Naomi Klein - rodelu.net |
9 de noviembre de 2005
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ALAI
Agencia Latinoamericana de Información - 7 de noviembre de 2005
La amenaza de la esperanza en América latina
Naomi
Klein*
Cuando Manuel Rozental llegó a casa una noche del mes pasado, unos
amigos le dijeron que dos hombres desconocidos habían estado haciendo
preguntas acerca de él. En esta comunidad indígena muy unida, al sudoeste
de Colombia, rodeada de soldados, paramilitares de derecha y guerrillas
izquierdistas, nunca es buen señal que forasteros lleguen a preguntar por
uno.
La Asociación de Consejos Indígenas del Norte de Cauca, que
lidera un movimiento político que es autónomo de todas aquellas fuerzas
armadas, se reunió de emergencia. Decidieron que Rozental, su coordinador
de comunicaciones, quien había jugado un rol decisivo en las campañas por
la reforma agraria y contra el Tratado de Libre Comercio con los Estados
Unidos, tenía que exiliarse del país de urgencia.
Estaban seguros
de que esos desconocidos habían sido enviados para matar a Rozental; la
única pregunta era, ¿por quién? ¿Por el gobierno nacional respaldado por
EE.UU.? el cual tiene fama por utilizar a paramilitares de derecha para
realizar su trabajo sucio ¿O fueron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC)? el más antiguo ejército guerrillero marxista en
Latinoamérica, que hace su trabajo sucio por cuenta propia. Extrañamente,
ambas posibilidades eran factibles. A pesar de estar en campos opuestos de
una guerra civil que se libra desde hace 41 años, tanto el gobierno de
Uribe como las FARC concuerdan que la vida sería infinitamente más
sencilla sin el movimiento indígena del Cauca, que es parte de una fuerza
política cada vez más influyente que ha irrumpido en América Latina, y que
cuestiona las estructuras tradicionales de poder, desde Bolivia hasta
México.
Las FARC, que pretenden ser la única voz de los pobres de
Colombia, han secuestrado o asesinado a destacados líderes indígenas en el
Norte del Cauca. Y a las autoridades indígenas se las había informado que
las FARC deseaban la muerte de Rozental. Durante meses, circulaban rumores
de que él era la peor cosa que uno puede ser, a criterio de un movimiento
guerrillero de izquierda: un agente de la CIA. Pero ello no significa que
los forasteros eran asesinos de las FARC, porque otros rumores también se
habían propagado, a través de los medios de difusión, por intermedio de
agentes del gobierno. Sostenían que Rozental era la peor cosa que uno
puede ser a criterio de un político de derecha, a sueldo de Bush: "un
terrorista internacional".
El 27 de octubre, el Consejo Indígena,
que representa a unos 110.000 indios Nasa de esa región, publicó un
comunicado oficial enérgico: "Manuel no es ningún terrorista. Él no es
paramilitar. No es agente de la CIA. Es parte de nuestra comunidad, y no
debe ser silenciado por las balas". Los líderes Nasa dicen que saben por
qué Rozental, quien ahora vive en el exilio en Canadá, ha recibido
amenazas. Es por la misma razón que dos aldeas indígenas pacíficas del
norte de Cauca fueron convertidas en zonas de guerra, después de que las
FARC atacaran puestos de la policía en lugares céntricos, dándole al
gobierno un pretexto para efectuar una plena ocupación.
Todo ello
está sucediendo porque el movimiento indígena en Cauca, como en buena
parte de América Latina, está de pie. En el último año, los Nasa del norte
de Cauca han llevado a cabo las protestas antigubernamentales más grandes
de la historia colombiana reciente y han organizado referéndums locales
contra el libre comercio que fueron acatados por el 70 por ciento, más que
cualquier elección oficial (con un resultado casi unánime del "No"). Y en
septiembre, millares de personas se tomaron dos haciendas grandes,
forzándole al gobierno a cumplir con su promesa pospuesta de un arreglo de
tierras. Todas estas acciones se desarrollaron bajo la sola protección de
la Guardia Indígena de los Nasa, que patrulla su territorio armada
solamente con palos.
En un país gobernado por los M-16s, AK-47s,
las bombas con tanque de gas y los helicópteros Black Hawk, esta
combinación de militancia y de no-violencia es inédita. Y ése es el
milagro tranquilo que los Nasa han logrado: reavivar la esperanza que
murió cuando los paramilitares mataron sistemáticamente a políticos
izquierdistas, incluyendo a docenas de funcionarios elegidos y dos
candidatos presidenciales de la Unión Patriótica. Al final de la campaña
sangrienta de inicios de los años noventa, las FARC concluyeron -como se
puede comprender- que involucrarse abiertamente en la política era una
misión suicida. La clave del éxito de los Nasa, dice Rozental, es que no
están intentando asumir el control de las instituciones del Estado, que
"han perdido toda legitimidad". En lugar de ello, "están construyendo una
nueva legitimidad basada en un mandato indígena y popular que ha surgido
de congresos, asambleas y elecciones participativos. Nuestro proceso y
nuestras instituciones alternativas avergüenzan a la democracia oficial.
Es por ello que el gobierno está tan molesto".
El pueblo Nasa ha
roto la ilusión, acariciada por ambos lados, de que el conflicto de
Colombia se puede reducir a una guerra entre dos actores. Sus referéndums
sobre el libre comercio han sido replicados por instancias no-indígenas
-sindicatos, estudiantes, campesinos y políticos locales- en todo el país;
sus tomas de tierras han motivado a otros grupos indígenas y campesinos a
hacer lo propio. Hace un año, 60.000 personas marcharon para exigir paz y
autonomía; el mes pasado, esas mismas demandas fueron repetidas por
marchas simultáneas en 32 municipios de Colombia. Cada acción, explica
Héctor Mondragón, destacado economista y activista colombiano, "ha tenido
un efecto multiplicador".
A través de América Latina, está en curso
asimismo un efecto multiplicador explosivo, allí donde los movimientos
indígenas están redibujando el mapa político del continente, exigiendo no
solo "derechos", sino un reinvención del Estado desde un enfoque
profundamente democrático. En Bolivia y Ecuador, los grupos indígenas han
demostrado que tienen el poder de derrocar gobiernos. En Argentina, cuando
las protestas masivas expulsaron a cinco presidentes en 2001 y 2002, las
palabras de los Zapatistas de México retumbaron en las calles de Buenos
Aires.
Enfrentado a las protestas masivas durante la Cumbre de las
Américas en Argentina, George W. Bush vio de primera mano que el espíritu
de esa rebelión está vivo y coleando. Y aunque presidente Bush no aceptó
la oferta de Hugo Chávez de debatir abiertamente sobre los méritos del
"libre comercio", el hecho es que el debate ya se ha realizado en las
calles del continente y en sus urnas; y Bush lo ha perdido. Consideremos
esto: la última vez que los 34 jefes de Estado se reunieron, fue en abril
de 2001 en la ciudad de Québec; era la primera cumbre de Bush luego de su
elección y él anunció con gran confianza que el Área de Libre Comercio de
las Américas sería ley para el 2005. Ahora, cuatro años más tarde, las
caras de muchos de sus colegas han cambiado, y Bush no puede siquiera
colocar al ALCA en la agenda de la reunión, mucho menos conseguir su
firma.
Al igual que en Colombia, hay intentos a través del
continente de tildar como terroristas a los movimientos impulsados por
indígenas, que están detrás de este cambio político masivo. Por ello, poco
sorprende que Washington esté ofreciendo ayuda militar e ideológica. El
Congreso ha aprobado duplicar el número de soldados estadounidenses en
Colombia y se ha aumentado notablemente la actividad de tropas de ese país
en Paraguay, cerca a la frontera boliviana -preocupantemente cerca-, país
que podría ver un cambio decisivo hacia la izquierda en las elecciones
próximas. Mientras tanto, un estudio reciente del consejo nacional de
inteligencia de EE.UU. advirtió que los movimientos indígenas, aunque son
pacíficos ahora, podrían "considerar medios más drásticos" en el
futuro.
Los movimientos indígenas son de hecho una amenaza a las
políticas agotadas del libre comercio que Bush está pregonando
actualmente, con cada vez menos compradores, en toda América Latina. Su
poder proviene, no del terror, sino de una nueva corriente de esperanza,
resistente al terror, tan robusta que puede enraizarse en medio de la
guerra civil aparentemente sin esperanza de Colombia. Y si puede crecer
allí, puede echar raíces dondequiera. (Traducción ALAI)
* Esta
columna apareció originalmente en The
Nation http://www.thenation.com/docprem.mhtml?i=20051121&s=klein
http://alainet.org/active/9677&lang=es
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