estando ahora tan unidos en contra de la
ocupación, éste es el mejor momento posible para que un agente honesto negocie
un acuerdo equitativo de reparto de poderes.
Algunos dirán que los EEUU
son demasiado fuertes y que no se les puede forzar a abandonar Irak. Pero Bush
ha necesitado desde el principio una cobertura multilateral para esta guerra
(esta es la razón por la que formó la “coalición de los dispuestos”, y por la
que acude ahora a la ONU). Imagínense lo que podría ocurrir si más países
salieran de la coalición, si Francia y Alemania se negaran a reconocer al Irak
ocupado como una nación soberana. Imagínense que la ONU decidiera no acudir al
rescate de Washington. Se convertiría en una coalición de uno.
La
invasión de Irak empezó con un llamado al amotinamiento -un llamado realizado
por EEUU. En las semanas anteriores a la invasión del año pasado, el Mando
Central estadounidense bombardeó al ejército iraquí y a los políticos con
llamadas telefónicas y correos electrónicos, instándoles a que desertaran de los
rangos de Saddam. Los aviones lanzaron ocho millones de panfletos instando a los
soldados iraquíes a abandonar sus puestos prometiéndoles que no se les haría
ningún daño.
Evidentemente, estos soldados fueron inmediatamente
despedidos cuando Paul Bremer asumió el mando, para ser ahora recontratados
frenéticamente como parte del cambio en la política de desbaazización.
Este no es más que otro ejemplo de la incompetencia letal que debería llevar a
todas las personas que aún apoyan la política estadounidense en Irak a una
conclusión inevitable: ha llegado el momento de amotinarse.
• Título original:
Mutiny is the
only way out
• Autor: Naomi Klein
• Origen: ZNet - Activism; Domingo 01 de Mayo, 2005
• Traducido por Gemma Galdón y revisado por Beatriz Martínez
Ruiz
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